«Perdido entre ofertas» - Segunda parte

Publicado el 22 junio 2015 por Carmelo Carmelo Beltrán Martínez @CarBel1994
Primera parte
A su derecha vio como había un gran recipiente en el que múltiples joyas, todas ellas de bisutería, estaban acumuladas bajo el cartel de «oferta». Sin pensárselo dos veces se introdujo en el bote, haciendo el menor ruido posible y colocándose sendas piezas por encima de su cuerpo, oculto entre sus piedras, de tal forma que hasta el más experto de los camaleones habría estado orgulloso de su camuflaje.
Cuando la mujer llegó a su altura, Fernando aguantó la respiración. Esta empezó a realizar un conjunto de acciones que, por la gran atención que prestaba a la canción que estaba tatareando, y la forma mecánica en la que sus manos actuaban, parecía algo que realizase todas las mañanas. Abrió la caja, contó el dinero y revisó los emails del ordenador. Contestó a algunos y realizó varias llamadas, todas ellas con un tono excesivamente formal, excepto una en la que le decía a María que «o llegaba de una puñetera vez o podía quedarse en la puta calle».

Mientras realizaba todo esto la alarma del teléfono móvil sonó. «Son las 9:30, es hora de abrir», dijo la mujer para sí misma. Avanzó hacia la entrada del establecimiento. Fernando sacó levemente la cabeza de su escondite y la observó caminar. «Esto se complica, pensó. ¿Qué puedo hacer? Necesito salir de aquí, y rápido. Ya tendré tiempo en pensar por qué soy tan pequeño cuando salga de esta tienda».
La mujer se acercó hasta la puerta y, al mismo tiempo que volteaba el cartel, dejando a la vista de Fernando la palabra «cerrado», una joven, morena, cuyo rostro enrojecido daba símbolos de haber realizado un fuerte esfuerzo físico entraba. «Justo a tiempo, jefa. Hoy no puedes decir que llego tarde», exclamó con una sonrisa que marcaba unos preciosos hoyuelos en sus mejillas.. A la que María se había referido como jefa soltó un fuerte bufido de desesperación y volvió a sus quehaceres por la tienda. «Hoy te quedas a hacer el inventario conmigo, que no se te ocurra escaquearte como la última vez, María».
Hablaban, discutían, ordenaban la ropa… «Esta es la mía» pensó Fernando. «Hora de largarse de aquí». Salió rápidamente del recipiente en el que se encontraba, con cuidado de no hacer ningún ruido que le delatase. Bajó del mismo modo por el que había subido. Cuando posó los pies en el suelo, conociendo ya la posición de su vía de escape, se sintió reconfortado. Solo tenía que correr, evitar ser visto y… ¿cómo iba a abrir la puerta? «Bueno, eso es algo que tendré que resolver cuando esté cerca de ella».

Empezó a correr hacia ella, cuando, sin previo aviso, una gran marea de gente empezó a entrar por la puerta. Fernando no sabía que miles de personas se aproximarían hoy a la tienda cual zombis, atraídos por el cartel «rebajas». Un mar de largas piernas, zapatillas de deporte, sandalias y tacones llenó la sala. Todos ellos moviéndose rápido, con prisa, y sin mirar el lugar donde se posaban. El pánico le hizo esconderse entre las patas de un perchero, implorando al cielo que a nadie se le ocurriese desplazarlo.
Pese al desasosiego que sintió al mirar esto, Fernando se obligó a respirar y a convencerse de que nada cambiaba, de que esto era incluso una mejor oportunidad para escapar. Con clientes abriendo constantemente la puerta, la salida de la tienda sería mucho más fácil. Podría aprovecharse de cualquiera de ellos para escapar.
Con decisión emprendió su camino. Esquivo de un salto las primeras zapatillas azules que amenazaron con pisarle. Tras ello, hábilmente se escondió detrás de la rueda de un perchero hasta que los tacones negros pasaron a su vera. «Esos tacones en más de un país deben ser considerados un arma blanca», pensó Fernando.

A medida que avanzaba todos sus movimientos empezaron a ser mecánicos. Desarrolló, en muy poco tiempo, un instinto capaz de decirle cuando saltar, cuando tenía que frenar, o cuando tocaba correr.
Tras un largo esfuerzo, lo único que evitaba que se desplomase sin energía era la adrenalina del momento, empezó a vislumbrar la puerta. Cegado por la ilusión de acercarse a ella, no vio como una mujer que vestía unas preciosas sandalias de color azul aguamarina, dejaba caer, sin quererlo, unos suaves pantalones, justo donde Fernando se encontraba. Cuando este alzó la vista, ya era demasiado tarde para esquivarlo, por lo que lo único que pudo hacer fue cubrirse el rostro, esperando a una muerte segura.
Fernando abrió los ojos. Tenía unos pantalones encima, pero eran de un tamaño normal, ¿o era él quien volvía ser de un tamaño ordinario? Se quedó embobado mirando la prenda, sus brazos y tocándose su cara. Comprobando el tamaño del banco en el que estaba sentado, cuando una voz lo devolvió al mundo real.
«Cariño, puedes contestarme de una vez si este biquini de color coral me queda bien o no?», preguntó su novia, mientras su expresión empezaba a mostrar desconcierto y enfado. Su novio se había ofrecido a llevarle de compras y se había quedado dormido en el banco de la tienda. «Qué vergüenza», pensaba mientras los colores acudían a su rostro.
«Si, claro cariño. El color coral queda perfecto con tu piel», mintió Fernando, con la esperanza de abandonar ese lugar de una vez por todas.
@CarBel1994