Mocos en los pantalones

Publicado el 06 octubre 2014 por Zeuxis

Caminaba detrás de aquel hombre cano, subieron dos pisos, luego doblaron por un pasillo. Al fondo se escuchaban gritos, chillidos y berridos estremecedores. El hombre que lo guiaba se volteaba de vez en cuando para observar alguna reacción mientras no paraba de contarle cosas, que él, escuchaba atento. El guía lo miraba con gesto carismático, buscaba tranquilizarlo.
A él se le notaba mucho que era novato. Desde que entró no hizo más que denunciar su inexperiencia en el oficio. Lo que más gracia había causado era su traje impecable. Parecía nuevo aquel sastre, quizás era el que había utilizado en la graduación. Debajo del brazo, agarrada contra su cuerpo llevaba una carpeta blanca y dentro, una Hoja de vida inmaculada, virgen todavía de verdaderos empleos.
―A ver, este es su nuevo curso ―le dijo mientras empujaba la puerta y le señalaba el interior del salón cundido de niños que corrían, se golpeaban y lloraban de aquí para allá.
Mientras recobraba el aliento y aceptaba aquella visión entre asustado y emocionado, el Rector le entregó un papelito donde estaba fotocopiado el horario de las clases que impartiría durante la semana.

HORA LUNES MARTES MIÉRCOLES JUEVES VIERNES

7.30-8:30 Español Artes Español Inglés Sociales

8:30-9:30 Matemáticas Matemáticas Naturales Artes Matemáticas

10:00-11:00 Religión Español Matemáticas E. física Español

11:00-12:00 Naturales E. física Sociales Tecnología Ética y valores


― Hoy dictaré  en este curso de 10 a 11 de la mañana. Señor Rector, podría tener tiempo para adelantar lo referente a los seguros.
―Profesor José, usted dictará todo el día, todos los días de la semana en este curso: este es su curso. ¿Me entiende?
José se quedó observando aquella tira impresa como si se tratara de un objeto desconocido y poderoso. Su título de Licenciado en Educación Básica con énfasis en Humanidades y Lengua Castellana no decía nada respecto a la enseñanza de las Matemáticas, la Educación Física, las Artes, la Religión, las Ciencias Naturales, las Ciencias Sociales, la instrucción de la Ética o la formación en los Valores. Sin embargo, él le había vendido la idea al rector de que su título, al señalar una licenciatura en educación básica, le otorgaba el privilegio de enseñar en el área específica de su saber y también en cualquier área afín a los niveles básicos de educación o a los primeros años escolares.
El rector había acogido esa promesa al pie de la letra y ahora tenía que ser consecuente.  Aquel sería su curso, su mundo de ahora en adelante. Guardó el papelito en el bolsillo del pectoral derecho del saco y espero las últimas instrucciones.
―Listo, aquí tiene la carpeta de Observación; una hoja por cada alumno. No se le olvidé, pedirles a los papitos una fotografía, así se le hará más fácil recordar los nombres. Tenga, este es su primer listado y unas hojas de notas, indicadores y logros. ¡Ah!, se me olvidaba, aquí están sus tres marcadores borrables, su borrador y las llaves del salón. ¡Buena suerte! ―dicho esto, se despidió de los niños que no se habían inmutado ante la llegada de los adultos y seguían en su juego carnavalesco de originar en aquel pequeño salón el caos del universo.
José miró la papeleta y repasó el horario, luego miró a los niños que lo observaban como bicho raro, algunos se le acercaban con curiosidad como olfateándolo, como buscando reconocer qué era él, otros ya le decían desde el fondo “profe” y le presentaban sus primeras quejas entre lloriqueos y alaridos.
Vaciló, se metió los marcadores en uno de los bolsillos de la bata blanca que en el pecho llevaba el sello distintivo y brillante del colegio. Intentó saludarlos, pero no supo por dónde comenzar, las palabras se le devolvían como si estuviera sufriendo un ataque de agrieras. Notó que la frente le sudaba y que las manos, húmedas, ya habían logrado doblar y mojar las hojas y la carpeta.
Evidentemente, aquellos niños eran la muestra veraz y fidedigna de que Piaget no se había equivocado, los niños mostraban una curiosidad que no conocía ninguna frontera, los ojos completamente redondos y grandes como los de los muñecos de las historietas japonesas denotaban un deseo por saber, por escudriñar, que a él, en un principio le pareció revelador.
Que buena elección había hecho al presentarse en aquel colegio. No le habían puesto a su disposición un curso de adolescentes infestado por los vicios del mundo, cansado de repeticiones, adaptado a un sistema y curtido de los desengaños de la educación sino que le habían ofrecido la oportunidad increíble y única de comenzar de cero. "¿Qué?, ¿Por qué?, ¿Para qué? ¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Dónde?
