Revista Filosofía

Nietzsche y los ideales ascéticos: ¿la vida contra la vida misma? (IV)

Por Zegmed

Nietzsche y los ideales ascéticos: ¿la vida contra la vida misma? (IV)

Quisiera volver ahora sobre otro de los problemas que dejamos pendientes: ¿es el ideal ascético una vocación natural? Si es así, ¿por qué Nietzsche lo desprecia? El ascetismo facilita una vida más plena, más llevadera, de algún modo, incluso, la reafirma enérgicamente: “Nace del deseo y la inclinación, quizás incluso la compulsión, a involucrarse en aquello para lo que se está más capacitado, independientemente de las consecuencias: es resultado y manifestación de la voluntad de poder; su sentido es la voluntad de poder” (NVL, 147). La contradicción radica en que esta es una voluntad de poder que aspira a su propia aniquilación. Es la naturaleza contra algo que también es naturaleza (Ibid., 148-149). El ideal ascético tiene aquí un rol similar al que tenía la tragedia en aquella primera obra nietzscheana: una forma de hacer que la vida, ante la visión del abismo, adquiera algún sentido que permita vivirla sin caer en la desesperación. El arte salvaba al griego y mediante el arte, lo salvaba la vida (NVL, 149). Por eso Nietzsche admiraba a los griegos, porque sabiendo de qué estaba hecha la vida, decidieron revelarse contra ella: los griegos eran superficiales… ¡de pura profundidad! (NVL, 150 [GC, Pref., 4; NT, 24).

Del mismo modo, Nietzsche considera que el ideal ascético ofrece un modo para pensar que la vida merece ser vivida. El ideal ascético nace del instinto natural por proteger una vida que degenera (GM, §13). Así, en lugar de ser un negador de la misma, es una de las fuerzas más afirmativas de la vida (Ibid.). El rol del sacerdote ascético es dar un sentido al dolor y al sufrimiento de la vida, propone así entonces una respuesta para el problema: la culpa nos induce al sufrimiento. Pero como sabemos, el giro es radical: el culpable del sufrimiento es uno mismo. Lo que queremos decir, en buena cuenta, es que el ideal ascético es también una manifestación de una voluntad de poder, una voluntad de nada, como sabemos; pero voluntad finalmente. Es pues un modo de afirmación de la vida, a través de otra, de querer ser otro; pero afirmación finalmente. Así, el ideal ascético se revela como una variante de la voluntad de poder: aunque se quiera la nada, la voluntad ha sido preservada (NVL, 155). Pero si esto es así, ¿por qué el desprecio?

La cuestión estriba por el modo en que esta voluntad débil se afirma. Su modo de afirmación pretende universalidad, todos deben adecuarse a ella y a la formulación de valores que ella plantea. La voluntad del poderoso, del noble no pretende eso, no concibe absolutos porque ella es consciente del carácter interpretativo de la vida, valorativo. Lo nocivo del ideal ascético no es que quiera la nada, finalmente querer es afirmar: lo que repugna a Nietzsche es que el ideal ascético oculta su condición de ser una entre otras más interpretaciones del mundo, se presenta como unívoco e inalterable, niega la multiplicidad y la convivencia de lo diverso como teniendo igual valor. Allí reside su vileza. Por eso, a pesar de ser un impulso natural, es despreciado por Nietzsche. La verdad que nuestro autor presenta es de otro orden, porque ella implica por sí misma el autocuestionamiento e invita a la mirada crítica y no a la obediencia irreflexiva detrás del ideal del sacerdote. En esa línea cobra sentido el hecho de que Nietzsche dedique los últimos apartados de la Genealogía a la crítica de la verdad y la ciencia. Uno podría pensar que la ciencia es la enemiga principal del pensamiento ascético al concentrarse en los hechos y no en la ficción que crea el ascetismo, pero Nietzsche replica que eso es un error: la fe de la ciencia es aún una fe metafísica porque se entrega a ella sin cuestionamientos y nos hace creer que existe una dimensión de puro conocimiento que nos separa de la mentira, del error, del engaño. De hecho, la ciencia no es más que la descendiente de la búsqueda ascética de la certeza. Es, si se quiere, su versión secular.

Por eso, finalmente, podremos decir ya, el modo más adecuado de leer este tratado y la obra de Nietzsche es un modo estético. Uno que se preocupa más por la forma en que la vida se organiza más que por su contenido. Así, Nietzsche no critica sin más el contenido del ideal ascético: sabemos que es un modo de afirmación de la vida y, en ese sentido, una manifestación de la voluntad de poder. Lo que se critica es que se organice de tal modo que pretenda aplastar toda manifestación distinta y afianzarse como una forma absoluta. La cuestión consiste es experimentar la vida con tal intensidad que cada elemento de la misma sea igualmente esencial, por eso querríamos vivir cada uno de esos elementos eternamente, como un retorno de la vida que no se detiene. Se trata de una valoración de la forma en que la vida se ha constituido y no tanto del contenido moral o no que esta tiene, por eso la valoración es estética. El arte pues, cobra un lugar relevante, particularmente la comedia: ya lo indicó Nietzsche al final de esta obra, hacer del ideal ascético motivo de comedia es el mejor modo de enfrentarse a él. Esta es quizá la única forma en que Nietzsche no cae en la autoanulación. No negará sin más el ascetismo como falso, promoverá el arte como alternativa porque en él los valores están ya transvalorados y porque sabe bien que en el arte la inversión es lícita.


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