Pannacotta de limón y menta

Por Biscayenne
Si no tienes calendario o trabajas en casa en pijama sin asomar la nariz por la calle, puedes saber en qué época del año estás leyendo un puñado de blogs de cocina. 
Si me apuras, puedes saber hasta la fecha aproximada. En Navidad tocan galletas, en Reyes roscón, pasamos por el rosa y rojo meretriz a mediados de febrero, las torrijas dicen que es Cuaresma, las cocas que San Juan... Ahora debe de ser verano porque leo helados por todos los lados. Sí, hace calor, no apetece encender el horno, pero a mí no me gustan los helados (¡tachán, confesión!)
Me ahorro comprar azúcar invertido, la omnipotente y omnipresente heladera del Lidl o el accesorio de la Barbie Kitchenaid. Sólo como helado cuando hace un calor infernal, y por la calle, en cucurucho. No sé por qué, pero para mi desubicado gusto personal, comer helado a cucharadas (ya sea casero o comprado) dentro de cuatro paredes desmerece la experiencia. Como mucho, hago algún sorbete sencillo que, según las etiquetas de mi mente, como no es helado no cuenta.
Así que estos días intento preparar cosas que sean fáciles, rápidas y frías. La pannacotta también dice que es verano, sobre todo si lleva limón y menta fresca.

La pannacotta es una de las recetas más fáciles que existen, está buenísima y no hacen falta herramientas nuevas, ni cacharros galácticos. Se puede hacer prácticamente del sabor que se quiera, con muy pocos ingredientes, y queda muy rumbera sobre la mesa. 
En vasos, flaneras, fuente o copas, tiene ese toque señorial y cosmopolita que el pobre flan ha perdido. Si disfrutas de una terraza o jardín, sólo tienes que echarle imaginación e imaginar que estás en el palacio de Burt Lancaster de El Gatopardo.
Pannacotta de limón y menta Dificultad, así de primeras:none at all Sabor: a agosto en el jardín Tiempo: 20 minutos de elaboración + nevera  INGREDIENTESpara 5-6 raciones


500 ml de nata para montar 150 ml de leche entera 150 g de azúcar 1 limón 1 puñado de hojas de menta fresca 4 hojas de gelatina o cola de pescado


La pannacotta es un postre típicamente italiano hecho a base de nata cocida, azúcar y espesantes. No tiene ningún misterio y se puede hacer de muy diversos sabores. Como a mí me pirria el limón y el otro día afané un poco de menta piperita durante un paseo, la he hecho con eso. La menta aporta un sabor fresco, muy distinto del mentolado fuerte al que se suele asociar. Si encontráis menta en el campo, perfecto, pero también se suele encontrar en mercados y grandes superficies. Se puede sustituir por hierbaluisa, hierbabuena, romero o cualquier otra hierba, o dejarla como pannacotta de limón, sin complicarnos.

PREPARACIÓN: Pelar el limón: hay dos opciones, sacar tiras grandes de piel o rallarlo, como prefiráis. Echar la nata, la leche y el azúcar en un cazo y calentarlo a fuego medio hasta que el azúcar se disuelva.
Subir la temperatura, añadir la piel del limón, las hojas de menta limpias y esperar a que empiece a hervir. Dejar borbotear 2 o 3 minutos, y apartar del fuego para que se temple.
Mientras, exprimir el zumo del limón y echar en ese líquido las 4 hojas de gelatina para que ablanden. Incorporarlas después al resto de ingredientes, remover con una cuchara para que la gelatina se derrita y mezcle homogéneamente, y dejar enfriar.
La pannacotta se puede echar en diversos moldes. Si la vais a comer directamente de un vaso o copa, no hay más que verter la mezcla en ellos. Si queréis usar flaneras o un molde con una forma especial (el mío es antiguo, de cobre con interior de estaño), para que sea más fácil darle la vuelta después, untad el interior con una servilleta mojada en aceite.

Sólo queda taparlo bien cuando se haya enfriado a temperatura ambiente, y dejarlo en la nevera unas 3 horas o más, hasta que vayáis a comer la pannacotta.
Es suave, fresca y con una consistencia melosa que se derrite en la boca, ya que no lleva mucha gelatina.

¿Qué os parece? ¿Podemos cambiar el helado por un día?