Los grandes interrogantes, los pequeños cerebros ávidos de conocimiento le habían sido otorgados.
Sonrío y dio tres pasos hacia el interior mientras un niño se le abalanzaba  y le abrazaba una pierna.
Qué lindo niño, quería saludarlo.
De pronto, vio como el pequeño se restregaba la cara y se limpiaba de la manera más natural los mocos en sus pantalones. Otro niño, que acababa de ver la acción de su compañero, lo siguió de inmediato y en menos de tres segundos cinco niños se habían limpiado con él y habían vuelto como si nada a sus juguetes y sus risas. José se quedó petrificado, no lograba asimilar muy bien lo que había acabado de sucederle. Mientras sacudía su cabeza y se decía  así mismo que aquello no había sido verdad, una niña, rellenita y rojiza como una muñeca gigante, con moñas y capul a la medida,  llegó hasta su lado y se limpió, en la bata impecable, las pequeñas manitos todas untadas de puré de banano.
―Ese niño de allá me lo estripó ―le decía mientras se limpiaba cada uno de sus deditos con la bata.
Ya casi terminaba la hora de Español y tendría que comenzar a dictarles Educación Física. La niña salió corriendo y le pegó un empujón a otra niña escuálida que mostraba la falta de sus dientes a un niño que se reía y se tapaba tímidamente con la maleta. El agarrón que presenció fue monumental, las niñas se jalaban del cabello, se rasguñaban la cara y lloraban como si fueran los mismos demiurgos del llanto.
No sabía si decirles silencio o coger y darles un pellizco mandándolos a sentar  a cada uno en sus respectivos pupitres. Recordó al profesor Jirafales y consideró la idea de golpear su escritorio y gritarles el famoso Ta, ta, y ta, pero de seguro la impresión que causaría en los niños sería de comicidad.
Caminó hacia el escritorio, se sentó, miró la selva que tenía ante sí y volvió a intentar hablar, pero las palabras se le ahogaban en el mismo momento en que empezaban a bajar por el tubo de su fantasía.
Un niño se le colgó por detrás y mientras le gritaba “arreeee burrito”,  le daba palmadas en la cabeza instigándolo a una carrera imaginaria.
―Tiene un muy buen perfil señor…
―José, José Bermúdez, señor rector.
―Profesor, este es un colegio privado, de mucho prestigio, espero que comprenda lo que quiero decirle.
―Por supuesto, si pasa la hoja, verá que hice mis prácticas académicas en el Politécnico regional de…
―Sí, veo que tiene también muy buenos certificados, a  eso es que me refiero ―señaló mientras le hacía señas, de que entrara, a una mujer gorda vestida de azul que se peinaba, con la mano, el cabello encrespado  mientras le decía a José que si quería más azúcar.
―Gracias, no suelo tomar café a esta hora de la mañana.
―Vaya, es usted muy disciplinado, eso me gusta. Mi señora y yo fundamos este colegio. Usted me recuerda mucho a mi hijo. Lo ve, está en esta foto, murió a su edad. Era muy talentoso, estaba por terminar medicina, pero bueno, ya sabe, las cosas pasan y Dios ―el hombre le mostró la estatuilla del divino niño que tenía en el rincón ―, quiso llevárselo.
―Es una pena. En verdad lo siento.
Había escuchado unas carcajadas cuando iba hacia el baño, pero no supo bien de dónde provenían, quizás había sido su imaginación. Cuando regresó, el rector se encontraba firmando unos documentos.
―Queda contratado, ya mi secretaria está haciendo el papeleo, el sábado tendrá que venir para firmar la póliza de seguro y para que lo afilien a un seguro de salud y, ya sabe, todos los documentos que me exigen por ley. Le descontaré tan sólo el 6%, me comprende, por retención de contrato, es sólo una cuestión de ley, si quiere leer, aquí está el decreto.
―Tranquilo, no hay problema, yo sé que ese es el procedimiento señor rector ―el hombre lo miró por debajo de los anteojos, se le notaba la fiesta, pero su rostro no dejó escapar ningún retazo de burla.
―Venga, ya sé que curso le daré. Recuerde que usted será el director. Confío en usted. ¿Puedo confiar en usted José? ―lo abrazó y mientras lo miraba con expresión interrogativa lo exhortó a caminar fuera de la oficina.
―Sí, por supuesto señor rector.
―Vamos, no se arme lio hombre, usted puede llamarme don Gregorio, ¿escuchó?, don Gregorio.
Salieron, caminaron por la sala principal, entraron a un pasillo y comenzaron a subir las escaleras.
