No llevábamos tiendas, nadie estaba dispuesto a cargar con su peso, dormíamos al raso. Una noche nos dejaron alojarnos en una suerte de pajar en cuyo interior había más bichos que en pleno campo. Al parecer los animalillos también valoraban el hecho de contar con un techo sobre sus cabezas. Después de treinta kilómetros cualquier sitio es bueno para dormir así que no nos importó. Además de los sacos y los aislantes llevábamos algo de agua, latas de comida (nuestra dieta se restringió a lentejas Litoral frías, el hornillo también fue descartado en la selección de pertrechos) y un par de mudas. Aún así el equipaje se hacía pesado, mi mochila era "vintage", había pertenecido a mi padre en su adolescencia y la ergonomía y la ligereza de su armazón no se contaban entre sus virtudes.
Sinceramente no creo que la imagen de los scouts saliese beneficiada tras aquellas visitas. Nuestro aspecto era deplorable: un grupo de adolescentes sucias, polvorientas, sin bañar ni perfumar, y sin aparente miedo al ridículo. Estoy convencida de que no causamos una impresión favorable en ningún lado.