Revista Arte

Nihilismo contemporáneo. Acerca de la inocencia organizada.

Por Peterpank @castguer

Nihilismo contemporáneo. Acerca de la inocencia organizada.

‘Cuando la reflexión alcanza el infinito, se restaura la inocencia’ .

Heinrich von Kleist

Con el surgimiento de la mediocridad privilegiada, la vida inocente se hizo accesible a las masas. Los don nadies dejaron de ser parte de una clase que luchaba por alcanzar fines históricos como la revolución o el fascismo. Se ha entrado en una era fría, exenta de pasión. Mientras en el exterior las tormentas rugían y a un cambio seguía inmediatamente otro cambio, la vida privada quedaba en punto muerto. El tiempo debía seguir su curso, a pesar de la historia, la moda, la política, el sexo y los medios. Los inocentes no rechistaban, despreciaban el inconformismo. “Que sea lo que haya de ser”. La gente normal se veía a sí misma como una pieza de la maquinaria y no les avergonzaba reconocerlo. Se aseguraban de que los trenes fueran puntuales y regresaban a casa a la hora de la cena. Como sustitutos de las antiguas demarcaciones de casta, sexo y religión la inocencia introdujo conceptos falsamente esperanzadores como la tolerancia, el aperturismo y la armonía. El positivismo se convirtió en un estilo de vida. La crítica positivista se utilizó en la reconstrucción de la política y la cultura. La gente pasaba buenos ratos, estaba ocupada, atareada y dinámica y sobradamente empleada. Reinaba una visión simple y clara de la realidad. Decir inocentes no era lo mismo que decir Buenos, ya que los inocentes, sencillamente no se enteraban de nada, aunque no por ello estaban exentos de valores. No estaban hechos para delinquir. Así se convirtieron involuntariamente en objetivos de las estrategias del Bien y el Mal.

Estamos hablando de una vida sin drama, sin inmediatez, sin ‘Entscheidung’ (decisión). Nada se pondrá jamás al rojo. Nunca habrá que tomar decisiones sobre nada. No hace falta escapar para ser sólo tú. “No rompáis el equilibrio”. Los inocentes se regocijan con los rituales diarios, que son su fuente de felicidad. Una lavadora que no funciona es suficiente para desquiciar a un inocente: “este cacharro tiene que funcionar”. El conflicto con lo material proviene de que lo material siempre se rompe, se estropea, funciona mal y, en general, se comporta de modo extraño y no se puede reemplazar así como así. El consumo desenfrenado conlleva la promesa de que, de ahora en adelante, no volverá a suceder nada. En esta existencia imperturbada el lujo resulta tan natural que pasa desapercibido. La conciencia inocente se distingue por su aire de primitivismo entumecido que evoca un universo donde la irritabilidad de los individuos puede estallar sin previo aviso: una y otra vez los semáforos, los atascos y los retrasos, los engorros burocráticos, el mal tiempo, los ruidos de las obras, las enfermedades, los accidentes, los invitados y los incidentes inesperados constituyen una agresión contra la existencia inocente. A pesar de todo, uno se ve atrapado en acontecimientos inesperados. Esta actitud de concentración en el trabajo y en los asuntos profesionales que huye de toda distracción elimina cualquier riesgo y relega la categoría del criterio único a la dimensión de lo alcanzable. El súmmum de la felicidad son el porno light, una moto, un coche nuevo de precio medio, una casa propia con hipoteca, algún hobby interesante, ir a los clubs, los niños, una fiesta a todo tren por el cumpleaños de familiares o amigos, los clubes literarios, las tarjetas de navidad, los bordados de punto de cruz, la ikebana, la jardinería, la ropa limpia, crear una biosfera adecuada para las mascotas y las plantas de interior, los conejillos de indias, el conejo en el patio, las palomas en el ático, los destinos para las vacaciones, las cenas en restaurantes, la teleadopción a través del programa de acogida de niños, una charla con los amigos para ponernos al día sobre las últimas noticias o nuestro carné de Greenpeace. Este ideal de vida inmaculada y sin alteraciones se caracteriza por la entrañable pretensión de ser el objetivo de, literalmente, todo el mundo. La inocencia está siendo tratada continuamente por doctores, terapeutas, esteticistas, acupuntores y mecánicos. A la inocencia le gusta someterse a reparaciones constantes. Considera que es su obligación desarrollarse y, si es necesario, que se la reeduque. Se acude a cursillos, se participa en las sesiones de adilkno, se visitan teatros, salas de conciertos, expos, se leen libros, se siguen las rutas de senderismo en los bosques y se practican artes marciales. La inocencia como derecho humano universal abarca por igual a animales, plantas, arquitectura, paisajes y expresiones culturales. Esta es la condición con la que en última instancia se puede salvar el mundo: una condición ni utópica ni fatalista, sino inalterablemente funcional.

