O cómo las palabras de San Juan de la Cruz nos condujeron de la mano y acaso nos permitieron entender el sentido profundo de la noche y tal vez el eclipse
La noche tan deseada y largamente preparada, pero finalmente azarosa, que es capaz de juntar a amado con amada, no ha de ser muy distinta de la que propicia, en mitad del agosto más caldeado e incendiado de nuestras vidas y al borde mismo del eclipse famoso, un encuentro sutil entre ideas y sospechas, sensaciones y sentimientos muy arraigados, pero a menudo también como desvanecidos por la letra gruesa de lo cotidiano y las atroces novedades que cada día nos arroja a la cara la incansable vigilia de la estupidez aliada con la maldad.
En el centro de la representación, que supone un recorrido casi integral por la obra en verso del poeta, está el recitado completo de la pieza mayor de San Juan: el Cántico espiritual, cuyas 40 liras aún siguen concitando asombro y misterio, y generando impulsos emocionales y tramas cognoscitivas, siempre al borde de la mudez, pero también incitando a ir un paso más allá de la interpretación, atravesando lecturas y divagaciones en todos los terrenos de la experiencia.
En ese contexto, la exaltación corporal es la línea de fuerza seguida por los autores de esta lectura para subrayar con gran valentía y acierto el cariz del poema como un canto del deseo sin restricciones, una apertura completa del ser hacia el sentido (o su falta), en y con todos los sentidos: una aventura sin restricciones en la que queda comprometida la totalidad de lo que somos, incluida la posible gravitación dentro de un remolino que acaso desemboque en la nada. Y es muy confortador y estéticamente impecable que, al igual que el gran poema concluye “a vista de las aguas”, en esta ceremonia el cuerpo desnudado del actor también encuentre su máxima expresión en un baño lustral del que, tras tan intensa y hermosa travesía, todos salimos como recién lavados.
No es menor ni mucho menos la marea de impresiones que esa forma de representación no proporciona. De hecho, concreta y evidencia algunas figuraciones que se han concitado en las interpretaciones de una obra que ocupa un lugar señero en los terrenos no solo de la experiencia mística o la belleza literaria, sino también en otras muchos campos de la cultura humanística. E incluso de la ciencia, por cuanto en los últimos años se va abriendo paso, y al parecer con cierto fundamento, una lectura en clave físico-cuántica que, si bien no ofrecería grandes novedades respecto al sentido último e inefable del poema, sí podría tenerle a este como potencial suministrador de imágenes y metáforas precisas para nombrar algunos fenómenos puestos de manifiesto por las investigaciones en física de partículas y ciertos hallazgos no fácilmente explicables en relación con la naturaleza íntima de la materia.
Pude saber después, hablando con Luque, que al fondo de ese saber hacer está el aprendizaje de la técnica vocal extendida del Roy Hart Theatre y su uso y adaptación por el maestro Alfonso Romera Fornovi, al que el actor recuerda con agradecimiento (me he enterado ahora de que falleció en mayo pasado), igual que al gran autor Miguel Romero Esteo (1930-2018), uno de los renovadores del teatro español en la segunda mitad del siglo pasado.
Tras la larga ovación de un público por completo entregado y agradecido, el acto concluyó con charlas distintas y el disfrute de una “cuerva” —una especie de zurra o sangría ligera propia de la zona— que sirvió para soltar definitivamente las lenguas y celebrar, hasta bien entrada la medianoche previa al día del eclipse, la belleza compartida y la fiesta grata y siempre tan necesaria de la amistad