Revista Espiritualidad

Pedir perdón a los hijos

Por José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta

Sabemos que muchos terapeutas consideran curativo "perdonar" a los padres. Nosotros consideramos que, al revés, sólo si sanamos podemos (a veces) perdonarlos. En todo caso, ¿se defiende con igual ardor que los padres pidan perdón a sus hijos? Casi nunca lo he visto. ¡Qué maravilloso y reparador sería para el mundo que se fomentase por todas partes la necesidad de que los cuidadores se disculpen ante los niños!

Algunas madres y padres valientes sí saben disculparse por errores concretos. A veces incluso lo hacen demasiado a menudo sin corregir dichos errores, lo que puede hacer que el hijo, no sabiendo si enfadarse o apenarse con unos padres siempre tan débiles y angustiados, se bloquee emocionalmente y pierda su confianza en ellos... Pero la disculpa más difícil es la que atañe al fracaso integral de toda una crianza. Al reconocimiento de que casi nada se hizo bien y por ello el hijo se neurotizó. La humildad, el coraje, incluso el heroísmo que hacen falta para asumir tan dramático sentimiento de culpa y naufragio son extraordinarios. Por eso nuestra admiración hacia los pocos padres que lo consiguen es inmensa.

Hay algo importante sobre el perdón. Las personas que fueron amadas, y algunas que, sin serlo, lograron madurar lo suficiente con ayuda de terapias, etc., pueden ciertamente experimentar un gran alivio de sus heridas y, en consecuencia, sentir compasión y perdonar unilateralmente a sus verdugos. Pero, en general, el perdónes un asuntobilateral. Es una interacción entre un victimario y una víctima. Por ejemplo, esperamos que los delincuentes, los malos políticos, los genocidas, etc., además de su castigo penal y su indispensable cambio de comportamiento, etc., se avergüencen y disculpen por sus crímenes. Deben ganarse el derecho al perdón social mediante un sincero arrepentimiento. De otro modo, la sociedad seguirá desconfiando de ellos, temiéndolos, rechazándolos, y la "rehabilitación" o conciliación individuo-sociedad no serán posibles. Incluso las más mínimas ofensas o agresiones en nuestras vidas cotidianas sólo pueden repararse con sinceras disculpas... ¿Por qué a las familias maltratadoras las absolvemos sin más, sin ninguna razón ni requisito?

Desde una psicología del trauma como la nuestra, el abordaje de la neurosis sólo puede ser doble. La definición misma de "trauma" implica a dos actores fundamentales. Por un lado, las víctimas, con sus trastornos, síntomas, inadaptaciones, etc. Y, por otra, los verdugos, que a su vez son víctimas de otros victimarios anteriores, etc. Ambas partes son simbióticas. Ambas se han desarrollado juntas, se necesitan mutuamente, cronifican a la par sus vínculos tóxicos. Por tanto, si se quiere sanar a la víctima, ¿no sería lo mejor sanar también al verdugo? El perdón sería, obviamente, una parte importante del proceso. Pero, para que otorgarlo fuese un acto real y no un mero fingimiento como suele ser, una rendición más a la omnipotencia del verdugo, el victimario debería implorarlo sinceramente con todas las consecuencias. Como en los demás ámbitos sociales.

Si la mayoría de psicólogos, psiquiatras, pedagogos, abogados, legisladores y medios de comunicación, como parte del tratamiento y prevención de los problemas mentales, defendiésemos la necesidad de que los padres reconozcan y cambien sus conductas patógenas, y pidan perdón por ellas a sus hijos (y no al revés), muchísimos trastornos serían mucho menos graves o duraderos. Las reconciliaciones familiares serían mucho más sinceras y numerosas. Y los neuróticos, para sanar, no tendrían que alejarse necesariamente de sus parientes.


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