Revista Viajes

Montevideo y la inevitable comparación con Buenos Aires

Por Gonzalo Vignoni @espiritu_viajer

Viajar a Montevideo por un fin de semana no me generaba mucha expectativa. Si bien tenía ese entusiasmo típico por conocer un lugar nuevo, también pensaba que la capital uruguaya no sería muy diferente a Buenos Aires.

Las dos ciudades rioplatenses se parecen, pero también son muy distintas. De hecho, en muchos aspectos, Montevideo me resultó más parecida a La Plata o a Rosario que a Buenos Aires. Estas fueron mis primeras impresiones de la ciudad, en la que pasé dos días y dos noches de verano.

Lo primero que llama la atención al llegar a Montevideo -en bus- es que son pocos los edificios que resaltan en el horizonte. La ciudad es algo "chata", con algunas torres y cúpulas que resaltan entre los edificios más bajos. Y es que Montevideo es una ciudad chica para los ojos de alguien acostumbrado a "la reina del Plata".

En la capital uruguaya y su área metropolitana viven 2 millones de personas. A 200km de ahí, en Buenos Aires y su área metropolitana, viven 15 millones.

Ambas ciudades son bastante viejas, y su arquitectura colonial es bastante similar. Buenos Aires (refundada en 1580) y Montevideo (fundada en 1726) tienen cascos históricos dignos de un safari fotográfico. Hay detalles esperando a ser admirados en cada edificio.

A fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, ambas capitales recibieron a cientos de miles de inmigrantes europeos. En Montevideo, la mayoría también provenían de España e Italia, por lo que su legado cultural y arquitectónico es prácticamente el mismo que en la vecina Buenos Aires. De hecho, para los porteños, la Ciudad Vieja puede resultar como una fusión entre los barrios de San Telmo y La Boca: los dos barrios que recibieron a la mayoría de inmigrantes hasta el siglo XX.

La similitud más notable, obvia, y conocida entre las dos ciudades es, sin dudas, el Palacio Salvo. Este edificio montevideano fue el más alto de Latinoamérica, junto con el Palacio Barolo de Buenos Aires, su "gemelo". Ambos fueron diseñados por el arquitecto italiano Mario Palanti y miden 100 metros de altura. Pocas son sus diferencias: el Barolo es 5 años mayor que el Salvo, y no se encuentra en una esquina como su hermano uruguayo, sino a mitad de cuadra, sobre la Avenida de Mayo.

A diferencia del Palacio Barolo, el Palacio Salvo sigue siendo uno de los edificios más altos de su ciudad.

Hay una diferencia importante entre las antiguas Buenos Aires y Montevideo: la primera nunca estuvo amurallada. La uruguaya, en cambio, estuvo rodeada por una muralla por poco más de 100 años. La fortificación fue demolida y hoy en día solo se conserva la antigua puerta. Esta marca el inicio de la peatonal Sarandí, la principal peatonal de la ciudad.

Caminar por el casco histórico de Montevideo se siente muy familiar pero, al observar bien, aparecen diferencias notables. Por ejemplo, en la arquitectura moderna.

Mientras que en el centro de Buenos Aires es común ver altas y modernas torres acorraladas entre viejos edificios, en Montevideo el escenario es algo distinto. La Ciudad Vieja luce como si, en algún momento entre los años 50′ y 80′, se hubiesen construido muchos edificios (modernos para la época), pero que nunca más fueron "actualizados". Incluso estas construcciones lucen viejas. Me recordaba a los edificios -también, alguna vez vanguardistas y modernos- que se mezclaron con las antiguas construcciones de la Avenida de Mayo, y que hoy permanecen como un recuerdo de lo que alguna vez fue considerado como moderno.

Montevideo tiene avenidas anchas adornadas con bulevares que me recordaron mucho a La Plata. No tanto por su estética, sino porque están flanqueadas por edificios viejos y bajos, con alguna que otra torre residencial a la vista. En algunos barrios, como en Pocitos, la comparación me llevó a pensar en Rosario, donde antiguas casonas se mezclan con modestas torres. Incluso José Mujica comparó a Rosario con Montevideo una vez.