Las campañas publicitarias que sirven de banda sonora para este estilo de vida apelan a la alegría infantil de ver cómo se premian nuestros logros. Escenas de padres sonrientes que se pueden permitir absolutamente todo. Referencias a las circunstancias autoritarias bajo las que se educa a los niños y bajo las que alcanzan la madurez y aprenden a hablar. La inocencia presupone la seguridad que ofrece esa burbuja protectora que forman la estructura familiar, el colegio, la empresa y el club de deportes. Bajo el ‘capitalismo infantil’ (Asada), se tientan nuestros deseos con la oferta de una existencia segura. Si demostramos nuestra buena conducta se nos garantiza que los cambios que ocurran en el mundo exterior no provocarán ninguna catástrofe. La rebeldía se castiga y es casi completamente inútil. El hogar incorpora un oasis fortificado. Los demás son exactamente iguales a ti y si te mueves de celda en celda te da la impresión de que la vida es genial. Las sorpresas sólo se permiten entre constelaciones cercanas. La única excepción (bajo control) a la regla es el enamoramiento apasionado. En el ámbito del sexo todavía se puede esperar que se produzcan agresiones, con todo lo que conllevan. Por eso el anuncio por palabras es un medio tan inocente, que nada tiene que ver con la prostitución ni con el declive moral. El momento clave de toda existencia inocente es el día de la boda: el día más feliz de nuestra vida. El matrimonio es el único momento en la vida en que los don nadies de ambos sexos se pueden vestir con todos sus ornamentos y exhibirse sin reparos ante el mundo. El vestido de novia hecho especialmente para la ocasión, el rojo o el blanco que se llevan a la vista de todo el mundo, el ramo de novia, los zapatos del novio, la orquesta en el jardín, el carruaje o el descapotable, los espectadores entusiasmados, el histórico salón de bodas, el discursito conmovedor del cura, el aplauso, todo el mundo puesto en pie, los regalos, la cena en un restaurante de moda, la celebración hasta altas horas de la madrugada: no se escatima en gastos ni en esfuerzos para crear un entorno en el que todo el mundo acaba muy borracho pero nunca llega a hacer el ridículo más espantoso. Un día para recordar con horror el resto de nuestras vidas, pero totalmente imposible de olvidar, una herida en tu vida, un tatuaje mental que te infligen sin contemplaciones los miembros de la familia. Miles de parejas conviven sin haberse casado con tal de no tener que enfrentarse a todo esto. La presión de saber que no hay opción salvo dejar que todo funcione a la perfección de modo que, a pesar de ese perfecto funcionamiento, se elimine completamente la posibilidad de pasarlo bien. La mayor tristeza viene la noche anterior, la mayor alegría llega con la noche de bodas. A partir de ahí todo son refugios seguros.

