Muerte de un miliciano – Desmontando a Robert Capa

Publicado el 06 octubre 2013 por Cinefagos

Muchas veces cometemos el error de pensar que el cine y la fotografía son meros entretenimientos en vez de considerarlos un medio a través del cual expresar ideas o contar historias. Existen documentales brillantes, imágenes de rodajes famosos, Y películas que entremezclan la realidad y la ficción. Y en ocasiones, como dijo Steven Spielberg, un solo fotograma es capaz de convertir tu trabajo en inmortal.

Esa es la fotografía, una de las instantáneas más famosas del siglo XX, icono de un episodio muy triste en nuestra historia reciente. El instante en el que un legionario sin nombre cae abatido en plena Guerra Civil española mientras bajaba una ladera fusil en mano.  Su protagonista, contexto e incluso quién la realizó son a día de hoy motivo de debate, y décadas de estudio han intentado esclarecer cuál es la realidad que se esconde tras la famosa muerte de un miliciano que Robert Capa fotografió en 1936.

Para empezar, hay que hacer un alto para conocer bien a Robert Capa, considerado el mejor fotógrafo de guerra del siglo XX, y un hombre tan misterioso cuya historia casi parece sacada de una película de Hollywood. Capa no existía hasta poco antes de que estallara la Guerra Civil. En realidad, el nombre no era más que un pseudónimo que dos jóvenes fotógrafos se inventaron para conseguir mejores contratos en sus trabajos. Ernö Friedmann y su novia Gerda Taro no habían tenido mucho éxito hasta que decidieron empezar a mentir en sus envíos y decir que sus fotografías estaban realizadas por un prestigioso fotógrafo norteamericano llamado Robert Capa, y que ellos eran sus representantes. Así, la historia de un experimentado reportero convencía a los editores para pagarles hasta tres veces lo que hubiesen obtenido de otra forma, y empezaron a recibir más encargos. Capa, pues, no es más que un hombre que jamás existió, y que se creó con el trabajo de dos personas completamente diferentes que incluso se intercambiaban las cámaras, por lo que en ocasiones cuesta saber quién pulsó realmente el disparador.

Aunque su trabajo sea ahora considerado como “arte” en aquel momento sólo les interesaba sacar la noticia del día antes de que ésta quedase desfasada. Sus fotografías no estaban pensadas para perdurar, y mucho menos para hacer un estudio sobre los autores. Así que cuando el 5 de Septiembre de 1936, la cámara de Friedmann captó la imagen que abre este post, ninguno imaginaba en lo que se iba a acabar convirtiendo.

En sí misma, es espectacular. No es fácil (y menos en una época en la que no todo el mundo tenía una cámara en el bolsillo) capturar el momento exacto de una muerte en un campo de batalla, y menos con tanta claridad, definición y hasta teatralidad. El cuerpo no cae desplomado, sino que parece resbalar hacia atrás, mientras el arma se desliza entre sus dedos. Es un momento impactante, y ya de inmediato surgen las preguntas acerca de cómo se tomó. ¿Dónde estaba el fotógrafo? ¿Cómo tuvo la sangre fría para mirar a un soldado que moría? ¿O se tomó la foto de forma simultánea y no supo lo que había grabado hasta el momento después de hacerla? O incluso, la sombra que ha ido persiguiendo a Capa desde aquel día: ¿Estaba realmente muerto el miliciano, o todo era una escenificación?

Muchas de las más famosas imágenes históricas que tenemos son falsas. La manipulación es una parte importante de la fotografía, porque capturar el momento ya es en sí una alteración de la realidad. El encuadre, la iluminación… todo afecta al resultado final, creando una “verdad” que no tiene por qué ser ni mucho menos cierta. Se me viene a la cabeza la “Bandera de Iwo Jima”, o incluso, las imágenes del bombardeo a Pearl Harbor que se hicieron con maquetas debido al ataque “sorpresa” japonés. En ocasiones lo que se ve heróico no es más que fruto de la magia del momento. Con el paso de los años, este miliciano se convertiría en una fuente de uso propagandístico por parte de los republicanos, y una constatación del horror de la guerra y, tal vez, de lo patético y triste de la misma. De modo que, curiosidad por parte de algunos, o incomodidad por parte de otros, pronto empezó a correr la teoría de que aquello era un montaje. Y a pesar de que corre la leyenda de que el propio autor admitió en su momento que todo estaba preparado, fijándonos en las pruebas podemos deducir lo siguiente:

El día de la fotografía, Friedmann se encontraba acompañando a un grupo de soldados republicanos, y ante la falta de actividad en las últimas jornadas, decidieron relajarse un poco y posar para el fotógrafo. Gerda también estaba allí, y ambos hicieron una sesión completa de fotografías que más tarde se publicarían en una revista francesa llamada “Vu”, y en ella podríamos ver por primera vez uno de los argumentos más utilizados por los que apoyan la teoría del montaje. Ahí, la imagen se sitúa justo encima de otra instantánea tomada en el mismo lugar, y que muestra a otro soldado cayendo de una forma mucho menos grácil. No hay rastro del cuerpo del famoso miliciano, así que podríamos pensar que se varias personas posaron para las cámaras, y luego la fama y la historia acabarían encumbrando a la más poética.

