Revista Cultura y Ocio

Pedro Aranda desafía al lector: «Pocas veces las cosas suceden tal y como nos las cuentan»

Publicado el 07 julio 2026 por Delecturaobligada @DelecturaOblig

El autor de Psicodelia, mon amour reflexiona sobre el poder en la sombra, las conspiraciones, el control mental y la necesidad de incomodar al lector con una de sus novelas más ambiciosas.

Por: Alberto Berenguer / Instagram: @tukoberenguer; @delecturaobligada

En esta novela el verdadero monstruo no parece ser el asesino en serie, sino quienes deciden utilizarlo. ¿Considera que el poder cuando actúa sin límites da más miedo?
Totalmente. Cuando escribía el libro no podía dejar de pensar en organizaciones como Skull and Bones o el Bohemian Grove, y sus siniestras intenciones. También en aquel personaje tan fascinante como era El fumador, de Expediente X, y ese grupo de poder que, en la sombra, controlaba toda la geopolítica, manipulando a unos y a otros, generando desinformación y haciendo desaparecer según qué pruebas o eliminando a según qué testigos. Claro, la novela va incluso más allá, e indica que esos clubes de poderosos, además de ser los arquitectos de nuestras vidas diciéndonos cómo tenemos que pensar o lo que nos tiene que gustar, utilizan técnicas de control mental para programar asesinos que terminen con todo aquel que les resulte incómodo para sus propósitos.

Pedro Aranda desafía al lector: «Pocas veces las cosas suceden tal y como nos las cuentan»El escritor cartagenero Pedro Aranda. / Fuente: LA OPINIÓN DE MURCIA

«Psicodelia, mon amour» se mueve entre la realidad histórica y la ficción más perturbadora. ¿Hubo algún momento durante la documentación en el que pensó que la realidad supera la ficción?
Es que la realidad siempre supera a la ficción. Cuando lees sobre aquellos proyectos de control mental de los años 50 en Estados Unidos, con el MK ULTRA y demás, y ves lo que terminó pasando a científicos como Frank Olson, acabas por comprender que ocurren cosas demasiado turbias ocultas a los ojos de la gente. Siempre me he preguntado si esos accidentes extraños de helicópteros que chocan entre sí, o de coches contra tendidos eléctricos por ir a demasiada velocidad, por no hablar de vuelos que desaparecen en medio del océano no son, en realidad, otra cosa… Evidentemente, no te voy a decir que a partir de ahora haya que ir pidiendo la lista de pasajeros antes de subir a un avión, pero sí que pocas veces las cosas suceden tal y como nos las cuentan.

Sus personajes viven en un mundo donde nadie parece completamente inocente. ¿Le interesa explorar la maldad y demostrar que cualquiera puede cruzar determinadas líneas si se dan las circunstancias adecuadas?
Eso es algo que me han comentado en más de una ocasión, que no parece que haya un solo personaje bueno en mis libros o, al menos, al que la vida le haya ido bien. Que todos son, en resumen, unos pobres desgraciados. Yo no lo veo tan así, pero sí que es cierto que en Psicodelia, mon amour he tratado de dar respuesta a la pregunta de si el asesino nace o se hace. Y he querido mostrar que no siempre el que dispara la bala es el más horrible de todos, y que no hace falta empuñar un arma para ser un auténtico miserable. Hay un capítulo, por ejemplo, que se llama Sabandijas, donde el personaje principal de ese relato no es un asesino ni es miembro de una de esas organizaciones secretas de las que hablaba antes, pero es un auténtico canalla, posiblemente más que cualquiera de los otros. Se trata de un estafador de manual que vive a costa de una mujer a la que tiene engañada. Y encima finge estar traumatizado por un supuesto episodio que le ocurrió cuando estaba en el ejército. Y es tan repugnante en todo lo que hace y dice, que uno se lo podría imaginar cometiendo toda clase de barbaridad. Así que, respondiendo a tu pregunta, sí creo que cualquiera es capaz de cruzar determinadas líneas dadas unas circunstancias, sobre todo si esas circunstancias se las ha creado él solo.

