Cuando, llevado por alguna circunstancia, recuerdo algún acontecer hermoso de mi infancia o de mi juventud, este se presenta como objeto independiente, como cuerpo cerrado de alguna manera. Es decir, lo considero aislado dentro de un tiempo encapsulado. Esas evocaciones -ahora las comprendo un poco- hacen las veces de pequeñas dosis de la vida pretérita separadas de su entorno, mostrándose como relucientes piedras preciosas sin engarzar. Sin embargo, he de admitir que un día exultante, una dicha del espíritu o de la carne, en nada es una accidental vivencia sin la menor conexión con el otro mundo que, digamos, se vive a diario. Me he asombrado entendiéndolo.
El grueso de nuestro tiempo, de nuestro cotidiano y rutinario modo de estar en el mundo, nuestras horas puntuales de comida o sueño, de aseo o trabajo, de estudio o de recreo preparan, si no es que crean acaso el curso de los acontecimientos que, en algún momento, desembocarán en la inevitable eclosión de los instantes memorables. No obstante, por mor de un extraño proceso psicológico, evitamos asociarlo con algún antecedente. Por eso, una vez que he reflexionado y reconocido que toda costumbre o toda rutina no es algo distinto de una preparación sucesiva para la floración, el aburrimiento connatural de los actos cotidianos se convierte en algo muy distinto. Confieso que me da cierta tristeza haber tardado tanto en haberlo aprendido. Visto así, los días corrientes son sencillamente esperanzadores. Observo, por ejemplo, que la intensidad del placer que experimento al descansar tras una dura jornada me permite el hallazgo subliminal de una felicidad dentro de otra, como las matrioskas rusas. En cambio, en un encadenado de ocios correlativos, en lugar de que el descanso tome forma de obsequio, toma forma de cargo.
De vez en cuando retomo o me retoma la memoria de mis días felices en un pueblo costero. Ninguno de aquellos infantiles juegos o divertimentos inocentes y serios pueden explicarse como ocupaciones inauditas, insólitas u originales. Me bastaba montar una bicicleta prestada para ir hasta la punta de la bahía, volver al punto de partida y empezar de nuevo, con un pedaleo frenético al ir y otro melancólico al volver. Eso sí, desprendido del sentido del tiempo que se alargaba como la luz en las tardes de verano. O subir las ramblas hasta uno de los puentes más distantes y, desde allí, soltar dentro del cauce un barquito de papel al que acompañaba correteando hasta la desembocadura. Revivo haber sentido como una conquista implacable el haber transgredido el horario impuesto por mis padres, quienes en esos días renunciaban a la severidad habitual. Hechos intrascendentes que percibía como el designio imparable de mi fortuna. ¡Ahora sé cuánto me había preparado para esos instantes en eclosión!
Todo: las clases regulares de lunes a viernes impartidas por barítonos devotos de la tabla de multiplicar, el desgastado uniforme del año pasado, la cansada avenida que recorría cuatro veces al día, la figura alargada de la panadera que parecía una obra del Greco, la parsimonia con que daba las campanadas el reloj de pared -siempre tocaba a muerto-, la penumbra en las tardes de invierno y el sofoco en las tardes de verano o la tediosa dispersión de mi ánimo, todo, absolutamente todo, formaba parte de una tabla de ejercicios preparatorios para el día o los días dichosos.
Puesto que el capricho de la memoria se nos presenta en fragmentos inconexos, la mayor parte de la vida transcurre ajena a esa profundidad de lazos. Lo más seguro es que, así lo creo, de haber procurado un contagio de esperanza a las rutinas ordinarias, el fluir lento o neurótico de mi vida corriente se hubiera preñado de entusiasmo. Tal vez, este iluminismo de la dicha irradiando los tiempos vacíos, me hubiera advertido de la idea de felicidad que incluye tanto los días alegres como los días tristes. Repaso ahora con profundidad aquellos instantes repletos de sensaciones de puro alborozo y les doy perspectiva y fondo. Así como en una pintura, el motivo principal queda subrayado gracias al esplendor del trasfondo pictórico, resaltándolo, perfilándolo y respetándolo, sin cuyo auxilio la obra queda empobrecida, mis días luminosos embellecen por contraste con mis días de penumbra.
Tuve la suerte de conocer muchos días de apacible adversidad o tribulaciones sosegadas que encerraban la virtud de impulsar la intensidad de mis gozos, puesto que he entendido que los gozos se nutren de intensidades antes que de repeticiones. Da la impresión de que una mecánica indetectable se encarga de proporcionar a cada cual una cantidad equivalente de felicidad. A unos se les concentra en unos pocos días y a otros se les distribuye a lo largo de toda la vida. Hoy lo que recuerdo es que recordé distinto siempre, que los hechos que tuvieron importancia por su dulce fulgor no los enraizaba en el curso plano de los días sin accidentes, esos días de honda experiencia existencial que identificamos con el hastío y con el aburrimiento. Un poco es ir haciendo balance sin esperar al último día en el que, a la fuerza, todo cuadra.