Como hasta cierto punto la inocencia no es más que defensa, no puede permanecer neutral ante las continuas amenazas externas de que es objeto (ladrones, violadores, piratas informáticos, falsificadores, incestuosos, psicópatas, bacterias, misiles, nubes tóxicas, extraterrestres, etc.). Tampoco puede invocar la curiosidad infantil sobre lo que acontece en el mundo exterior. La capa protectora de la inocencia refleja cualquier amenaza surgida de su entorno y le da un aura de organización. Se cree que todos (la mafia, los jóvenes criminales, los conspiradores, las sectas, los cárteles de drogas, los bandidos, los piratas) acechan la inocencia de la mediocridad. Son fantasmas omnipresentes. Antes de que te des cuenta puedes estar involucrado en un fraude, ser víctima o ser culpable de uno. La inocencia, que desea desesperadamente mirar a otro lado, hacer como que no se entera, parece a punto de sucumbir. La ignorancia puede ser un error fatal; una estrategia más práctica podría ser la de localizar y canalizar los ataques. Si se reparte a todos los individuos una garantía electrónica de inocencia, tarde o temprano cualquier malhechor podría encontrarse en una cárcel especializada. De hecho, la inocencia no debería precisar legitimación, todo este registro y vigilancia no hace sino desgastar su aura. Potencialmente todos somos inmigrantes ilegales; aunque se demuestre lo contrario seguimos constituyendo un factor de riesgo. En la actual fase, refugiarse en el anonimato de lo cotidiano se convierte en algo más peligroso y menos recomendable. La neutralidad, que aparenta ser un aislamiento voluntario, acaba por convertirse en una exclusión grotesca. Los que no están perfectamente comunicados difícilmente pueden apelar a la compasión de la inocencia organizada.

La inocencia organizada está obsesionada con el mal, lo observa, lo analiza y lo clasifica con el fin de superarlo por completo. La inocencia existe porque aparenta ser lo contrario. Una persona no puede confesar su inocencia, cada confesión conlleva culpabilidad, cualquier gesto es una pose falsa propia del bien mismo. Desde el principio se informa a todo el mundo, todos lo sabemos todo acerca de los demás y existe un acuerdo tácito de que sobre algunas cosas más vale no hablar. Los inocentes son discretos y no se adentran en terrenos prohibidos (el poder, el deseo, la muerte). Estas fronteras no se violan. Las vacaciones pueden ofrecer algún tipo de compensación, pero cada cosa se hace a su debido tiempo. Los familiares cercanos son los que nos irritan más. Son vecinos parsimoniosos, niños ruidosos, extrañas parejas. Los primeros roces se convierten en símbolos a los que siempre podemos echar mano. Estudiamos a los otros con desconfianza, con una forma de vigilancia que es imposible sancionar ya que la interacción mediante la cual se definen las normas ha dejado de existir. La normalidad ya no puede definir lo que es aberrante. Sólo las alteraciones relacionadas con el consumo de drogas, los distritos caldo de cultivo de la prostitución, los centros de viajeros y de refugiados pueden provocar que, ante el temor al declive del valor de la propiedad privada, los ciudadanos se unan temporalmente en muchedumbres airadas. Esta resistencia del vecindario no tiene un móvil ideológico, nunca se vislumbra una base común desde la que formular ideas que se puedan transmitir. Tus vecinos hacen aeromodelismo, mientras que tú prefieres a Pierre Boulez: no hay sitio para el intercambio de ideas. Lo que nos separa no son sólo las vallas de nuestros jardines. Por ello, también carecen de sentido las acusaciones de racismo o discriminación. No existe un orden moral que pueda degenerar en fanatismo.