La novela tiene un ritmo muy cinematográfico. Si mañana un director llamara a su puerta para adaptarla, ¿qué escena le diría?
Qué buena pregunta. Si me fío de las opiniones de la gente, te diría que el capítulo de la noria, ya casi hacia el final, donde dos enamorados se suben a ella, y él tiene pánico a las alturas desde que de pequeño se quedó atrapado en la feria, en la parte más arriba del todo. Es un capítulo que tiene humor, amor y violencia, y creo que todo en su justa medida. Quizás también, ahora que lo pienso, hay una escena muy adaptable que ocurre en el capítulo titulado: ¿Cuánto mide una cabeza humana?, donde un millonario se relaja de noche sobre una colchoneta en su piscina y recibe una visita inesperada que se sube a la colchoneta de al lado. Creo que la conversación entre ellos y lo que sucede después en esa piscina es realmente muy rodable. 

Pedro Aranda desafía al lector: «Pocas veces las cosas suceden tal y como nos las cuentan»

En tiempos en los que hablamos tanto de manipulación, algoritmos y control de la información, ¿cree que Psicodelia, mon amour habla realmente del pasado o, en el fondo, está describiendo el presente?
Yo te diría que del pasado, del presente y también del futuro. Es algo que ha estado y va a estar siempre ahí. Pero sí, claramente es un tema de actualidad que vemos a casi todas horas, donde a cualquiera que se salga un milímetro del camino se le censura y ridiculiza. Uno no puede alejarse del pensamiento único o su discurso simplemente deja de existir para el algoritmo. Hoy en día, a quien cuestiona la noticias lo llaman conspiranoico. Claro, yo no sé si el hombre llegó o no a la Luna, o si la bala mágica terminó con JFK, o si Marylin Monroe falleció después de una sobredosis de barbitúricos, pero me permito cuestionarlo. El problema está cuando la gente teme dar su opinión por miedo a, simplemente, dejar de existir. Y ahí es donde se nota la sombra de esas élites de poder. Y, realmente, el tenernos entretenidos en dos grupos peleándonos constantemente entre nosotros mismos por casi todo es en sí otro logro de esas organizaciones. Y así no prestamos atención a lo verdaderamente importante.

Hay escritores que quieren gustar al lector. Da la sensación de que usted, en esta ocasión, prefiere incomodarlo. ¿Qué emoción esperaba provocar cuando cerrara la última página?
Es que ambas cosas no son incompatibles. Claro, yo quiero gustar al lector, pero mi manera de hacerlo “disfrutar” es llevándolo a un terreno incómodo, rozando lo soez, violento e incluso lo escatológico, por momentos. No sé dónde leí una opinión de alguien que decía que se había sentido mal consigo mismo riéndose de las cosas desagradables que salen en el libro. Recuerdo también otra persona que me decía que leía la novela en el metro, camino al trabajo, y que pasaba en la misma hoja de torcer el gesto por lo grosero del contenido, a reírse como una loca, y que la gente la miraba como si se tratara de una psicópata. Al final, yo creo que se trata un poco de eso, de que la novela no resulte indiferente. Pero mientras que con Casi Chicago sí ocurría que al terminar la última página te quedaba una sensación de soledad y de pensar continuamente en los personajes, con Psicodelia, mon amour la gente me escribe cuando se acerca el final diciéndome que no quiere que termine. Y eso, hablando de un libro grande, de seiscientas y pico páginas, es el mayor halago que uno puede recibir y, en definitiva, la emoción que cualquiera que se dedique a esto pretende provocar. 

