Revista Opinión

Piñera, cuba, raras relaciones entre ética y politica

Publicado el 25 marzo 2010 por Jorge Gómez A.
La discusión en torno a la relación entre política y la ética, y si es que éstas están ligadas o separadas definitivamente ha vuelto al tapete con la condena al régimen cubano por parte del presidente Piñera.
La crítica al régimen cubano por parte del gobierno chileno más bien parece ser mero recurso para distraer la atención en torno a la demora del presidente Piñera en desligarse de LAN, y no es una sincera lucha por la defensa de derechos civiles básicos en la isla.
Lo anterior, sobre todo considerando que en 1995 viajo a la isla con fines empresariales (Piñera y Cueto evaluaban una fórmula para construir dos hoteles en unos cayos vírgenes de propiedad estatal, con una inversión de entre 20 y 25 millones de dólares.) y que el actual Presidente chileno se reunió con Fidel Castro en el año 1995, donde entre otras cosas dijo: “En honor a la verdad, Chile debió reestablecer relaciones con La Habana a comienzos del Gobierno del Presidente Patricio Aylwin".
Es decir, en 1995, para el actual presidente, la libertad política y los derechos civiles no eran necesarios para poder evaluar si llevar a cabo negocios o no en la isla.
En otras palabras, la libertad política importaba menos, porque lo que vale es la estructura económica. La misma fórmula fue la que postularon en Chile durante la dictadura de Pinochet, cuando la libertad política era menos importante que el modelo económico.
Lo interesante de todo lo anterior, es que la misma lógica aplican quienes apoyan el régimen cubano. La libertad política de los ciudadanos importa menos, lo que vale es el modelo económico que se defiende.
En ambos casos, el Estado debe concentrar el poder, restringir la libertad política y los derechos civiles e imponer su criterio económico a los ciudadanos, sea este el criterio de los Castro o los Chicago Boys. ¿De democracia? Nada. De poder, todo.
Por eso el punto importante es, desde que enfoque hacemos nuestro análisis cuando juzgamos la relación entre ética y política en estos casos. Veamos qué ocurre desde el punto de vista de la filosofía política moderna.
Si tomamos en cuenta la noción de Maquiavelo en cuanto a la política, entonces debemos desligarla de cualquier tipo de cuestiones éticas. Lo que importa en este caso es cuan efectivo se es en cuanto a preservar el poder y cumplir los objetivos trazados por el Estado o el Príncipe. Cualquier otro miramiento carece de sentido pues entorpece el éxito del gobernante.
Si tomamos un punto de vista kantiano, entonces las cuestiones éticas juegan un rol importante en la actividad política, puesto que aún siendo gobernantes, la razón nos indicaría como obraría cualquier persona en una circunstancia dada. En términos burdos algo así como no hagas a otro lo que no te gustaría que te hagan.
La primera postura claramente antepone la razón particular del gobernante –que es quien ejerce el poder y la fuerza- por sobre la voluntad del individuo. La razón de Estado, que en realidad es la razón individual de una persona, el príncipe, se traduce como decisión colectiva. El bien común lo determina el gobernante. Algunos hablan del representante del pueblo y otros del padre de la patria. Ambas son burdas ficciones.
La segunda postura, la kantiana, trata de resguardar el espacio moral de cada individuo en cuanto a la razón del gobernante, expresada en la legalidad y la coacción estatal. Es decir, reconoce que la razón del gobernante también es individual y por tanto el ciudadano puede contraponerse a ésta, aún cuando niega el derecho a rebelión como otras doctrinas plantean, y sólo defiende el derecho a criticar al gobierno. El imperativo categórico kantiano es válido para todos los individuos y por ende para el gobierno y sus funcionarios. Eso habría olvidado Piñera, si es que efectivamente cometió evasión de impuestos con la venta de LAN.
No obstante, en general las personas tienden a intercambiar estos dos tipos de posturas (la de Maquiavelo y la de Kant) según el tema sobre el cual opinan. Así por ejemplo, tenemos gente que en algunos casos y no en todos, cuestiona ciertos comportamientos políticos o determinado régimen, según el ethos que defiende.
En otras palabras, vemos una dualidad a la hora de defender la libertad y dignidad de las personas, según el sujeto y el ethos que se defiende contextualmente y paradigmáticamente.
Entonces, tenemos gente que defiende dictaduras de izquierda y otras que defienden dictaduras de derecha, aún cuando en ambos casos siguen siendo lo mismo, dictaduras.
En ambos casos también, buscan explicaciones y subterfugios diversos para justificar tal defensa acérrima, recurriendo generalmente a ciertas nociones consecuencialistas para justificar cualquier brutalidad.
Lo anterior es muy coherente con la idea de que el fin justifica los medios, ya sea para “reestablecer el orden”, “proteger la patria de algún cáncer”, “defender la revolución”, “lograr la justicia”, etc.
Esa dualidad o subjetividad, rebela que en el fondo, son casi todos mayoritariamente maquiavélicos (sin culpar al italiano de nada), puesto que en sus valoraciones anteponen lo que ellos –como súbditos o gobernantes- consideran lo que es el bienestar general, ya sea bajo la nomenclatura de la patria, el pueblo o cualquier otra entelequia. En ambos casos, anteponen la lógica de la razón de Estado –y con ello su brutalidad- por sobre la dignidad básica del individuo, desvalorizándolo finalmente.
Es decir, vuelven subjetiva la noción kantiana de que el ser humano es un fin en si mismo, digno en sí.
Por eso, si uno analiza los argumentos que da la gente para justificar dictaduras (de derecha o izquierda) ve que sea cual sea el caso, sólo son dignos algunos individuos. Sólo son dignos de derechos aquellos que calzan con la noción que consideran válida para simbolizar lo que entienden por bien general. Cualquier que se antepone o critica los fines propuestos por el príncipe, que puede ser un hombre o una ideología, no tiene dignidad.
Lo interesante y más irónico es que en ambos casos, plantean que su objeto es liberar al individuo porque valoran su libertad.

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