Los estereotipos se confunden. Nadie sabe el aspecto que puede tener un judío ni cómo distinguir a un turco de un marroquí (‘Todos los turcos responden al nombre de Ali’). Las otras características no se recuerdan porque nosotros mismos no somos conscientes de nuestra propia identidad. A eso nos ha llevado tanta corrección política en la publicidad, en las campañas de información del público y hasta en las recetas de cocina. Una sociedad multicultural es el choque entre los ciudadanos sin personalidad y los herederos de la identidad. En la relación del inocente con el Otro venido de fuera siempre se produce un malentendido básico. El concepto de diferencia cultural se acepta con gran entusiasmo. Se supone que estas culturas funcionan con el mismo tipo de aislamiento con el que funciona la nuestra. ¿Quién querría visitar una vida anodina como la nuestra, que culmina en una igualmente confortable soledad? La tolerancia no es más que envidia de la sencillez del otro. Las celebraciones de los viernes no se consideran atrasadas en el sentido puro de la palabra (como en su día lo fueron las reformistas) sino como prueba de devoción y fidelidad a sus creencias, características con las que nosotros ya no contamos. Los suburbios son politeístas: se cree en todo. Hay más que lo que se enseñó en el colegio pero, ¿qué?. Buscando encontramos, pero nos sigue angustiando la perspectiva de lo que se nos pueden presentar: gurús, piedras curativas, apariciones celestiales, vudú y encuentros se nos escapan sin que tengamos la oportunidad de compartir las experiencias. Por un momento tenemos la impresión de que están pasando bastantes cosas, de que el mundo que nos rodea está lleno de relaciones profundas, de promesas y de un porvenir optimista. Pronto nos encontramos solos con todos los atributos que hemos adquirido para la experiencia transcultural, esa cazadora que compramos juntos, ¿te acuerdas?, la agenda vacía y los álbumes de fotos de vacaciones. ¿Hay algún principio macrosocial que nos sirva de orientación y haga desaparecer todo este patético sufrimiento humano, que alivie nuestra confusión? ¿Dónde están los constructores de esta nueva situación? ¿Entre nosotros y rodeándonos? El refugiado, como portador de la cultura, puede resultar profético. En última instancia, son los refugiados quienes nos devuelven nuestra espiritualidad exiliada, esa espiritualidad que tanto perseguimos en occidente.

Podemos perder la inocencia si cometemos un crimen, si participamos en una sesioncilla de sadomasoquismo, si nos unimos a un club de moteros, si nos decantamos por el arte o intentamos pasar desapercibidos, pero el submundo de las diversiones no nos consuela. Por último otra opción, muy de moda últimamente, es decantarse por la guerra o el genocidio. Sin embargo, no podemos escapar al conglomerado y sus dictados. La bici de montaña, la camiseta, la ropa de Olilly, los juegos de ordenador, las pintadas, las pegatinas de los coches, los spoilers, la gorra, la ropa informal, la gomina, todos éstos son ‘objets nomades‘ de la Europa de Jacques Attali, una Europa que se dirige a una uniformidad estilizada. No existe un elemento opuesto a la inocencia que pueda negarla o compensarnos por ella. Lo único que la inocencia no soporta son los aguafiestas. Este proceso de descomposición dentro de la normalidad no nos ofrece una alternativa y no se rebela, ni siquiera expresa nada. A través suyo la inocencia sólo se agota. No se puede estar chispeante y alegre todo el día, siempre fulminando la suciedad a nuestro paso mediante el pensamiento productivo. La inocencia no corre peligro de desaparecer ni con la revolución ni con la reacción. Sólo puede debilitarse, sucumbir a la pobreza y lentamente desaparecer de nuestra vista, como si hubiese surgido para desgastarse. Las relaciones sentimentales estables se resuelven encargando un vertedero al que arrojar la inocencia acumulada, con el fin de comenzar de nuevo más limpios y animados tras el proceso de redecoración interna. La generación anterior, con la politización de lo privado, consiguió deshacerse de parte de nuestra inocencia, pero ésta se ha reagrupado con nuevo ímpetu y ahora ha lanzado a rockeros grunge, a miembros de la generación X, a adeptos del trance y a otros grupos de jóvenes a la búsqueda inútil de una base firme contra la que reaccionar con un formato que no sea la moda o los medios, últimos modelos organizativos de la inocencia. El gobierno mismo muestra ahora con la mayor expresividad su oposición contra el sexismo, el fascismo, el problema de los sin hogar y en general cualquier cosa contra la que se opondría cualquier rebelde bienintencionado. La única cosa que les queda a las nuevas generaciones de inocentes para desahogar su ira son todas las manifestaciones de la propia inocencia. Es material suficiente para servir de sustrato común a un grupo social enorme, que empieza a trabajar con distintos temas con el fin de descubrir un terreno común a todas las divisiones. Boicotear a las compañías de seguros, arrasar tiendas de ropa de niños arrogantes, quemar las innecesarias tiendas de regalos. ¡Tenemos todo un paraíso consumista por destruir! Pero no nos emocionemos demasiado. Se nos disolverá la inocencia, veremos cómo se acalla. ¿Qué tal si ni lo mencionamos?


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