Revista Ciclismo

Motores, hackers, cadencias y orina en la cara… o las consecuencias del periodismo irresponsable

Por Elpedalnoticias.com

Los rumores sobre dopaje planean nuevamente sobre el Tour de France. Líder y gregario del Sky fueron agredidos físicamente por expectadores, a pesar de que las pruebas nunca llegan…

Froome Tour France dopaje

A pesar de que aún quedan los Alpes y los Campos Elíseos, puede decirse sin temor a equivocación que la edición 2015 del Tour de France se distinguió por un persistente, enrarecido y desagradable tufo a inicios de siglo XXI. La pestilencia tuvo un dilatado aunque difuso origen: desde los días iniciales de la ronda gala, aún en las duras carreteras del norte, periodistas y aficionados a las redes sociales de información divulgaron rumores equívocos y sin autoría precisa sobre elementos -no de prueba, claro está- destinados a desacreditar la temprana supremacía de Chris Froome y sus gregarios del Sky; liderazgo que se extendería a lo largo de los días más allá de los ataques Alberto Contador, Vincenzo Nibali, Nairo Quintana y Alejandro Valverde. De hecho, el dominio de Froome en los Pirineos no hizo más que exarcerbar los acontecimientos.

Comenzaron alegando el supuesto uso de una fuerza motora eléctrica en la bicicleta de Froome, en el Tour que ganó en 2013. Es decir, el rumor ni siquiera atentaba el presente ¿por qué por entonces no se había dicho nada sobre esta especie de artilugio invisible, escondido en una parte insondable de los 6,500 kg de material que hacen a la bicicleta? Porque no era más que el producto de una melancolía patética y afiebrada de presuntas trampas nunca comprobadas. Un adagio de la nada misma, en términos periodísticos.

No obstante, no fueron pocos quienes divulgaron semejante barrabasada -algo similar padeció Fabian Cancellara en horas de mayor hegemonía contra el crono-. Difícilmente pueda comprenderse la génesis de este rumor sin considerar las discutidas innovaciones técnicas aplicadas por Sky en sus bicicletas durante los últimos años, desde el plato ovalado inaugurado por Bradley Wiggins al amortiguador trasero introducido para las Clásicas de Flandes de 2015. Sin embargo, más allá de la opinión que merezcan estos cambios, de ahí al uso de un motor hay un largo trecho. Además, pasan los días y el bendito aparato sigue sin aparecer.

Agotadas en las redes sociales y los medios periodísticos las diatribas sobre el impulso motriz de las bicicletas del Sky, demoró poco y nada la circulación de otro rumor, esta vez asociado a un presunto espionaje de datos que supuestamente arrojarían un manto de duda sobre la limpieza de Froome. Aquí el rumor se apoyó en un doble supuesto: en primer lugar en el supuesto hackeo -así es como se dice ahora al espionaje de comunicaciones- y en segundo lugar que la información hackeada sería adversa para Froome. Ninguno de estos dos hechos fue confirmado y todo no trascendió de una maniobra destinada -sin éxito- a que Sky haga pública información relativa al rendimiento de sus corredores -probablemente para satisfacer a algún preparador físico de turno-. Es claro que los británicos son huesos duros de roer a la hora de proteger el know how, sea en el ámbito de la vida que sea.

Más allá de la endeble base empírica de estas falacias, gozaron de amplia difusión y crédito en una parte significativa del universo que rodea al espectáculo ciclista más importante del planeta. Sin dudas, aquella porción más necesitada de amarillismo y falacias -aunque de impacto- para promocionarse. Prueba de ello fue que en el desenlace de la etapa 12, con final en el mítico Plateu de Beille -que ganó Joaquim Rodríguez- un espectador golpeó en las costillas a Richie Porte, gregario de Froome, y recibió gritos de “dopado”.

La imbecilidad humana no hacía más que comenzar. Dos días después continuó y con ella, creció el umbral de las humillaciones. Tras resistir el ataque de Nairo Quintana en Mende, otro espectador francés arrojó orina a Froome en la cara, mientras le gritaba “dopado”.

Mientras muchos nos hacíamos eco de estas agresiones, el diario francés L’Equipe usó alegre y vagamente el adjetivo “positivo” para hablar del rendimiento de Tejay Van Garderen -que, por otra parte, poco había tenido de positivo-. Algo innecesario, fuera de lugar, poco pertinente, aunque probablemente motivado por algo de sangre en el ojo en función del rotundo fracaso de Romain Bardet y Thibaut Pinot -promesas del pedal francés- ampliamente superados por Stephen Cummings en los últimos kilómetros de Mende, frente a la mirada atónita del mismísimo presidente de la república. Un nuevo y forzoso baño de humildad para un ciclismo galo que hace décadas no pasa de eternas promesas.

Es más difícil entender aún el comportamiento de Laurent Jalabert, devenido en periodista y que haciendo uso del micrófono arrojó una y otra vez sonadas sospechas sobre Froome, en base a la cadencia de pedaleo. Algo que llama la atención no sólo porque estas sospechas provinieran de un hombre del que fue comprobado el uso de sustancias ilegales para mejorar el rendimiento deportivo -por ejemplo, en el Tour de 1998- sino por la liviandad de las pruebas. Es decir, quien acusaba no sólo era un dopado, sino que lo hacía sin pruebas. Lo absurdo hecho carne.

Evidentemente un puñetazo en las costillas o arrojar un vaso de orina en la cara son comportamientos repudiables. Pero también deben serlo el de aquellos que haciendo uso de medios masivos de comunicación, incluso desde el anonimato, difunden rumores y condenas sin asidero. No se trata de ocultar el dopaje, sino de descubrirlo sólo allí donde exista. Esto se hace en base a un periodismo responsable que actúe en función de pruebas. No de conjeturas.


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