Revista Opinión

No a las penas sustitutorias y revisables, sí al endurecimiento de las que provocan males irreparables.

Publicado el 08 febrero 2018 por Solitarios Invisibles @belzinvisible

Menos justicia de pacotilla, menos justicieros en el horno con la balanza equilibrada en la cocina y más atrevidos próceres, leáse políticos, para que nadie se salve de conocer y entender, el significado de una Ley a la que se reclama ser menos permisiva.

No a las penas sustitutorias y revisables, sí al endurecimiento de las que provocan males irreparables.
Una forma de combatir el hartazgo de la inagotable corrupción, las salvajadas de la violencia machista por terminar con la vida de esposas, hijos, madres, familiares, amigos, amantes y desconocidas, empleados, empresarios que asumen riesgos por recaudar y proteger fondos, y todo el imaginario posible que contiene el abedecedario del mal, sería fortaleciendo las leyes con castigos más severos, y con la "santa" inquisición de la verdad por delante, a cumplir un compromiso con las exigencias de una sociedad justa, que respaldaría someter al encausado con tantas comprobaciones periciales que fuesen necesarias, empleando tecnologías que existen, que harían entumecer el cerebro del más resabiado detective, aunque fuese de ficción o cualquier otro mentalista.

No a las penas sustitutorias y revisables, sí al endurecimiento de las que provocan males irreparables.
Una solución para que los avispados ladrones y corruptos, asesinos y violadores, proxenetas, narcos y prevaricadores doctos en aligerar sentencias, que con su colaboración todos éstos "cabrones" dulcemente llamados, pueden dejar de estar reposando con sus huesos en las cárceles, sería la guillotina o en su defecto la sentencia perpetua. Y... Oh, oh, oh, que ningún intruso al comentario se rasgue la vestiduras, que me dejo en el tintero algo, y es con respecto a los que se arrepienten de sus hechos, reduciendo todo a la opinión de qué no hay que creerles, por presumir que cuando han salido dilinquen fomentando en su haber más daño todavía, a los que con tiento y conservando la urbanidad andamos por la vida con la rectitud de la honradez, manifestando nuestra razonable contrariedad y duda resuelta de antemano, de que muy bien se lo podían haber pensado y evitar, antes el planear sus tropelías, a fin de no someterse a la prueba de pagar con creces el escarnio causado.

Ya está bien de tanta misericordia que humilla a las víctimas y a sus familias. Ya está bien de tanta bondad que da empleo a abogados oportunistas y otros licenciados hipócritas y de frases hechas, perlas cultivadas y léxico que nunca se imprimiría en una toalla. A tantos psicólogos y tantas hermandades que socorren a los que producen maldades perversas, y serían incapaces de asistir a un leproso.

No a las penas sustitutorias y revisables, sí al endurecimiento de las que provocan males irreparables.
Ya está bien de tanta palabrería, de tantas decisiones injustas, que lo único que hacen es acortar la existencia de aquellos que sufren por no tener presentes a sus seres queridos, en el día a día, en esas fechas inolvidables que jamás les harán descansar mientras el recuerdo perdure y la impotencia les haga trizas, cuando asimilen que alguien les robo una parte de su vida, imborrabe recuerdo de sus apagadas sonrisas.

No a las penas sustitutorias y revisables, sí al endurecimiento de las que provocan males irreparables.
Ni perdón ni compasión para aquellos desnaturalizados que son un obstáculo para una sociedad que está muy harta de sus actos. Y somos tantos, no los que prejuzgamos, más bien lo que nos sometemos al imperio de una Ley que está envejecida, marchita y gratifica con demasiadas prerrogativas y bondades, a quienes causan tormentas diarias en muchos hogares.

Ni hostias benditas ni albóndigas camperas, ni paellas los jueves en prisiones si no contienen vinagre, que se han convertido en pensiones con mullido colchón para unos, hostales con tres comidas al día para otros, y hoteles para los más influyentes con WiFi y piscina.

Hasta cuando tienen que esperar los que piensan morar en las antesalas de la Justicia para saciar su necesaria venganza, llamarla de otra forma sería abdicar de un principio de salubridad social, haciendo que las penas dejen de ser revisables, cuando se cede y mucho ante la ofensa que no puede ser permitida, por evitar y rechazar el garrote letal en esos, pero sí encierro perpetuo y cadena para cumplir de por vda, cuando lo robado tenga sentencia con aumento quintuplicado de dejar a él y a sus testaferros y hombres de paja sin una moneda y en la más triste ruina, haciendo que más de uno se lo pensase en cometer tal problema de ultraje para la sociedad pública o no que administraba, y de autismo incontrolado cuando sería deber de saber desde la escuela, al igual que en la conducción, que pueden quitarte puntos y que tales imprudencias no tienen hueco en un código del respeto civil y cumplimiento obligado en el catón que refleja el honor.

No a las penas sustitutorias y revisables, sí al endurecimiento de las que provocan males irreparables.
A quién roba sin restaurar y con multa para impedir volver a delinquir, ni cien años de perdón, a quien mata a hierro muere, a quien viola y trafica con seres humanos, que poco a poco se le desangre en el paraíso de sus pecados, porqué la degradación es algo a lo que estos malhechores están acostumbrados.

Y dejemos que la historia nos juzgue cuando estemos calmados por el formol y con ausencia de cabellos que fueron "tomados" o caídos durante años, sin necesidad de tomar el sol, satisfechos en la sepultura de nuestras convicciones y logradas reivindicaciones, mientras nuestra desfigurado cráneo y facial presente un rictus satisfecho, al estar convencidos de que la justicia de los hombres y las mujeres, se satisface más con la ley del equilibrio ecuánime y definitivo, que dentro de un pliego de leyes contradictorias, que a la constancia de seguirlas nos apresuramos, son incapaces de quemarse entre las llamas de nuestros infiernos y la etapa de un tiempo que quedó yermo en nuestros corazones, ya con signos de medio latir en el desierto de cariños perdidos y vejados.

No a las penas sustitutorias y revisables, sí al endurecimiento de las que provocan males irreparables.
No habrá misericordia para los malvados y ni tan siquiera para los imbéciles que no sepan traducir y degustar de este manifiesto, quizás insulso, prepotente, un exquisito bocado, ya que hay determinados platos en la cocina que deben servirse a tiempo, unos fríos y otros calientes, a sabiendas de que el menú debe complacer a todo el mundo, que sabe muy bien como utilizar los cubiertos y escanciar la bebida, para saciar y aprobar lo que bien cocinado y cosechado está, en la cena de unos justicieros indecisos que están mirando a otro lado. Probablemente esperando los postres y así despedirse pronto, sin entrar en ningún diálogo. ¿ Es una impresion banal ?.


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