Revista Psicología

No me gustan los límites: La historia del palo y la zanahoria

Por Psicoceibe @alejandrobusto

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ía, en una cantinela aburrida sobre los “limites” que debemos poner a los niños.
Ahora bien, teniendo esto en cuenta, mi visión es que desde el punto de vista de la educación emocional es fundamental clarificar con argumentos cual es el marco de juego de un sistema. Un marco de juego que lo es, en esencia para todos los integrantes del mismo, sean niños o adultos.
Como líneas generales más que obvias, este marco de juego debería girar en torno a la no violencia, la gestión de emociones como la ira, la rabia o la tristeza, el cuidado individual y del otro, la integridad física y emocional. Si a esto le queremos llamar limites, por mi está bien. Pero negociemos de lo que estamos hablando.
No le debes gritar  a tu hermano, porque en este sistema ninguno de sus integrantes grita, porque ese es el acuerdo, el marco en el que nos movemos y porque en él nos sentimos emocionalmente equilibrados y respetados. Y cuando alguien lo hace, porque no ha sabido o podido hacerlo mejor, claramente está faltando al grupo y al acuerdo puesto en común. Cada uno desde su lugar, desde su pequeño o gran mundo, necesita realizar un aprendizaje en este sentido y asumir las consecuencias emocionales que sus actos o dichos tienen sobre el resto.
Así que establecer este marco de juego como padres, resulta de vital importancia, del punto de vista del desarrollo de los niños y adultos enmarcados dentro de un determinado sistema familiar.
Tengo muchas dudas respecto a que cuando se habla de limites desde ciertos sectores pretendidamente inocuos, blancos y puros, se esté haciendo desde ese lugar que toma en cuenta al niño, que empatiza con él, que negocia y termina por asumir su propia responsabilidad en el desarrollo del marco relacional del que estábamos hablando.
No puedo defender sin embargo, que establecer estos marcos sea tarea sencilla. No me gustaría que se entendiera desde la simplicidad que expresa la frase “mejor es sencillo”. Creo que es francamente difícil sin un proceso de reeducación, que nos permita cuestionar sin dolor que fuimos sometidos por gente que nos quiso o quiere bien, a límites innecesarios, sociales, culturales, heredados y poco razonados. Es difícil y agotador sin la consistencia necesaria, él no vivir pendiente de los opinólogos expertos o no, profesionales o no, farsantes o no, siempre dispuestos a recordarnos que coqueteamos con el fracaso familiar, porque “tus hijos hacen lo que quieren y cuando quieren y eso no puede ser”.
Una frase por cierto que a fuerza de ser oída ha terminado por gustarme. En el fondo y en el frente esta frase… es un canto a la libertad. Así que, “ojala!, ojalá!”…pienso una y otra vez.
En este sentido creo firmemente en la autorregulación de los niños, ya que cuando están neurológica y psicológicamente preparados y encuentran el entorno donde desarrollarse en libertad, todo fluye y de verdad no hacen falta grandes recetas ¿De eso se trata no? De libertad, por lo menos para mí y no deja de resultar cuanto menos curioso, que algunas de las acepciones de la palabra “limite” tengan que ver con la ausencia de libertad.
Y entonces el lector o lectora, me lee y resuena en su cabeza “educar sin límites, pero por favor con algún método”. Así inundados por estrategias motivadoras y recetas educacionales perpetuadoras de conductas adaptadas, es posible que ahora se pregunte ávido como encajar en este discurso los sistemas de castigos y recompensas. El palo y la zanahoria, el poli malo y el poli bueno ¿Son los premios y las recompensas eficaces para educar y criar niños? ¿Y los castigos?
Dejemos que empiece a contestar a estas preguntas, mi hijo mayor Nicolás, de casi 7 años ahora.
El año que se escolarizó, con 5 y medio, a raíz de su gusto y curiosidad por los números fue “diferenciado” por su maestra proponiéndole tareas de mayor dificultad que al resto. Esto era premiado cada día con una medalla de cartón. La primera fue recibida por él con mucho orgullo, no paraba de enseñarla. La colgó en su habitación.
Pasada una semana de cartoncitos diarios, un día no trajo medallas.
Le preguntamos, sometidos nosotros también al falso reflejo del premio, como aquel de los espejitos de colores: ¿Nico que pasó? ¿No hubo hoy medallas? Nos miró y nos dijo: “Es que hoy no quise”.
Hoy no quise. ¿Qué significa esto? ¿Qué había sucedido entonces?, ¿Acaso esas medallas no reforzarían para siempre jamás la conducta académica y aplicada del niño que puede hacer sumas y ser diferente? ¿Era tan difícil entender que hacer sumas le fascina, le moviliza, le conecta?