Después del reconocimiento obtenido con sus anteriores novelas, muchos autores optan por una apuesta segura. Usted ha elegido una historia mucho más oscura y arriesgada. ¿Qué necesidad personal había detrás de escribir precisamente esta novela?
Digamos que salió así, pero con cierta pretensión. Verás, con mi primera novela, El ruido que nos separa, me obligué a una cierta autocensura para que su lectura fuera más cómoda. Siendo que quedé satisfecho con el resultado final y que ciertamente obtuvo algunos reconocimientos, la versión publicada fue mucho más mainstream de lo que era el manuscrito original, que era mucho más sucio. Y eso siempre lo he tenido dentro rondando y preguntándome qué habría ocurrido de haber salido la versión más cruda. Así que con Psicodelia he doblado la apuesta y girado aún más la rosca del lenguaje de la versión original de aquel primer libro. Pero más allá de eso, si te fijas, saco una novela cada tres años, que es un tiempo relativamente grande como para poder diferenciar cada uno de ellas en épocas distintas. Está claro que lo que me gusta ahora no es lo que me gustaba hace seis años, y eso de alguna manera se tiene que hacer notar. Así que alejarme del estilo de mis anteriores libros no es tanto por una necesidad personal premeditada, como por las preferencias literarias que tengo ahora.

Si pudiera sentar a uno de los protagonistas frente a usted durante cinco minutos, sin posibilidad de que mintiera, ¿qué única pregunta le haría y por qué esa respuesta podría cambiar por completo la lectura de la novela?
¡Qué difícil! Pues mira, elegiría a Buddy Lee Hudson, que es un tipo al que los médicos han achicharrado la cabeza a base de electroshocks en el hospital y se ha quedado vagando por los pasillos como un fantasma. Me refiero a un fantasma real. Vamos, que el tipo ha muerto. Y te diría a él porque últimamente y de manera un poco sorprendente, está siendo de los favoritos de la gente. Lo que nadie sabe es que para darle vida me inspiré en alguien que fue un amigo muy cercano hace treinta años. Un amigo que ya entonces la gente decía que era un fantasma -aunque en otro sentido, claro-, de ahí que no hubiese otra opción que otorgarle a él esa cualidad. Y me inspiré en él por lo curioso de su vida. Resulta que siendo adolescentes, él era ya un auténtico dealer, y mientras los demás íbamos a las discotecas de los ingleses a tontear con las extranjeras, él hacía sus negocios. Y se sacaba una pasta tremenda que luego la gastaba con nosotros. Recuerdo que nos compraba napolitanas de chocolate a todas horas. Y él era muy cariñoso con su familia y con las familias de todos sus amigos. Y a mí, el verle esas dos facetas me resultaba fascinante. Un día estafó a esos pobres ingleses ilusos y se gastó el dinero en cámaras de fotos. No solo para él, sino también para sus amigos. Entre ellos yo, claro. Y como aquellos gestos eran algo normal en él, ni siquiera se lo agradecíamos. Ya entonces, a pesar de ser menor de edad, la gente hablaba de él como un superviviente nato. No he visto a nadie jamás mentir tan bien. Lo último que viví con él antes de que mis padres dejaran de ir a veranear a aquel pueblo fue que se echó una novia, muy guapa además, y dejó que un jugador del Real Madrid la besara a cambio de conseguir una camiseta firmada. Lo vi con mis propios ojos. Pero, como digo, dejé de ir de veraneo por allí, y le perdí la pista. Lo gracioso es que hace unos diez años, de pronto lo veo en un anuncio en la televisión de una empresa potente de seguros sonriendo mucho y con los dientes muy blancos, y después, hace como dos años me pasan un podcast de YouTube donde entrevistan a un gurú de las finanzas que ha hecho un montón de pasta invirtiendo en no sé qué, y resulta que era él. Y entonces me puse a pensar qué habría sido de su vida para terminar en esos sitios, y fui rellenando yo mismo todos esos huecos inventándome historias. Y es lo que aparece en el libro cuando Buddy Lee Hudson recuerda su pasado. Así que contestándote, si lo tuviera enfrente, simplemente le daría las gracias por aquella cámara de fotos y le preguntaría ¿cómo estás?


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