La beca que me concedieron para realizar el taller "pratiche urbane in spazi altri", me llevó de nuevo a Italia por cuarto verano consecutivo. Así que me embarqué sin conocer nada del destino, tan solo su situación geográfica, y la sorpresa no pudo ser más mayúscula. La modesta ciudad, al menos en tamaño, disfruta de un casco antiguo amurallado por magníficos lienzos y baluartes renacentistas de ladrillo, enmarcando un conjunto histórico que atesora innumerables monumentos dignos de conocerse.
Ferrara: Interior de la Catedral.
Se trata de un magnífico templo románico y ciertos elementos góticos, que en su interior viste estética barroca. Un estilo románico que dista mucho del español, luciendo una técnica constructiva más evolucionada, más compleja, como si el imperio romano y su ingeniería hubiese logrado mantener cierto poso de habilidades en la Italia medieval.
Está conformada por una nave central y tres transceptos, algo paradójico y que le aleja de cualquier planta arquetípica de templo católico y me recuerda más a la basílica Magencia del foro romano.
En la imagen podemos ver una calle de origen medieval. Se desconoce por qué se permitía construir por encima de esta, sospechándose que podía unir las tiendas de los mercaderes con sus casas y almacenes.
No sería justo tampoco olvidarme de Cesena y Bologna, pero lo cierto es que pese a no desmerecer en absoluto la visita, la ciudad de Ferrara las eclipsa en mi humilde opinión, teniendo bien merecido ser considerada Patrimonio de la Humanidad.