También hay quien piensa que se trata de la misma persona, pero un vistazo a la ropa y equipo nos deja claro que se trata de dos individuos diferentes. Además, se les puede ver en la imagen superior que sí confirma la idea de que los milicianos estaban relajados y distrayéndose. En la parte izquierda aparece el miliciano sonriente, ajeno al destino que tal vez le aguarda, y al que hasta hace bien poco ni siquiera se le pudo identificar como Federico Borrell García, muerto el 5 de Septiembre de 1936 en Cerro Muriano, Córdoba, víctima de un disparo. Si era Borrell o no también es motivo de discusión, tanto porque no hay informe de fallecimiento como porque su cuerpo fue supuestamente enterrado en una fosa sin nombre, imposible de hallar hoy día. Otra prueba más del fraude sería que no se ve ninguna herida mortal, y que los editores franceses confundieron el penacho de su gorro con partes de su cráneo que saltaban por el impacto de un proyectil.

Pero otros afirman que el detalle de la mano encogida revela que ese hombre estaba muerto, porque no habría forma de impedir el reflejo de estirar el brazo izquierdo hacia atrás para intentar suavizar la caída, y que es lo que hubiese hecho cualquiera. Aquellos que defienden la veracidad de la fotografía y entre los que se encuentran el hermano de Friedman, aseguran que lo que ocurrió fue que aprovechando la tranquilidad, y en un ejercicio bastante usual, los soldados posaron para las cámaras. Pero se trataba de soldados republicanos, no de franquistas disfrazados, como muchos han afirmado. Friedmann jamás se hubiese juntado con el bando de Franco debido a sus ideas republicanas, así que eso descarta ese rumor. Mientras corrían por una ladera, levantaban las armas y se comportaban de una forma “un poco loca”, los fotógrafos se refugiaron en una trinchera en el momento en el que, desde la distancia, miembros del lado franquista los vieron y abrieron fuego. Lo que empezó como una escenificación de pronto se convirtió en algo real, por lo que la muerte de Federico Borrell sería fruto de un trágico accidente. Ese era el motivo por el cual Friedmann rechazaría hablar sobre la imagen, porque se consideraba a sí mismo culpable de haber provocado esa situación y de la muerte del miliciano.

Verídica o no, la imagen dio la vuelta al mundo y se convirtió en el icono de la guerra civil española. Hay quien piensa que, incluso aunque fuese preparada, no restaría un ápice al mensaje que intentaba transmitir, un mensaje que por supuesto ninguno de los involucrados quería mandar en el momento de hacer la fotografía, pero que el paso del tiempo le ha ido otorgando. En los años siguientes la guerra continuaría su curso y todos sabemos muy bien cómo acabó para los republicanos, pero no para los fotógrafos. Gerda moriría un año más tarde, poco antes de cumplir los veintisiete, cuando un tanque la pasase por encima por accidente, y Ernö, solo, se acabaría apropiando finalmente el nombre de Robert Capa que en su momento no fue más que una invención. Desde entonces la vida del fotógrafo quedó en suspenso hasta que en 1954, mientras se encontraba fotografiando la guerra en Indochina, pisó una mina que acabó con él, aún con la cámara en las manos. Una muestra más de que en la guerra no hay vencedores, sólo vencidos.

Lo más triste no es saber qué se esconde tras la imagen de arriba, sino comprender que, mientras buscas información para redactar este pequeño artículo, tienes que recurrir sobre todo a fuentes extranjeras y textos en inglés. Cuesta pensar que uno de los momentos más famosos de nuestro país parece no despertar ningún interés o, mejor dicho, querer ser olvidado por muchos, hasta llegar a la conclusión de que la imagen del miliciano muerto tal vez no sea tan lejana como queremos creer, y España siga siendo un país dividido donde los bandos siguen formados y lo único que nos separa de las imágenes de Robert Capa es que en algún momento se dejaron de lado las armas.