-No te rías Pablo, pero a veces lo escucho caminar, oigo sus patitas por el pasillo y cuando estoy cocinando, siento que está a mi lado.
Miré mi madre con toda la ternura que un cuarentón hipster como yo puede profesar. Se me quedó el corazón más tiernito que almohada de bebé y la besé en la frente.
-No me puedo reír mamá, porque yo también lo siento.
Murió hace casi cinco años, y sigue siendo nuestro perro. Después de él hemos tenido varios más, pero ninguno como él. Era un pastor alemán con los ojos más tristes del mundo. Y nunca supimos bien por qué.
Miraba a mi madre con los ojos de un verdadero enamorado. La acompañaba cuando subía a tender a la azotea, cuando cosía con las gafas puestas en la punta de la nariz, no lo dejaba sola ni para ir al baño. Literalmente.
La casa de mis padres sigue teniendo no se, su alma, su impronta, o como sea que se llame eso. Que yo no soy nada espiritual ni tonterías de esas, pero estoy seguro de que sigue con nosotros. De alguna manera.
Era bueno. Muy bueno. Mientras mi padre estudiaba en su piano él sabía que no se podía ladrar. Y si el estudio duraba seis o siete horas, lo normal en mi casa, nuestro peludo estaba callado como un muerto durante todo ese tiempo, pasara quien pasara por la calle. Lo recuerdo echado debajo del enorme piano, adormilado, incluso disfrutando de la música. No, creo que eso ya es suponer demasiado.
Y, la verdad es que no se por qué estos días me he acordado tanto de él, tanto que echarlo de menos me sigue haciendo daño. Las Navidades, que me ponen tonto.