Ocho y media de la mañana, hora a la que comienzo a escribir esto.
Pero no, el ocho no va por ahí.
Tras una larga conversación sobre idiomas, dialectos, sabiduría y conocimientos varios, comienzo a recordar mis nociones, mis conocimientos de otros idiomas, que no son los propios. Ni euskara ni castellano. Catalán.
Ocho, que en catalán se dice “vuit”, que por cierto, suena exactamente igual que “buit”, que quiere decir “vacío”, en catalán.
Cuanto más bebo, más vacío me siento.
Eso decía mi amigo en su día, y hoy, esas palabras, martillean con más fuerza que nunca mi cabeza, pues no es el vacío existencial provocado por la bebida lo que me atormenta. Es el vacío sustancial de algunas personas lo que me golpea. Es el hacer creer y no dar. Es el pensar que todo el mundo es guapo, bueno o maravilloso hasta que deja de serlo, o aparece alguien que lo es más. Es el vacío de mi alma que quiebra el amanecer con cada tropiezo, cada desliz, en el largo camino a casa.
Y es el vacío que uno puede sentir al recordar (o haber sido forzado a recordar) que podía haber hecho más con su vida de lo que ha hecho. Que la pereza, la desidia o la incapacidad te han impedido llegar a ser. Que por más que trates de llenarte, siempre quedarás ocho (buit).
Que las palizas no son palizas hasta que no sangras. Que el dolor no es dolor hasta que no es dolor físico, o eso decía el filósofo de la cárcel. Que el dolor interno, emocional, es claramente soportable, mientras no deje mella en tu piel. Eso decía.
Mentía.
Duele más el daño interno, duele más el “ocho” existencial que las cicatrices que cure el tiempo. Duele más cada palabra de aliento bienintencionado que las marcas de la piel. Que sí, que todos somos perfectos al nacer. Rosaditos. Sanos. Inocentes. Perfectos. Que nosotros destruímos a golpes nuestra senda. Y duele.
Duele al volver la vista atrás y ver que has sido un juguete en manos del destino. Duele al pensar que la vida podía haber sido plena y tú mismo la has lanzado por la borda. Desaprovechando un talento. Una virtud. Una ventaja que poseías, y que quizá cualquier otro, en tus circunstancias, hubiese malogrado menos.
Pero la vida de cada uno le pertenece a cada uno. Y yo, como ya he dicho en anteriores ocasiones, me he esforzado tantísimo en malograr, que al final lo he conseguido. Oxidarme del todo.
Ahora solo hay ocho. Ahora solo hay vacío.
Ahora…
Ahora enterradme… si tenéis dónde hacerlo.
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