Entre prismáticos y estigmas: la realidad de las expediciones ornitológicas
A veces, cuando leo ciertas noticias o reviso algunos debates en foros especializados, me doy cuenta de lo fácil que resulta opinar desde el desconocimiento. Últimamente se está señalando a los barcos expedicionarios que recorren el Atlántico Sur y la Antártida, insinuando que los ornitólogos y fotógrafos que viajan a bordo son poco menos que vectores de enfermedades. Se habla de “propagación”, se lanzan sospechas y se construye un relato simplista sobre un colectivo que, paradójicamente, es uno de los que más respeta las normas de bioseguridad.
Sinceramente, me incomoda. Y me incomoda porque se está estigmatizando a personas cuya única “culpa” ha sido ahorrar durante años para cumplir su sueño como observadores de aves.Lo primero que habría que desmontar es el mito del “crucero de lujo”. He visto imágenes y leído crónicas de barcos como el Hondius, y aquello dista mucho de ser un hotel flotante para ricos aburridos. Es un buque polar con casco reforzado para navegación en hielo, diseñado para soportar algunas de las condiciones más extremas del planeta. Quien embarca allí no busca desayunos servidos con guantes blancos. Busca estar a las cinco de la mañana en una cubierta barrida por el viento, con los prismáticos colgando del cuello, el teleobjetivo al hombro y el frío atravesando los huesos, únicamente para observar el planeo de un Albatros Errante (Diomedea exulans) o capturar la mirada de un Cormorán Imperial (Leucocarbo atriceps).
Para muchos de nosotros, este tipo de expediciones son algo que probablemente solo viviríamos si nos tocara la lotería. Pero eso no debería traducirse en una envidia tóxica hacia quienes sí pueden realizarlas. Al contrario: gran parte del conocimiento que tenemos sobre aves marinas australes existe gracias a ese trabajo de campo.
Lo que algunos llaman “lujo” es, en realidad, el enorme coste logístico de alcanzar algunos de los ecosistemas más remotos del planeta para observar especies únicas como el Pingüino de Magallanes (Spheniscus magellanicus), el Petrel Gigante Antártico (Macronectes giganteus) o la Agachadiza Fueguina (Gallinago stricklandii) en la Patagonia. Son expedicionarios especializados, no turistas de pulsera.
Y luego está el tema de las enfermedades. Resulta irónico que se acuse de imprudencia precisamente a quienes más protocolos de desinfección siguen. Un ornitólogo serio limpia botas, trípodes y material con biocidas antes de pisar cualquier costa virgen o colonia sensible. La bioseguridad, en estos entornos, no es opcional: es parte fundamental del trabajo.
Lo que muchas veces se ignora es que la naturaleza tiene sus propios ciclos epidemiológicos. La relación entre aves y patógenos es tan antigua como los propios ecosistemas. Allí donde existe una gran concentración de fauna, también aumentan los procesos biológicos, las interacciones ecológicas y, naturalmente, la circulación de patógenos.
Quienes llevamos años pateando campo sabemos perfectamente que las enfermedades aviares no aparecen “porque haya observadores”. Forman parte de dinámicas ecológicas complejas que existen desde mucho antes del turismo científico o de la fotografía de naturaleza.
Y tampoco hace falta irse a la Antártida para comprobarlo. Lo hemos visto aquí mismo, en el entorno del Besòs. En distintos episodios se han detectado brotes de botulismo aviar, provocado por la bacteria Clostridium botulinum, cuya toxina puede proliferar en aguas eutrofizadas y en materia orgánica en descomposición. También hemos convivido en Europa con la expansión de la gripe aviar altamente patógena H5N1 —Influenza A virus subtype H5N1—, responsable de la muerte de miles de aves silvestres en los últimos años.
Y, sin embargo, nadie sensato culpa al observador de aves por documentar esos episodios. Al contrario: son precisamente ornitólogos, fotógrafos y naturalistas quienes muchas veces detectan primero anomalías, mortalidades masivas o cambios en las colonias.
A ojos de alguien ajeno al mundo natural, esos lugares pueden parecer simplemente “sucios”. Para un observador experimentado son auténticos laboratorios vivos de biodiversidad.
Si aquí nadie culpa al observador por estudiar aves en un entorno con elevada carga bacteriana, ¿por qué sí se señala al que viaja a las Malvinas o a Georgia del Sur?
El ornitólogo no es el problema sanitario; muchas veces es precisamente quien ayuda a detectarlo. Si no fuera por fotógrafos, investigadores y observadores que monitorizan continuamente colonias y rutas migratorias, las autoridades sanitarias trabajarían prácticamente a ciegas. Son ellos quienes primero detectan mortalidades anómalas, alteraciones en colonias reproductoras o posibles desplazamientos de cepas de gripe aviar.
Estigmatizarlos es como culpar al termómetro de que exista fiebre.
Desde este blog quiero romper una lanza a favor del rigor y el sentido común. No permitamos que el sensacionalismo empañe una labor tan necesaria. Seamos observadores, seamos rigurosos y, sobre todo, mantengamos el respeto por quienes dedican su vida a comprender el mundo natural.
Porque la ornitología no es una frivolidad: es pasión por el conocimiento. Y eso jamás debería convertirse en motivo de estigma, ya sea en la inmensidad de la Patagonia o en las orillas del Besòs.
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📍 Lugar: Sant Adrià de Besòs 📅 Fecha : 30 de abril-2026📷📝 PacoTorres