Donde las formas me chirrían un poco más es en la historia de amor de estas dos mujeres (interpretadas por Sandra Cervera y Tania Fortea), un amor sufrido, "contra natura" para una sociedad anclada en la religión y el "qué dirán", que son incapaces de reprimir unos sentimientos que no pueden ni quieren combatir. Si bien es una relación creíble y bien estructurada, formalmente es tan convencional como la época que retrata. Puede que sea la mejor forma de llegar a un público maduro que no busque nueva expresiones cinematográficas, pero para quien escribe, la sensación es de haber evitado cualquier tipo de riesgo.
Además de esos tintes de cine de género, me quedo con el significado de esa casa donde habita Adela con su marido. Un lugar tan elegante como destructivo. La típica finca de la que se podrían contar mil y un secretos que se esconden tras sus paredes. En cierta forma recuerda a la casa de "El orfanato", no tanto por su fantasmagórica apariencia como por la desgracia que encierra.
Es una película que no pierde el ritmo en ningún momento, que ayuda a concienciar sobre la homosexualidad femenina (posiblemente mucho más escondida que la masculina aún hoy en día) y que encierra algunas críticas sociales muy valiosas y necesarias. Solo por esto ya merece una oportunidad.
José Daniel Díaz
