Las palabras, ya se sabe, tienen vida propia, y por eso tienen también sus caprichos y sus manías. En el fondo son unas coquetas y todo lo que van buscando es que nos fijemos en ellas, que nos demos cuenta de lo bonitas o peculiares que son o del origen tan curioso que tienen. Y lo cierto es que cuando les prestamos un poco de atención casi nunca nos decepcionan; siempre nos muestran algún aspecto de sí mismas que nos sorprende, nos divierte o nos asombra. Raro es que nos dejen indiferentes.
Pues algo parecido ocurre con la palabra siguiente, que va dedicada a un diablo que ronda por aquí con frecuencia para gran satisfacción mía. Se trata de dickens, con minúscula, porque no se refiere al escritor victoriano.Este, efectivamente, es un caso similar al anterior, en el que una palabra evoluciona, se transforma y acaba teniendo el mismo aspecto y sonido que otra con la que en principio no guarda parentesco alguno.Esta palabra, dickens, se utiliza como sinónimo y eufemismo de devil(diablo), y es probable que sea una modificación de devilkin (diablillo).Por eso podremos oír a algún clásico decir What the dickens…? (“¿qué diablos/qué demonios…?”)O Like the dickens, que viene a ser “un montón”: “Me duele la cabeza like the dickens.”