En un niño sometido al mandato adulto, sin poder de decisión, sin autonomía, penalizado en su sentir, quizá hubiera funcionado. Quizá hubiera acumulado medallas…. de por vida, quizá. No por la satisfacción del resultado obtenido a través de su esfuerzo, sino por la medalla en sí misma.
En un niño habituado a expresar lo que siente, a demandar sus necesidades, a elegir sus actividades o a rechazarlas, a regularse en funciones básicas como el sueño y la alimentación,  que le premien o no una actividad concreta no funciona para perpetuarla… si ese día él no quiere.
Simplemente porque ha aprendido a respetar su criterio. Y la conexión con su mundo emocional cierto es mucho más poderosa como reforzador que la efímera alegría de una o mil medallas de cartón.
No pocas veces me preguntan por métodos de castigo. Me toca opinar sobre dos tipos de castigos: El cachete y la silla de pensar.
Como primera premisa, quiero decir alto y claro que yo no creo en los castigos. Ni como profesional, ni como padre.
Los cachetes, bofetadas o nalgadas  (en algunos lugares de Latinoamérica se habla de nalgadas. En mi país de origen Uruguay, el nombre es más creativo: Zapatería en el culo), son maltrato. No son sistemas o formas de educación. Maltrato físico y psicológico en tanto en cuenta apela a la indefensión a través del miedo que provoca ser agredido. Por lo tanto no opino, o más bien si opino que el maltrato no está en el ámbito de lo educativo sino de lo penal.
Acerca de la silla de pensar, escribí en el libro “Una nueva paternidad” un capítulo entero al respecto[1] Es una técnica que pretende ofrecer a padres y madres una solución sobre el manejo de las rabietas infantiles y un aprendizaje emocional a los niños, a la vez que ignoramos lo que ellos y nosotros sentimos.  Es como cocinar sin comida, es intentar beber agua en un vaso vacío. Es ridículo. Padres y madres incapaces de gestionar su propia rabia, abandonan a su suerte a sus hijos, en un rincón “para pensar”, pidiéndoles que hagan lo que ellos en más de 30 años han sido incapaces de  hacer.
Digo en el libro comentando otras formas alternativas de gestión…“Y así intentándolo una y otra vez el tiempo fuera se convierte en tiempo dentro, no hay sillas o rincones para pensar, porque cada rincón es un lugar donde sentir juntos.”
Retomando el tema de los premios y recompensas, una primera reflexión es tomar conciencia que habitualmente son ofrecidas desde fuera de nosotros, por otros o por las circunstancias, o por el propio sistema en forma de salario por ejemplo. Como dije más arriba que si bien no creí nunca en el palo, dejar de creer en la zanahoria me llevo muchos más años.
.Cuando estudiaba primero en la carrera y leía y aprobaba exámenes sobre condicionamientos, todavía le veía un sentido a las recompensas mientras aprendía desde dentro del propio paradigma conductista sobre  aquellos estudios que hablaban de la ineficacia del castigo.
La llegada a mi vida de la paternidad termino de encajar el puzzle acerca de los premios, de las recompensas.
Como dice Alfie Kohn se trata de una gran verdad: “los programas basados en recompensas claro que motivan a niños, adolescentes y adultos!!… los motivan a obtener recompensas”. Y no hay más.
Si alguien quiere que su hijo en un futuro no muy lejano, no persiga sus metas y sueños, no se desarrolle más allá de la opinión del profesor o jefe de turno, su propio padre o madre, deje de investigar, curiosear, arriesgar y en definitiva vivir. Si alguien quiere que su hijo persiga enfermizamente y de por vida el juicio indulgente de una sociedad enferma. Entonces que le eduque con castigos y recompensas. Estará en el buen camino.
Y de paso que le ponga límites. De todo tipo. Acerca de lo que debe o no comer, acerca del tiempo que debe o no jugar, acerca de lo que debe o no dormir, acerca de las actividades o no que debe hacer, a quien debe decir gracias y a quien no, a quien debe besar y a quien no, acerca de lo que “está bien” sentir y lo que jamás podrá sentir. Acerca de su propio sentido de la libertad. Que lo haga… y que respete una premisa fundamental:
Que se asegure que queda bien clarito de que esos “limites”, son solo mientras siga siendo niño o niña. Son para él o ella… nunca para los adultos. Los mayores hacemos lo que queremos, que para eso somos adultos… ¿Por qué hacemos lo que queremos no?
[1] Artículo “Yo quiero escurrir lechugas” del libro “Una nueva paternidad”  Varios autores Ed. Pedagogía Blanca 2014 

 


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