Ha sido una semana la mar de entretenida, que hemos tenido de todo un poco, y hasta un mucho de todo, que aburridos, lo que se dice aburridos, no hemos estado ni un solo minuto. Que de la mañana a la noche, de Ana Rosa a esa carta de ajuste que solo permanece en nuestro subconsciente, nos han relatado, repetido, analizado, opinado, distorsionado y a ratos informado de lo que ha sucedido en el Tribunal Supremo y en el Congreso de los Diputados. Cada cual extrae sus propias conclusiones, claro que sí, que todo es opinable y todo es potencialmente narrable desde nuestra propia narratividad. Tiremos de estilo. Que no hay géneros menores, ni la ciencia ficción, ninguno. Yo tengo mi propia versión, del juicio no, que yo no entiendo de leyes y créanme que me siento un extraño, casi un ser marginal, sobre todo después de comprobar como más de la mitad de los españoles son unos especialistas en Derecho Penal, Constitucional, Natural y Administrativo, como poco. Como decía, tengo mi propia versión de lo que sucedió en el Congreso de los Diputados durante el Debate de Presupuesto y creo que nadie me lo puede rebatir: los extremos que más leña se dan, los que dicen que nunca podrían ponerse de acuerdo en absolutamente nada, pero en nada, porque unos son unos golpistas separatistas y porque otros son los grandes y únicos defensores de la patria, votaron lo mismo. Votaron que no, a todo, y en ese todo votaron que no a que el Salario Mínimo sea de 900 euros, votaron que no a la subida de las pensiones, votaron que no a que se incrementen los fondos para atender a las personas dependientes o a que se mejoren las conexiones viarias o portuarias o a que nuestros hijos tengan una mejor educación. Y votaron que no porque sencillamente les interesa más la estrategia que eso tan difuso y tan bonito, y tan poco respetado, que es el bien común.
Ha sido una semana la mar de entretenida, que hemos tenido de todo un poco, y hasta un mucho de todo, que aburridos, lo que se dice aburridos, no hemos estado ni un solo minuto. Que de la mañana a la noche, de Ana Rosa a esa carta de ajuste que solo permanece en nuestro subconsciente, nos han relatado, repetido, analizado, opinado, distorsionado y a ratos informado de lo que ha sucedido en el Tribunal Supremo y en el Congreso de los Diputados. Cada cual extrae sus propias conclusiones, claro que sí, que todo es opinable y todo es potencialmente narrable desde nuestra propia narratividad. Tiremos de estilo. Que no hay géneros menores, ni la ciencia ficción, ninguno. Yo tengo mi propia versión, del juicio no, que yo no entiendo de leyes y créanme que me siento un extraño, casi un ser marginal, sobre todo después de comprobar como más de la mitad de los españoles son unos especialistas en Derecho Penal, Constitucional, Natural y Administrativo, como poco. Como decía, tengo mi propia versión de lo que sucedió en el Congreso de los Diputados durante el Debate de Presupuesto y creo que nadie me lo puede rebatir: los extremos que más leña se dan, los que dicen que nunca podrían ponerse de acuerdo en absolutamente nada, pero en nada, porque unos son unos golpistas separatistas y porque otros son los grandes y únicos defensores de la patria, votaron lo mismo. Votaron que no, a todo, y en ese todo votaron que no a que el Salario Mínimo sea de 900 euros, votaron que no a la subida de las pensiones, votaron que no a que se incrementen los fondos para atender a las personas dependientes o a que se mejoren las conexiones viarias o portuarias o a que nuestros hijos tengan una mejor educación. Y votaron que no porque sencillamente les interesa más la estrategia que eso tan difuso y tan bonito, y tan poco respetado, que es el bien común.