Van irremediablemente borrachos. Solo sentarse, él abraza al pequeño gorrión y le canta una canción: «¿Por qué te maquillas tanto si eres un encanto?, tra-la-la-la, No te maquilles taaantoooo». Y recuerdo un tiempo pasado cuando algunos hombres silbaban y tatareaban melodías en la calle. Ahora no, los jóvenes se encierras en Prision-Spotify. Vuelve a girarse, Ella La Araña, y aplasta su bolso relleno de materia oscura en mi estómago. Se gira, y repite «En la Diagonal, que gira en la Diagonal». Miro por la ventana, busco consuelo en los transeúntes. Intento pensar en otras cosas. La mujer insiste. Mi hija tiene otitis. Tantas volteretas y verticales dentro del mar, caramba. De imitarla, tengo la oreja derecha taponada como una salida de metro. Hay que jugar con los niños, se nos dice. No, hay que darles de comer la mitad, así se están quietos. Miro a mi esposa como un perro que tiene el rabo aplastado en una ventana cerrada, pidiendo auxilio. Ella se ríe, magnífica, y mira por la ventana. Bajamos piano-piano por Passeig de Sant Joan. La tarde arde. Los muchos que no nos hemos ido vamos a alguna parte, lentamente. «Que gira en la Diagonal». No me atrevo a mirar atrás, a las otras. Noto sus caderas bovinas frotándose contra las mías. Veo una gran congregación de gentes al final del paseo, la mare del Tano, pienso, grandes banderas inglesas junto a otras con los colores del papado, pero sin suizos, alabardas y alardeos. El Bus Force One se para en el semáforo y miro con atención. Todo un gran grupo de jóvenes cantan y tocan con guitarras y flautas, danzando en círculo, alegres, las mochilas en medio no sea que un rumano se las lleve. Pienso que en los ochenta robaba los yonquis y que ahora el perfil es bien distinto y se llama miseria. Otra señora pregunta en voz alta: «¿Por qué llevan banderas inglesas?». Siempre me ha sorprendido que la gente vaya a ver al Papa con las banderas nacionales. ¿No es el Papado una institución universal? ¿Libre de ataduras fronterizas? ¿Espiritual? No hay nada tan terrenal como una bandera o un salchichón con pimienta, Globaliza-Globaliza, que podría cantar el Chiquili4. Los jóvenes británicos danzan. Casi no hay pecosos y pecosas entre ellos. Son minoría. Más bien parece una fiesta de la Commonwealth, chinos, paquistaníes, africanos, hijos de gurkas sin pensión… Una de las chicas blancas como la nieve de Hedi viste minifalda y muestra la redondez de sus grandes senos bajo un escote muy veraniego. Me pregunto si éstas son maneras, en una fiesta con espíritu. Y me pregunto qué pensaría mi amigo Benedicto, alias “Ratz”, y aún más, que diría el santo corre-corre, Juan Pablo II, tan peregrino en su vuelo que jamás vio la otra tierra. Siete u ocho grandes Union Jack ondean en mi barrio, que es como mi patio, y bien parecen más apropiadas para seguir a los chicos futboleros de Capello, ese que acuñó la mejor definición de Cristiano Ronaldo, «sabe inglés», mientras la de la blusa años 40 vuelve a preguntar «¿Por qué llevan banderas inglesas?». Mi vecina, la tía de Obélix, halla brecha, y con voz de soprano carajillera grita: «¡Es por el Papa! ¡El Papa!», y mi hija levanta la cabeza, tres filas adelante, y me mira a mí. Hay muchos papas, papos, pupas, púas y sacapuntas, también, y hasta pipos y pipas. «Van a Madrid, pero primero paran aquí». Un razonamiento que debería figurar en la Crítica a la Razón Pura, desde luego, pero la señora no pierde el tiempo, y aprovecha para girarse, meterme el bolso en las narices (¿Qué lleva ahí dentro, en el nombre del Altísimo, ha vaciado un Mercadona o qué?), y con la mano torcida trazar una diagonal en el aire como si fuera la prima de FuManChú. Ostia de dios, los de atrás deben ser austrolopitecus afarensis, como mínimo, no se dan por enterados. Por primera vez desde que hice la primera comunión, y aprovechando que estaba al lado del altar y tenía un micro a mano y pedí «que no aprieten el botón rojo» (eran los tiempos de la guerra fría, hay que entenderlo, jugaba Romay y Solozábal, y esos), junto mis palmas y rezo hacia el cielo, por la ventana. «Oh, Dios», me oigo exclamar, entre sollozos, «soy tu hijo pródigo. Provoca un frenazo y despégala del asiento. Que vuele alto, como un Scud, como la tibia de Kubrick en 2001». La señora me ve, pero ni caso, está claro que no existo. Se revuelve y exclama, «este autobús» y señala con su dedo gordo hacia abajo, «gira en la Diagonal, en la Diagonal», y traza un sinfín de líneas cruzadas con la mano, como si quisiera cortar cientos, miles de ostias sagradas. El otro hombre, en este largo travelling, besuquea a la ardilla roja, y le canta, «no te maquilles tanto, que eres un encanto», «¿por qué llevan banderas inglesas?», se repite la pregunta, enigmática, hasta que la de al lado, que se ha despertado, le responde: «porque son ingleses». Bravo, bravo, bravísimo. Oigo el rugir del motor del autobús como quien oye los cantos de los ángeles en el cielo, aunque Rilke no estuviera de acuerdo, y a mi niña, no la de Rajoy, le duela la oreja y empiece a creer que eso de los ángeles es otro de mis cuentos antes de dormir. Los veranos, como los autobuses y las bicicletas, vienen y van. E la nave va. Y como dijo Fernando VII, antes de cepillarse las Cortes de Cádiz, «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional ». E la nave va, hacia algún lugar que olvidaremos, y yo el primero, en el camino hacia el cielo, que no estoy nada seguro de que tenga escaleras. Allí nos vemos.
Otro Relato, E la nave va