P de PASIÓN

Por Maria Mikhailova @mashamikhailova

Por fin tengo la oportunidad de completar mi introducción a las llamadas tres gunas de la naturaleza material, según la folosofía védica. Se trata pues de 3 categorías: la más baja que es la ignorancia; la que está en medio, es decir, la pasión; y la más elevada, o sea, bondad. Según los Vedas cualquier estado, actividad, conocimiento, objeto… todo lo que tiene que ver con la materia, tanto física como sutil (es decir, incluídos los pensamientos o sentimientos y emociones) está siempre en uno de estos tres estados.

Ya dijimos que el estado de la ignorancia era aquel que no beneficiaba ni a uno mimos ni a los demás: en su sentido más amplio, la ignorancia nos lleva a la degradación. Ejemplos: violencia, todo tipo de adicciones, sentimientos como rabia, odio, envidia, avaricia, etc. O simplemente aquellos hechos que aunque en apariencia no son malos (al menos para el mundo actual), al final nos destruyen, sea por dentro o por fuera. En el mundo occidental, pese a que la ignorancia forma ya parte incluso de su cultura, aun se considera negativo por la gran mayoría. De ahí que tengamos leyes, cárceles, que la droga no es aún de libre circulación en todos los estados, que la prostitución no se considera algo positivo por la mayoría de nosotros. Si queremos ver la ignorancia de forma clara, os pongo un sencillo ejemplo: imagináos qué es lo que no desearíais para vuestros hijos. Porque es muy fácil opinar sobre si las drogas o la prostitución deberían estar legalizadas, que debe haber libertad en todo, etc. Pero apelo a vosotros como a seres conscientes: ¿desearíais que vuestros hijos tomaran drogas, se dedicaran a la prostitución, fueran violentos o terminaran en la cárcel? Si estáis en vuestros cabales, me daréis un no rotundo. ¿Y por qué no lo deseáis? Porque sabéis que es un camino que les llevará a la infelicidad, independientemente de cómo sean las leyes en un determinado país, porque es algo muy evidente: es la degradación y la destrucción de uno mismo como persona.

En cuanto al estado de la bondad, es el estado más elevado de las 3 gunas. Ya mencioné que se trata de objetos y actividades o materia sutil que tiene que ver con el amor, la comprensión, la gratitud, la aceptación, el perdón. Vamos, todos los valores cristianos que a muchos les resultan arcaicos. Pero son esas cualidades las que nos hacen sentirnos felices, las que nos hacen progresar. Sólo conociéndolos podremos ser felices. Sólo practicando la conciliación con los demás y con uno mismo. Son también los valores del budismo o del New Age. Se trata de todo lo que tiene que ver con las famosas meditaciones, el mindfulness, la plenitud, el vivir en el aquí y ahora, el aceptarnos y aceptar a los demás, el buscar la paz y la armonía.

Y en medio está la pasión. Ya no somos unos ignorantes, no buscamos el mal ajeno ni el propio (al menos, no de forma inmediata), pero aún no estamos cerca de la bondad, del bienestar, de la armonía. ¿Qué es la pasión entonces? La pasión es el mundo actual. Es nuestro querido Occidente. Es el dinero, la ambición, es el trabajo, es el culto al cuerpo, culto al lujo, culto al triunfo laboral, éxito social… Creo que todos entienden de lo que hablo. Es el mundo en el que vivimos ahora. Son las presiones sociales. Es el egoísmo de buscar el mayor provecho, de alcanzar las metas más altas, de ganar cuanto más dinero, mejor. ¿Es acaso malo todo esto? ¿Es malo acaso desear un trabajo maravilloso, cuentas bancarias repletas de billetes, un yate, coches de carrera, mujeres bellas u hombres de negocio de éxito?

Cuando a Steve Jobs le preguntaron en una charla, tras haber alcanzado el éxito en el mundo de los negocios y la tecnología, si todavía tenía un sueño, si aun deseaba algo, el genio de Apple respondió sin dudarlo: I want more. ¿Más? ¿Más todavía? Ahí está la clave de la pasión: siempre queremos más, incluso cuando parece que ya hemos alcanzado la cima. Steve Jobs murió a los 50 y pico años de edad debido a un cáncer incurable.

Creo que el ejemplo de este creador e innovador en el mundo de la informática muestra perfectamente cómo está la sociedad actual. No importa el estrés o la ansiedad que nuestro ritmo de vida nos acarrea, pues ésta es la pauta a seguir: ser cada vez mejores, ser competitivos, ser fuertes, ser triunfadores. Ya no hablo de la distinción femenino-masculino, pues a la vista está que lo último son cualidades por defecto masculinas, que también van contagiando al mundo femenino de hoy. Hablo sencillamente de las consecuencias negativas que este modo de vida nos trae. En principio deseamos cosas positivas, no tiene nada de malo en desear ser mejores y perseguir nuestros objetivos más altos. El problema está en saber parar a tiempo, porque si no, la decadencia no tardará en llegar.

Cuando hablé del karma en mis anteriores artículos, mencioné en varias ocasiones que el karma podría equipararse a un depósito de energía positiva con el que llegamos a esta vida. Unos venimos con mejor karma que otros. A unos nos llegarán oportunidades únicas que si sabemos pillar a tiempo, nos elevarán a la cumbre de la cima. Otros, incluso siendo mediocres, lograrán triunfar debido a su buen karma familiar o las relaciones que cultiven en su vida. Muchos, siendo incluso personas destacables, serán condenados a vivir de forma humilde, bien por su ascendencia, bien por no tener la llamada “suerte” o estar en el momento y lugar adecuado.

Pero el depósito de nuestro karma bueno no es infinito, no lo es en la mayoría de los casos, al menos. Si vivimos intensamente y cosechando nuestra gran suerte a lo largo de unos pocos años, es probable que vayamos a exprimir todo su jugo, a gastar todo el crédito que nos han concedido por nuestras vidas pasadas y ya no nos quede suficiente karma positivo para afrontar enfermedades, evitar accidentes, etc.

No sé por qué razón murió tan joven Steve Jobs. No me toca a mí juzgarlo. Sólo sé que fue un genio de nuestro tiempo, pero tal vez desatendió ciertas cosas… tal vez, pues sólo puedo juzgar por la película que se hizo y por lo que los medios nos dicen de él. Lo he elegido como ejemplo, porque muchos sabemos quién es. Él eligió como vivir su vida. Nosotros también podemos hacerlo. Podemos triunfar o no, podemos elegir el éxito o una vida sencilla. O incluso si elegimos una vida de éxito, podemos decidir cuándo parar, cuándo poner punto y aparte. La cuestión es el cómo hacemos las cosas. Si las hacemos con la conciencia, con el amor, si no buscamos forrarnos a costa de otros, sino también sabemos repartir, donar, compartir… tal vez nuestra suerte mejore, al menos, estaremos llenando de nuevo el depósito del karma positivo que nos permitirá seguir disfrutando de esta vida.