Reconozco que ese viaje intenso que mantenemos en este diario desde hace ya cuatro años, se ve reforzado cuando vuelves a los lugares de los que hablaste, sin otro planteamiento que recordar lo que te contaron los custodios, que son entes cercanos que saben divulgar en sencillas palabras tanto valor atesorado.“Y miro al agua, su inmensidad, su olor a heno, su sabor a enebro y sal”, palabras del poeta que explican todo lo que se mueve en el entorno, todo lo que conlleva la vida en el lugar: el olor, el sabor, la inmensidad. El literato de los carteles que anunciaron las edades del hombre en Aguilar, sabe bien la importancia que aquello tuvo y la pregunta que hoy cuelga de los muros: “Piedras que se miran en las aguas, como si el tiempo se hubiera olvidado de esta tierra”.
No sé si fueron alfareros, como su nombre sugiere, pero fueron privilegiados, fueron repobladores de los que ahora escaseamos, fueron supervivientes bajo el Cildá de visigodos y romanos, haciendo camino hacia el Cañón de la Horadada, rincones de nuestra provincia donde la historia siempre nos lleva al principio.