Una tarde cualquiera de un día cualquiera en mi humilde hogar intento mantener un poco el orden y las famosas rutinas que, según los expertos, ayudan a los niños a crecer y a madurar. Que no digo que no, que nadie me malinterprete, que yo, erre que erre, cada día siguiendo los mismos protocolos. Pero mis queridos enanos, en los que el gen de la tozudez debe haber mutado peligrosamente, también erre que erre.Venga chicos, a ducharse. ¡No! Veeeeenga, a la ducha ¡Nooooo! y así en un bucle en el que las frases y las ideas se acaban. Cinco años repitiendo la misma monserga y oye, no hay manera. Cada día la misma letanía. Pero lo más gracioso de todo es que, cuando por fin consigo "encerrarlos" dentro de la bañera de ahí no salen ni con agua caliente. Y el mismo "teatrillo" con un "no" por respuesta lo representamos a la hora de cenar (excepto si en el plato no hay verdura, huelga decirlo), a la hora de lavarse los dientes y en muchos otros momentos del día.Es curioso la capacidad de tozudez y de aguante que tienen los niños. A mi hijo mayor que ya empieza a tener un poco de entendimiento adulto le intento hacer ver que, si de todos modos va a tener que ir a ducharse, a cenar o a lavarse los dientes, porque se agota porfiando con su sufrida mamá. Y sí, lo entiende, "vaaaaale mama, no lo haré más" pero al siguiente momento - rutina, volvemos al ¡Nooooo!No sé si será porque aún no entienden de horas, porque no soy suficientemente persuasiva o porque necesito algunos años más para afianzar las rutinas. Bueno, no desfalleceremos.