―Le encantará, estoy seguro que le encantará, estos niños son unos angelitos. Sabe, una vez tuve un perro ¿José, usted ha tenido mascotas?
―No mi madre no me lo permite.
―Ah…. Vive con su madre.
―Sí señor, le ayudo con la casa. Estamos los dos solamente.
―Qué bueno, un hijo que ayuda  a su madre, me cae muy bien la gente así. Disciplinada, con carácter y que aman a su mamá.
Ahora un niño pecoso, de pelo quemado e hirsuto, lo jalaba del brazo. Un gordito se acercó hasta el escritorio y le hizo algunas preguntas. Cada vez más el salón se convertía en una pesadilla. Niños, podría hacer mucho, cualquier cosa, sólo era cuestión de estimularlos adecuadamente. Los moldearía con su ejemplo, los convertiría a todos en pensadores, en científicos, sí, eso haría.
Se deshizo del abrazo del niño, se llevó las manos a las piernas y entonces se dio cuenta que se había untado los dedos con los mocos que tenía en su pantalón.
Buscó el pañuelo de lino con ribetes bermejos que su madre le había obsequiado aquella mañana para que le hiciera juego con la corbata  de seda blanca  a cuadros en colores burdeos y rojo, pero no lo encontró porque en ese momento un niño morenito lo estaba utilizando para sacarle brillo a sus zapatos negros, embetunados con una mezcla cremosa de petróleo y disolventes, que poco a poco convertían el fino pañuelo en basura.
El tiempo se dilataba casi hasta detenerse en algún punto muerto entre el miedo y el desespero, que ahora, le invadía todas sus expectativas. Se levantó del escritorio e intentó llamar a los niños al orden pero todos los intentos de “silencio”, “a sus puestos”, “ya no sigan”, “la clase va a comenzar”, fueron infructuosos.
Los pequeños se volvieron más locos y ahora daban vueltas como indios danzando alrededor de una fogata.
―¡Profe! Camilo se salió del salón.
Miró hacia la puerta entreabierta por donde había escapado el travieso y sólo pudo atisbar el polvo que le dejaban, en la estampida fugitiva,  todas las teorías del desarrollo y de la evolución que había recibido en la universidad.
Aquello parecía una porqueriza, migas de tortas y ponqués se esparcían en el piso y se convertían en una masa pegachenta que era pisada y repisada por los niños.
La mayoría llevaban las caras sucias de dulces y leche achocolatada y otros tenían el uniforme hecho trizas, rasgado, untado con tintas de bolígrafos o escarcha.
―El perro que tengo en mi casa es como un hijo para nosotros, era la mascota de Fernandito.
―¿Fernando era su hijo?
―Sí, era un gran muchacho, iba a terminar medicina, pero ya sabe, Dios le tenía un mejor destino.
―Eh….pues yo creo….
―Sabe profe, a Pirata solo le falta hablar, este perro es súper desarrollado. Y cuida la casa como un tigre. Ay de que alguien se acerque, si lo viera, se le tira a matarlo.
―Eso es bueno, así cuida la casa.
―Sí, pero Pirata es más bien consentido, un día de estos lo invito a mi casa para que lo conozca, es una belleza de animal y es súper manso con los niños, eso se deja hacer de todo. La vez pasada lo dejamos solito con las hijas de mi hermano y cuando salimos a ver lo que pasaba, vimos a Pirata disfrazado y todo pintorreteado, las niñas habían hecho lo que habían querido con el pobre animal ―se echó a reír como si acabara de recordar un chiste―, Pirata apenas nos miraba con esa paciencia de Job mientras las niñas seguían molestándolo. Cuando lo vea se va a enamorar, ya vera profe.
―Estoy seguro señor rector.
―Hombre, déjese de cortesías, ya le dije, Gregorio, don Gregorio. Bueno, ya casi llegamos, le van a encantar, es el curso de primero A, son apenas 25 niños y son muy juiciosos profesor.
Unos angelitos, nada de qué preocuparse. No sabía si salir y dejarlos encerrados para buscar al pequeño que se le había extraviado o gritar y pedir ayuda. De pronto el niño entró como un rayo.
José quedó petrificado, no había sido capaz de proferir una sola palabra durante todo el tiempo que llevaba allí y en su cara se notaba una angustia que se acercaba a los linderos siniestros que un ataque de pánico suele dejar.
Intentó concentrarse, tomó aliento y cuando pretendió caminar hacia el escritorio se percató de que unos niños le abrazaban las piernas impidiéndole caminar.
En ese momento la puerta se abrió, la cabeza del rector asomó.
―Veo que le ha ido bastante bien profesor, No le dije que eran unos angelitos. Mire no más como lo quieren y lo abrazan.
Los niños volvían a limpiarse la nariz y José miraba al rector con esa cara de perro entregado, con esa paciencia de Job, parado en todo el centro del salón con todos los mocos de los niños en los pantalones.