Mirasol chico, recuerdos grandes

Por Marcelo Allende @allendesergio
Hoy comparto una segunda tanda de fotos de un Mirasol chico que tuve la suerte de fotografiar en Cambyretá, justo cuando ese lugar pasara a convertirse en el portal norte del Parque Nacional Iberá.
Y digo la suerte porque encontrarse con un mirasol no es precisamente como cruzarse con un hornero en el patio de casa. Es una especie bastante esquiva, de esas que muchas veces están ahí, a pocos metros, pero uno puede caminar varias veces por el mismo lugar sin siquiera enterarse de su presencia, y ni hablar de fotografiarlo.
Por eso, cuando se da la oportunidad, hay que estar preparado. En esto de fotografiar aves son varios los factores que tienen que coincidir para que las cosas salgan bien. Muchas veces lo dije, pero para quienes llegan por primera vez a este blog, vale la pena repetirlo: Conocer al sujeto. Preparar el equipo. Conocer el lugar. Observar. Anticiparse. Y, por encima de todo, respetar la naturaleza.
Después está el otro factor, quizás el más importante de todos: Que el modelo quiera colaborar, y este mirasol colaboró, vaya si colaboró.
Durante varios minutos se quedó frente a nosotros, tranquilo, dedicado a una de esas actividades que las aves realizan con una naturalidad que nosotros podríamos envidiar; acicalarse, acomodar cada pluma, revisar que todo estuviera en su lugar y, de paso, permitirnos disfrutar de un momento que difícilmente se borra de la memoria. Estábamos metidos en el borde de uno de los pirizales de Cambyretá, compartiendo esa mezcla tan particular de silencio, expectativa y compañerismo que se genera cuando tres amigos salen a caminar buscando aves, digo tres porque mas de ese número no sirve, es para problemas.
Uno observa, otro avisa, alguno ya tiene el equipo preparado, otro trata de encontrarlo entre la vegetación… y cuando finalmente aparece, durante unos minutos parece que todo lo demás deja de importar.
El tiempo se detiene, y después queda la foto, pero con los años uno descubre que la foto es solamente una parte de la historia, porque vaya a saber por qué motivo estas imágenes quedaron guardadas durante tanto tiempo sin editarse ni aparecer por acá. Quizás simplemente quedaron esperando su momento, o quizás estaban esperando algo más.
Tal vez que pasaran los años suficientes como para que, al volver a mirarlas, además del mirasol aparecieran todos esos recuerdos que estaban alrededor de aquella mañana; los amigos, los caminos, las caminatas interminables, el calor, los equipos cargados, las charlas, las risas, y ese ritual que también formaba parte de cada salida; terminar la mañana comiéndonos un rico asadito en alguno de los quinchos del camping Monterrey, descansar unas horas cuando el calor se ponía insoportable, reponer energías y esperar que la tarde empezara a regalar esas luces que tanto nos gustan.
Después otra vez al camino, a recorrer, a buscar, a fotografiar, y finalmente emprender el regreso hacia Posadas, muchas veces con el cansancio acumulado, pero con esa satisfacción difícil de explicar que queda después de una buena jornada de campo.
Quizás por eso hoy estas fotos aparecen acá, no solamente para mostrar un mirasol chico; también para recordarles a los amigos uno de tantos momentos lindos que fuimos compartiendo a lo largo de estos años, porque hay fotografías que, con el tiempo, dejan de ser solamente fotografías, para convertirse en pequeñas cápsulas de memoria. Uno las vuelve a abrir y, detrás de una especie, aparece todo lo demás, un lugar, una época, una charla, una persona, una mañana, un asado, una vuelta a casa, y las ganas de repetirlo.
Porque si algo me pasa cuando miro estas fotos viejas es que me dan muchísimas ganas de volver a hacer exactamente lo mismo; volver a cargar el equipo, volver a salir temprano, volver a caminar sin saber qué vamos a encontrar, volver a meternos entre los pirizales, volver a escuchar ese "¡ahí está!" que tantas veces nos hizo acelerar el paso, volver a compartir una mañana con los amigos, volver después a sentarnos alrededor de una mesa, comer algo rico y hablar de las fotos conseguidas; y volver a salir por la tarde, cuando el calor afloja y la luz empieza a ponerse linda.
Quizás eso sea una de las mejores cosas que tiene esta actividad: uno puede dejar de hacerlo durante un tiempo, pero las ganas nunca desaparecen del todo porque quedan ahí, esperando, como esas fotos que permanecieron guardadas durante años, y como esos caminos de Cambyretá que, seguramente, todavía están esperando que volvamos a recorrerlos.
Ojalá sea pronto, pero mientras tanto, hoy toca volver a mirar estas imágenes y agradecer aquellos momentos; como me dijo willy ayer cuando hablábamos casualmente de estas fotos y de ese día en particular... "Qué loco esto chamigo, pensar que después de tantos años quedan todavía estos lindos recuerdos que nos hacen volver las ganas, al menos esta vez para sentarnos a escribir acerca de lo que hacíamos años atrás".
Porque los recuerdos que realmente valen la pena no necesitan demasiadas explicaciones, a veces alcanza con una fotografía, un mirasol chico y un grupo de amigos.
Y alcanza también con decir "Qué ganas de volver". Marcelo Allende
Aves del NEA.