Y al pensar en los muros, las paredes frías y húmedas, los peregrinos, la lluvia que confirma el cliché, la música de fondo, A Praza do Obradoiro, la imponente Catedral, la Sombra del Peregrino, los colores grises, las Vieras de plata y oro, las Dos Marías, me invade esa sensación morriñenta, esa congoja del que está a punto de abandonar, de marchar y de dejar atrás.
He aprendido con cada paso dado, cada año vivido aquí me sirvió para extirpar partes de mí que ahora han quedado atrás y llenar esos vacíos de nuevos yos que me acompañarán por tiempo indefinido. Así que miro una última vez atrás para despedirme de Santiago de Compostela. No solo de la ciudad en sí, sino también de lo que permanecerá aquí con ella.
Después, supongo que mi morriña se la llevará el viento, las gotas impertienentes, incesantes e incansables de toda la lluvia que cae y caerá en la ciudad peregrina. No, la verdad es que miento. Porque, si hay algo que no dije aún, es que la morriña no suele abandonar por completo a aquellos que la padecemos. Y menos aún cuando pertenecemos a estas tierras.
Por Mrs. Sofía el 30/6/2017