Mochileando por Chile. Día 11: Llegada a San Pedro de Atacama

Por Elcalderodenimue @CalderodeNimue

¡Seguimos de viaje en el Caldero!

(Aunque sea en retrospectiva, jeje)

Al entrar en nuestra segunda semana en territorio chileno, dejábamos atrás a nuestros amigos y a la capital para embarcarnos en una aventura altiplánica y de desiertos, de volcanes y de lagunas saladas, de geiseres helados en la madrugada y de sol que abrasa la piel al medio día.

Como ya hicimos con Valparaiso, vamos a utilizar las palabras de alguien que sabe usarlas mejor que yo para hablar de esta región del Norte de Chile. Aunque no se menciona explícitamente, no cabe duda de que Isabel Allende ambientó su Casa de los Espíritus en este país, y así es como uno de sus personajes describe el norte, en comparación con el centro.

“Por la ventanilla del tren vio pasar el paisaje del valle central. Vastos campos tendidos al pie de la cordillera […]. Lo comparó con las yermas planicies del Norte, donde había pasado dos años en medio de una naturaleza agreste y lunar cuya aterradora belleza no se cansaba de mirar, fascinado por los colores del desierto, por los azules, los morados, los amarillos, de los minerales a flor de tierra.”

Y es que así es la belleza del Norte: aterradora.

Lo primero que vimos de San Pedro de Atacama no fue en directo, si no en unas pantallas de televisión en el aeropuerto, mientras esperábamos el avión. Bajo estas imágenes se leía el titular de la noticia: “Cae un nevazo en San Pedro de Atacama por primera vez en 30 años. Carreteras cortadas e inaccesibles por distintos puntos de la región.”

La primera reacción fue de sorpresa y excitación, como sabréis, el desierto de Atacama es uno de los lugares más áridos del mundo, por lo que si ya la lluvia es rara, la nieve es todo un acontecimiento, hasta que vimos las caras de la gente que se había hecho miles de kilómetros para visitar la zona y no habían podido viajar fuera del pueblo por la nieve.

Nos quedamos un poco parados, sin saber qué hacer ni cual sería la situación que nos encontraríamos al llegar a San Pedro. La nevada había caído en Domingo, hacía ya 2 días, y el pronostico del tiempo era bueno para toda la semana, pero nos fuimos con una gran incertidumbre de cual serían nuestras posibilidades de movernos por la zona una vez que llegásemos allí.

Pero como ya no había marcha atrás nos montamos en el avión y pronto nuestra mente se olvidó del norte, ante la belleza que aún nos ofrecía Santiago y su cordillera desde el aire.

Santiago desde el aire

Cordillera de los Andes

Santiago de Chile, desde el aire

Chuquicamata

En el avión conocimos a un chico español que llevaba varios años trabajando en Chuquicamata la mina de cobre más grande del mundo. Nos contó como es la vida en la mina, los barracones, los turnos de 11 horas de 7/7, lo fea que es Calama siendo una de las ciudades con más dinero del país, y en general, de lo mucho que echa de menos España, y su familia, pero de que aquí es donde se está ganando la vida y no puede volver. El drama de muchos españoles hoy en día, como muchos de vosotros mismos sabéis, y probablemente conozcáis a gente en las mismas circunstancias. Desde el aire, este muchacho nos enseñó donde estaban algunos de los pozos de la mina, y pudimos imaginar lo desolador del trabajo en esas condiciones.

Lo que más me llamó la atención del aeropuerto de Calama fueron dos cosas: primero el aeropuerto es más pequeño que el de Granada, por increíble que parezca. Más se parecía a una estación de autobuses de pueblo, que a un aeropuerto que lleva a donde está el trabajo ahora mismo en Chile. Y segundo, es el primer sitio en el que veo que haya cola en el baño de los tios, y NO en el de las tías. Y la respuesta era que prácticamente yo era la una mujer de la sala de llegadas. Las caras cansadas, las manos callosas por el trabajo, las pieles tostadas por las horas bajo el sol implacable, decían muy claro qué tipo de viajeros frecuentaban ese aeropuerto.

En Calama no estuvimos más que lo justo para contratar un transfer en colectivo hasta la ciudad de San Pedro de Atacama. El precio ida y vuelta es de 10.000 pesos chilenos por persona. El autobús ida y vuelta cuesta la mitad, pero hay que pagar el taxi hasta la ciudad de Calama que es caro. Si vamos muy mal de presupuesto, podemos ahorrarnos unas pocas lucas con la opción del autobús, pero a costa de muchas más horas de viaje. En transfer licancabur puedes pactar la hora de recogida en tu hotel para la vuelta, y te olvidas de problemas de última hora. Vienen a recogerte tres horas antes de la salida del vuelo, (el viaje es de 1 hora y 15min aprox.)

Por el camino vimos restos de la nevada que había caído el fin de semana anterior. Un contraste muy grande ver los bancales nevados recortados violentamente contra el rojo infinito del desierto. También los volcanes estaban nevados, como el Licancabur, situado en la frontera entre Bolivia y Chile, y que es un volcán de libro, con una simetría casi perfecta.