La ciudad no posee subterráneos y el transporte público está cubierto, mayoritariamente, por una amplia red de colectivos. El boleto cuesta unos 36 pesos uruguayos (unos 25 pesos argentinos), 3 veces más que el boleto de colectivo en Buenos Aires.

La capital uruguaya también me resultó muy tranquila. ¿Quizás demasiado? Incluso un sábado a la noche, en pleno barrio de Pocitos (algo así como el Palermo de Montevideo), todo era silencio y calma. Los vehículos fluyen sin hacer ruido, casi no se oyen bocinas, ni mucho menos se ven conductores discutiendo entre ellos. En la ciudad se respira calma.

La cara más moderna de Montevideo está hacia el Este, en el barrio Buceo. Ahí relucen torres modernas que sirven de residencias, hoteles, y oficinas. La torre más alta de Uruguay, el World Trade Center (165 metros) está ubicada ahí y resalta en el horizonte.

Esta es la zona menos parecida a Buenos Aires, en mi opinión. Ni siquiera se parece al barrio más moderno de la capital argentina, Puerto Madero. Si a alguna ciudad argentina se parece, es a Mar del Plata. La razón para esta comparación está en los parques costeros que separan la playa de los edificios. Incluso las edificaciones frente a la costa tienen ese aire marplatense. Aunque Montevideo no tiene los acantilados verdes de Mar del Plata, la costanera está muy prolija, verde, y con una rambla rebosante de gente paseando y haciendo ejercicio.

La playa es otra diferencia crucial entre Buenos Aires y Montevideo. La capital argentina casi no se siente como una ciudad costera: hay muy pocos lugares donde disfrutar -incluso ver- del Río de la Plata, y bañarse en sus aguas no es una opción. En Montevideo, en cambio, existen varias playas aptas para baño, y la ciudad tiene más de 20km de ramblas que se extienden desde la Ciudad Vieja hacia el Este. Incluso el río, pese a ser el mismo, luce distinto.

Mucho se habla de las similitudes (culturales, arquitectónicas, sociales) entre Buenos Aires y Uruguay... Y yo también viajaba al país vecino con esos pre-conceptos. Una vez más, viajar me los derribó.

No se puede negar que las ciudades tienen sus parecidos, pero a las pocas horas de caminar por Montevideo uno se da cuenta de que estas ciudades, aunque hermanas, son muy diferentes.

Para mí, la diferencia más importante está en el ambiente. La capital de Uruguay es relajada, desestresada, un poco más limpia y ordenada. Se respira una tranquilidad que no solo tiene que ver con el hecho de que Montevideo sea una ciudad mucho menos poblada o peligrosa que Buenos Aires.

Montevideo nos demuestra que, en Buenos Aires, nos estamos olvidando de lo importante: bajar un cambio, tomarse unos mates en la plaza, dejar cruzar al peatón. Incluso la gente parece sonreír más. No se trata tanto de qué ver en Montevideo, sino de a qué prestarle atención: desde el tacho de basura presente en cada colectivo hasta la limpieza en las calles (que, aunque mejorable, está lejos de lo que vemos en la capital argentina).

Ambas ciudades comparten historia. Curiosamente, vivieron eventos muy parecidos casi al mismo tiempo. Invasiones inglesas, oleadas de inmigrantes, una vertiginosa expansión urbana, épocas buenas y malas. Incluso la crisis argentina del año 2001 tuvo su reflejo en Uruguay, un año después, y Montevideo la sintió fuerte.

¿Parecidas? Un poco. ¿Bellas? Cada una a su manera. ¿Idénticas? Ni por asomo.

Yo creo que sí. No porque haya mucho que hacer en Montevideo (la ciudad se puede conocer en 2 días) sino porque, al porteño, ésta ciudad lo invita a reflexionar.


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