En cualquier caso, a menudo se nos olvida que los años setenta vivieron una edad de oro del terrorismo a nivel mundial, que se convirtió casi en una industria que nutrió a grupos como la OLP, el IRA o ETA o los grupos maoístas que surgieron en Alemania. No eran raros los secuestros de aviones, las bombas o los asesinatos en plena calle. Tal y como sucede hoy, las batallas se libraban a un nivel subterráneo, midiéndo los efectos publicitarios de cada acción y el nivel de conocimientos de las mismas que se quería que tuvieran respecto a la opinión pública. La película de Spielberg, una de las mejores de su extensa filmografía, recoge el espíritu de aquella época y, partiendo de la venganza que se organizó a partir de la masacre de Munich, constituye un verdadero ensayo acerca de cómo las espirales de violencia se retroalimentan y acaban conformando un círculo vicioso del que es muy difícil salir. Cada acción genera necesariamente una reacción, que a su vez necesita ser respondida. Solo siniestros personajes como los traficantes de armas o de información (como el que interpreta Mathieu Almaric), sacan provecho económico de dicha situación, sin ensuciarme jamás personalmente las manos.
Porque el papel del protagonista, ese guerrero anónimo que debe defender Israel desde las cloacas de un terrorismo de Estado que alcanza una dimensión internacional, es el del soldado no reconocido por quien le paga. Avner (un magnífico Eric Bana, con una interpretación llega de matices), no solo debe ser un patriota, sino no esperar ningún reconocimiento público por los atentados que organizan, que presuntamente están legitimados (aunque se realicen en las sombras) por el sagrado derecho de defensa. Pero ¿quién se defiende o quienes atacan? ¿quién empezó el conflicto? Las interpretaciones están lastradas por décadas, o incluso siglos de guerras y malentendidos. El buen soldado no debe dejarse llevar por sus sentimientos ni cuestionar las órdenes de sus superiores. Pero Avner, que acaba de ser padre, un dador de vida, sufre por dentro en su condición de asesino, un sufrimiento que también atenaza a un Spielberg más inseguro que nunca (no desde un punto de vista cinematográfico, sino desde el del mensaje que se quiere transmitir), que apabulla al espectador con unas imágenes de violencia seca y expeditiva, asesinatos ejecutados por presuntos profesionales que a veces se convierten en auténticas chapuzas: el negocio de la muerte no se basa en las ciencias exactas.
Y al final, esas estremecedoras imágenes de las Torres Gemelas en construcción, unos perfiles en penumbra que simbolizan para el hombre occidental del siglo XXI la barbarie escondida, que puede golpearnos en cualquier momento, también mientras estamos sentados cómodamente contemplando esa secuencia, y que ha engendrado otra barbarie financiada por esos Estados que dicen defender los Derechos Humanos. Conflictos complicados, que se libran entre sombras y que ni siquiera los contendientes saben si están ganando o perdiendo. Porque parece que esto último ya no tiene demasiada importancia. Lo fundamental es mantener la tensión, alimentar al propio ejército y al del enemigo para que la guerra sea eterna y lo sea también el miedo, ese gran enemigo de todo pensamiento racional.