El desierto nevado

Volcán Licancabur

Cuando finalmente llegamos a San Pedro de Atacama fuimos directamente al albergue a soltar nuestras mochilas y a descansar un poco después de todo el día de viaje. (Son casi 2000km los que separan Santiago de Atacama).

Nos hospedamos en el hostal Sonchek totalmente recomendable por su preciosa decoración, sus precios baratos, la amabilidad de sus dueños y sus empleados, y el tipo de casitas de adobe que le dan todo el carácter. Por la noche hace frío, pero hay mantas gruesas de sobra. Te prestan un secador de forma gratuita para que te puedas duchar por la noche sin que se te congele el pelo con las temperaturas bajo cero de la noche desértica.

También alquilan bicicletas, y el propio dueño del hostel te explica hasta como cambiar una cámara de la rueda antes de que salgas para que te vayas al desierto con recursos si tienes un pinchazo. Te dan casco, cámaras de recambio, y un mapa.

El desayuno en cambio no está incluido, y comer en el restaurante del hostel sí es un poco caro. Mejor comprar cosas y desayunar en la cocina.

En el patio del hostel hay unas hamacas donde llega la conexión wifi y uno puede tumbarse a leer la guía y preparar la siguiente excursión, o simplemente a cerrar los ojos a la sombra de los árboles de chañar, árbol típico de la zona, que te protegen del sol del desierto.

Decoraciones con el fruto del chañar hostal sonchek

Nuestra habitación!

descansando en las hamacas

Este primer día no dedicamos mucho tiempo a las visitas propiamente dichas.

Parte de la tarde la pasamos acostumbrándonos al cambio de altitud. Habíamos pasado de los 570m sobre el nivel del mar en Santiago de Chile, a los 2.500m de San Pedro de Atacama en solo una mañana. En el pasado ya mi compañero de viaje tuvo problemas con el soroche en un viaje de Lima a Cuzco, y no queríamos tomarnos las cosas con demasiada precipitación. De hecho yo misma podía sentir un poco el mareo, unido al clima extraño del desierto, a los cielos totalmente límpidos de cualquier nubosidad, y a un sol que traspasa la piel y los huesos igual que el frío luego al caer la noche.

mate de coca y mapas

La primera parte de la tarde la pasamos visitando agencias de viaje, comparando presupuestos y haciendo planes. Una de nuestras ideas era hacer un tour nocturno de esos que te enseñan las constelaciones del hemisferio sur, en la majestuosa oscuridad de la noche del desierto. De hecho tienen telescopios profesionales con los que ver nebulosas y planetas de forma que nunca los has visto. Incluso llegamos a contratarlo, pero yo decidí que no fuera para ese día porque me entró el frío en el cuerpo al caer la noche y no me lo podía quitar. Pensamos que todas las noches serían igual de claras, pero lo cierto es que ya no volvimos a ver las estrellas más como se vieron esa noche. Todo el mundo nos decía que eso era del todo inusual, pero así es como fue. Por suerte, nos devolvieron el dinero de ese tour que nunca hicimos. Si alguna vez volvemos ¡lo intentaremos de nuevo!

En el desierto de Atacama se encuentra el mayor observatorio espacial del mundo, el ALMA, situado a 2.900 metros de altura y a unos 40 kilómetros de la ciudad. De todas formas es un lugar que tiene el acceso restringido al público general. Pero para los pobres mortales un observatorio privado de los que ofrecen las agencias de viaje, es seguro más que suficiente.

Cuando tuvimos todos los presupuestos en la mano, nos fuimos a una tetería a tomar un poco de mate de coca para el mal de altura y a mirar los mapas y a cuadrar los días y las excursiones. Al final no pudimos hacerlo todo, porque por ejemplo, la ruta de las lagunas altiplánicas no se abrió por la nieve hasta el día que nos íbamos. Lo que sí pudimos hacer, que estaba cerrado cuando llegamos fueron los geyser del Tatio, y menos mal por que fue uno de los grandes momentos del viaje.

El resto de la tarde la pasamos paseando por el pueblo, hasta que se fue el sol que me entró un frío incontrolable y me metí debajo de mil mantas en la habitación. Mi compañero salió a las afueras del pueblo a ver las increíbles estrellas que se veían a simple vista incluso bajo las luces de la calle.

El paseo de la tarde nos llevó a ver la iglesia de San Pedro, de estilo andino y cuyas vigas están hechas de madera de chañar y algarrobo, y el techo de madera de cactus (como luego vimos en varios lugares más).

Fachada de San Pedro

Nos gustó mucho pasear por las calles de San Pedro, tranquilas en esos días, pues era entre semana, y después del nevazo, a parte de ser temporada baja, con lo cual el número de turistas había descendido notablemente, (como pudimos observar cuando llegó el viernes y las calles empezaron a llenarse de gente).

calle de tierra en San Pedro Licancabur desde la plaza de Armas

También nos gustó mucho la presencia del Licancabur, que se veía cerca incluso desde la plaza de Armas. ¡Era un poco impactante pensar que la mitad del volcán ya es Bolivia!

Con los ojos llenos de desierto y de futuras maravillas naturales por visitar nos dejamos llevar por la noche fría hasta al día siguiente que nos esperaría nuestra primera aventura, ¡El Salar de Atacama y el Valle de la Luna!

Licancabur, desierto de Atacama.