No te ahogas porque te caes al agua, sino porque no sabes nadar

Por Falcaide @falcaide

Hace no mucho tiempo ya escribimos un post con el título: Quien te enfada, te domina, donde abordábamos esta cuestión detalladamente y ahora volvemos sobre ello.
Y volvemos porque hoy he recordado precisamente una historia que leí hace bastantes años en el libro Vencer los miedos (Sal Terrae), de Lucien Auger (y que te recomiendo leer), y que es muy gráfica para distinguir las causas del enfado. La comparto contigo. Dice así:
«Suponga que tienes que tomar el metro en hora punta. Arrastrado por la muchedumbre, consigues al final introducirte en un vagón en el que, naturalmente, todos los asientos están ya ocupados; de modo que te agarras a la barra y te dispones a soportar pacientemente el viaje. Cuando el tren arranca, tienes que aferrarte enérgicamente a la barra para no darte de narices con el sombrero de la señora que está sentada delante de ti. En ese preciso momento, sientes un violento empujón en tu espalda que si no estuvieras habituado desde hace años a restablecer el equilibrio, te habría hecho caer y aplastar el mencionado sombrero de la citada cama.
¿En qué estado anímico crees que te habrías sentido inmediatamente después de haber sufrido tal empujón? La mayoría de las personas se habrían sentido furiosas, agresivas y hostiles hacia el causante de dicho empujón. Y si yo preguntase: ¿Cuál ha sido la causa de su cólera, furor y hostilidad? Tal vez respondas que la causa del furor ha sido el empujón recibido.
Prosigamos la historia. Rojo de indignación, te vuelves airadamente para decirle cuatro cosas a ese imbécil, a ese patán, a ese estúpido... Pero, para sorpresa, constatas que la persona que te ha empujado lleva unas gafas con los cristales opacos y se apoya en un bastón blanco. ¿Qué ocurre entonces con tu cólera y con tu indignación? Desparece y se transforma en compasión, en lástima por ese pobre hombre, obligado a vivir en un mundo oscuro y cuyo movimiento se debió, evidentemente, a una torpeza perfectamente comprensible. 
Entonces, ¿a qué de se debe el que esa cólera, que hace unos instantes afirmabas que había sido causada por el empujón desaparezca por completo? ¿Cómo puede permanecer el efecto habiendo desaparecido la causa? ¿No es verdad que, cuando aprietas el interruptor y la bombilla no se apaga, deduces que está conectada a un circuito distinto del interruptor?
Hay que concluir que no es el empujón de la cólera, sino que tiene que ser otra cosa que haya ocurrido con dicho empujón. En efecto, pero sino es el empujón, ¿cuál es la causa de mi cólera? Para responder a esta pregunta, examina todo lo sucedido en tu mente nada más recibir el empujón: ¿Qué pensamiento te ha asaltado? ¿Qué has dicho para tus adentros? ¿Acaso no has dicho algo así como: ‘¡Será bestia!’ Seguro que la reacción ha sido esta u otra muy parecida (cada uno tiene su repertorio), pero cuando has constatado que se trataba de un ciego, ¿qué es lo que has dicho? Algo así: ‘Bueno, pobre hombre, no lo ha hecho adrede... bastante desgracia tiene...’
¿Te das cuenta de cómo ha cambiado tu interpretación de un momento a otro? ¿Te das cuenta, además, de que también han cambiado tus emociones, en consonancia con ese cambio de interpretación? ¿No sería razonable concluir que no ha sido el empujón que no te ha encolerizado, sino más bien esas frases que, con la rapidez, del pensamiento, has introducido en tu mente a raíz del empujón?
El empujón desencadena la emoción, pero no es la causa. Si un hombre está en la orilla de un lago y de repente cae al agua y se ahoga. ¿Cuál es la causa de que se ahogue? Te equivocas si piensas que es la caída al agua o el agua misma. Si fuera así habría que concluir que toda persona que cae al agua se ahoga necesariamente. La verdadera causa de que el hombre se ahogue es que no sabe nadar, y el empujón no es más que un desencadenante».
En definitiva, y como ya apuntamos en  Quien te enfada, te domina, «no son las cosas o las personas la causa de nuestros enfados, sino más bien las interpretaciones que formulamos a nosotros mismos de esas cosas o personas, las frases que interiormente nos decimos a nosotros mismos con ocasión de los diversos acontecimientos de nuestra vida». El doctor Wayne W. Dyer lo expresa bien: «Control significa ser amo de tu propio destino, ser la única persona que decide cómo va a vivir, reaccionar y sentir en todas las situaciones que la vida se le presenta». Y luego, si quieres, buscas culpables. Te aseguro que los encontrarás.