Mi padre, Simón, tenía una forma muy suya de mirar el mundo. Cuando los gitanos llegaban al pueblo de Tremaya, no veía primero la desconfianza ni el temor que recorría las casas; veía a los niños. Veía sus caras cansadas, el polvo en los zapatos, el hambre callada que se les notaba en los ojos. Y eso le bastaba.Siempre les daba hospedaje. Abría la puerta de casa como quien cumple con algo natural