Sorprende ahora, quizá más que entonces, la soltura de Hui, cómo filma tan rápido, atrás y adelante en el tiempo, en tres países y tres idiomas y culturas diferentes, estructurando tan puntualmente mediante un recurso como el de la voz en off a pesar de lo evocadora y justa que resulta en la bonita apertura con las bicicletas por las calles de Londres, atreviéndose incluso a desdoblar el efecto usándolo para dos personajes antagónicos y así "invitándoles" a entenderse.
Quizá debiera asombrar del mismo modo el cine de estos años del taiwanés Hou Hsiao-hsien, del que no andaba lejos en ningún sentido (ni físicamente: quinientas millas concretamente) Ann Hui, pero esa porción de su obra parece que ya "no cuente" desde que otra escena de apertura, mucho más célebre, la de "Qianxi manbo", lo convirtiera en icono del cine contemporáneo.
Supongo que la idea borgesiana de crear a los precursores importa cada vez menos y a estas alturas es una extravagancia ponerse a buscar hacia atrás para aprender de qué hilo tirar y por dónde seguir. Sólo lo flamante sirve para edificar lo próximo. Pero, en fin, en "Ke tu qiu hen" y en todos los mejores Hou de los 80 está la huella de los grandes del pasado - Bai Chen, Xie Jin, Xen Shiling, Sun Yu, Fei Mu, Yuan Muzhi - aglutinada con otras referencias americanas y japonesas y no parece mala idea investigar. ¡Cuánta bobina desaprovechada de no hacerlo!
Tanto en "Ke tu qiu hen" como, sobre todo, en la previa "Qing cheng zhi lian" del 84 - en mayor medida que en la aclamada "Tau ban no hoi" - faltará el efecto de "la primera vez", esa inocencia que acompañe a la de sus personajes en todo lo concerniente a sus sentimientos, pero a cambio se convocan viejos conocidos a cada giro del argumento, en cada cambio de luz y de ritmo, como Sirk, Ozu o McCarey, tan naturalmente como que los flashbacks parecen sacados de una fuente tan diversa como "Star garden" de Brakhage.
Con todo, lo más granado seguramente no es ni lo que sabe a homenaje ni lo que Hui pretende impresionar con mayor vehemencia, sino detalles casi inapreciables como que no cambie el tamaño del plano cuando Aiko se reencuentra con su vieja maestra o que luego en su casa no inserte una fotografía de la que hablan, respetando la pudorosa idiosincrasia nipona. O cómo cambia los filtros en el regreso a casa y vuelve a componer más aceleradamente conforme se empiezan a oler las comidas especiadas y calientes del continente.