Mujer y Mundo Andino - Situación de la mujer en los barrios marginales de La Paz Bolivia

Publicado el 13 abril 2010 por Daniela @lasdiosas

La ciudad de La Paz es uno de los principales centros receptores de migración del país. La mayor parte de este flujo migratorio está constituido por campesinos aymaras del altiplano. Este proceso ha continuado con intensidad creciente, y es posible que a la fecha el porcentaje sea aún mayor de lo que se supone, pues el desplazamiento de habitantes del campo a la ciudad se ha ido acelerando con el tiempo.


Los migrantes recién llegados encuentran en La Paz una versión urbana de la cultura aymara, que les sirve de “colchon” para amortiguar su adaptación al nuevo medio. Esta variante citadina se ha ido formando a lo largo de muchas generaciones de indígenas que desde un principio ha residido en la ciudad. Esta es una cultura de transición, que sobre una base aymara incorpora elementos criollos y los combina en una síntesis original, indígena en su base y acriollada en sus segmentos superiores. Con el ascenso social que experimentó desde 1952, esta clase se va desplazando culturalmente hacia el extremo criollo dominante, a la vez que se ve alimentado por sus base con el flujo migratorio campesino.

Para evitar el desprecio y la discriminación que trae consigo su condición de indios, los migrantes rurales tratan de asimilarse lo más rápidamente posible con la cultura mestiza urbana, y por ello están muy predispuestos a imitar sus costumbres y formas de comportamiento. La mayor parte de las mujeres migrantes llegan del campo muy jóvenes, siendo solteras, a trabajar como empleadas domésticas. Luego de un tiempo encuentran a su pareja y cambian de ocupación para trabajar por cuenta propia y se mudan a vivir en algún barrio periférico.

El proceso de unirse a la pareja es similar al que se sigue en el campo, aunque aquí es mucho más sencillo y casi siempre queda incompleto o trunco. Los encuentros iniciales se dan en ferias, parques o espectáculos populares. Luego viene el “robo” de la novia, con el consentimiento de ella, y por último el compromiso o irpaqa, con toda la pantomina de la hostilidad del suegro contra el yerno y su familia, los azotes rituales de la incipiente pareja y el pedido de perdón. De ahí se pasa a la convivencia o sirwiñaku; pero a diferencia del campo, donde casi todas las relaciones se formalizan con la boda, en la ciudad la mayor parte de las uniones se quedan en el concubinato. Una buena parte de estas mujeres han sido abandonadas, con sus hijos, y esto ocurre en una proporción notoriamente mayor que en el campo.

Parecería que los hombres migrantes han introyectado las pautas machistas urbanas occidentales, imitadas de las series televisivas. Por eso se ufanan de sus múltiples conquistas y de su infidelidad, cosa que en el campo sería motivo de censura y escarnio. La violencia y los maltratos ocurre sobre todo cuando estan borrachos o cuando han tenido un serio disgusto o dificultad en su trabajo. Los casos de alcoholismo consuetudinario son mas bien raros en los barrios marginales. Lo corriente es que se beba en las ocaciones festivas, que como promedio no pasa de una al mes.

Otras causas de la agresividad masculina son, en primer lugar los asuntos de dinero, y en segundo los celos. Aunque son los hombres quienes con más frecuencia cometen actos de infidelidad, por un mecanismo de proyección se los atribuyen a sus mujeres y las golpean por ello. Se da asimismo el caso de mujeres que por protestar contra la infidelidad de sus maridos se hacen acreedoras a una golpiza. Lo corriente en estas circunstancias es que las mujeres rivales pelean entre si.

En la cultura aymara hay una marcada jerarquía patriarcal por la que los mayores exigen obediencia y sumisión a los menores y se arrogan el derecho de enmendarlos. En los barrios marginales, este principio se Ileva más lejos, y puesto que el marido se equipara al hermano mayor, se considera que tiene autoridad sobre su mujer y puede castigarla como lo haría con su hermano menor. lncluso se llega a pensar que es saludable para la buena marcha del matrimonio una golpiza ocasional, aunque la mujer no haya cometido ninguna falta concreta que Ia justifique. (De la misma manera, en la Inglaterra victoriana se azotaba a los niños aunque no tuvieran ninguna culpa, simplemente porque se tenia la idea de que los golpes eran necesarios para que el chico crezca derecho y adquiera fortaleza frente al sufrimiento).

Aunque no haya necesariamente violencia, el trato que las mujeres resiben de sus maridos no suele ser bueno: Los hombres consideran que una mujer sólo sirve para tener hijos y no valoran a las como mujeres y como esposas. En todas estas situaciones de abandono, abusos o violencia, la mujer prácticamente no tiene a quien recurrir. La comisaría de policia y los tribrunales no hacen más que despojar a los litigantes del poco dinero que puedan tener, y nunca resuelven nada. No existen padrinos, o cuando los haya suelen perteneser a un estrato económico superio y no se inmiscuyen en la vida de sus ahijados, o bien no gozan de la autoriadad y el poder de censura pue tienen en las zonas rurales.Tampoco existe un consenso comunitario fuerte que vaya a censurar estos echos.

Con la crisis económica y la desocupación maculina, las mujeres que conservan a su cónyuge llevan la mayor parte de la carga económica de mantener a sus hogares y obiamente Ias mujeres abandonadas tinen sobre sí toda la responsabilidad. La actividad más común de las pobladoras de las zonas marginales es el comercio de frutas, golosinas y objetos manufacturados, le sigue en orden de importancia la preparación de comida para la venta, lavado de ropa, hilado y tejido de lana y por último, el trabajo como empleada doméstica por horas.

La jornada típica de una mujer comienza a las 5 de la madrugada, en que se levanta para hacer la limpieza de su hogar, prepara el desayuno, alista a sus hijos, los envía a la escuela y prepara la comida que se consumira durante el día. La hora en que salen a trabajar varía según las ocupaciones las vendedoras de frutas deben estar a las 6 en los tambos para adquirir su mercaderia.

Por la tarde muchas lavan ropa, otras contnuan con su comercio y suelen estar de regreso en su casa a eso de las 7 u 8 de la noche. Entonces lavan el servicio usado para las comidas, arreglan y lavan la ropa de los suyos, y algunas se quedan a hilar hasta la 1 o 2 de la mañana. Si hay hijos mayores, ellos quedan encargados de cuidar a sus hermanos pequeños y de preparar el almuerzo y muchos tienen la responsabilidad de salir a trabajar para contribuir al sustento famillar. Si sólo hay hijos pequeños, no es raro que se queden encerrados en sus casas (a menos que haya guarderia), pues la madre solo puede llevar cargados al sitio de trabajo a los lactantes.

Como es de suponer, la jornada laboral de la mujer, incluyendo las tareas domésticas, es más larga que la del hombre. Por otra parte, la contribución económica femenina al hogar suele ser mayor y actualmente tiende a incrementarse aún más pues como ya lo hemos dicho, con la crisis económica la desocupación masculina ha experimentado un notable incremento. Hay que advertir, no obstante, que en estas circunstancias hay un número de hombres parados que acceden a ayudar a sus esposas en las labores domésticas, mientras ellas salen a trabajar. Las mujeres, en cambio, ni siquiera se han planteado la posibilidad de incursionar en las actividades consideradas privativas de los hombres.

Todo esto demuestra que aunque la contrubución de la mujer al mantenimiento del hogar es importante, y no obstante que con su trabajo logra un grado de autonomía económica que nunca hubiera tenido en el campo, en los suburbios la condición femenina está menos valorada y reconocida.
Fuente: Tupac katari