Por los ojos del doctor Coppelius. Homenaje a un grande

Por Silviasanchez

septiembre 18, 2013 por Silvia.ssu

Un grande de los grandes, el maestro Adolfo Roval se subirá a las tablas esta noche junto al Ballet Nacional de Cuba para dar vida una vez más al doctor Coppelius y celebrar así su 84 cumpleaños. Roger Salas dedicó ayer una pieza en su blog a Adolfo Roval, y recomiendo encarecidamente su lectura, pero esta será una aproximación más sentimental. Es difícil describir la emoción que me produce hablar de este gran hombre, pero, este es un intento:

Si les soy sincera, nunca me cayó bien Swanilda, y de ello tiene mucho que ver el Coppelius de Adolfo Roval. Dice Salas en su blog que ‘El Doctor Coppelius debe inspirar también ternura, y eso Roval lo consigue con su experiencia y su dominio, un dominio que también son las del tenaz fundador’.  Me considero tremendamente afortunada de haber presenciado el Coppelius de Adolfo Roval muchas veces, desde un sitio privilegiado en la escena. Sin duda la palabra es ternura, pues después de conocer a este Coppelius no podía dejar de pensar, ‘Que niña malcriada es esta Swanilda, cómo puede hacer tanto daño al pobre Coppelius’.

Conocí al maestro Roval, Adolfito, cómo muchos alumnos aquí en Madrid se refieren a él, hará unos 7 años. Mi primer contacto con él fue cómo profesor de Historia de la Danza, y ya entonces sentía que esas pocas horas en el aula eran un absoluto regalo para mí. Para cualquier joven bailarín, oírle hablar es sentir el amor por la danza de un hombre que lleva 61 años relacionado con el Ballet Nacional de Cuba. Oír cada pequeño detalle coreográfico, cada pequeña anécdota histórica, descritos como quién describe los hoyuelos de la persona amada. Adolfo Roval es para mí un ejemplo de alguien que ama el ballet de manera simple y honesta, sin artificios ni pomposidades, el mejor ejemplo de cómo debe de ser un maestro de danza.

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Fui muchas veces una muñeca española, figurante del taller de Coppelius del segundo acto. Algo nada destacable desde el punto de vista de la danza, pero una oportunidad de oro de tener un sitio inmejorable para presenciar a Coppelius en majestad.  Dicen que cuando uno tiene un momento mágico en escena es capaz de dejar su cuerpo, olvidarse de sí mismo y respirar cada instante de la historia, cada acorde de la música, como si fuera una nueva realidad, como si cada movimiento fuera una necesidad del organismo. En tal caso, tengo que agradecerle a Adolfo Roval muchos de esos momentos. De hecho, solía detestar cuando me daban cuerda, puesto que el movimiento me impedía fijar los cinco sentidos en lo que pasaba en el otro lado de la escena.

 

Ahora cuento las horas hasta volver a cruzar la puerta a ese segundo acto, y entrar de nuevo en el reino de Coppelius que tantos buenos recuerdos me trae. Entre los muchos detalles de la pantomima que tan bien inhabita el maestro, con tantos momentos hilarantes y grandiosos, quiero destacar el momento que más ponía en riesgo mi inmovilidad de gárgola. El momento que me hacía debatirme internamente entre salir de mi pedestal y abrazarlo o echar unas lágrimas y testar el pegamento de mis pestañas postizas.

Quizá es más difícil verlo fuera de escena, pero los ojos del doctor Coppelius en ese momento permanecerán conmigo toda mi vida. Cuando Coppelia ha vuelto a la vida, o al menos eso cree él, Coppelius le entrega un espejo para que se admire. Coppelia realiza un promenade en arabesque hasta fundirse en un penché con el crescendo de la música. Es en este momento cuando Coppelius, sobrecogido por la felicidad de ver a su amada creación por fín en vida, se arrodilla delante de ella y da gracias al cielo. En aquel instante, los ojos vidriosos de Adolfo Roval reflejaban un amor tan grande, tan absolutamente incondicional, que aún hoy en día me conmuevo al recordar.

 A veces basta solo una mirada para comprender lo que es la grandeza escénica, y los ojos del doctor Coppelius son para mí uno de los recuerdos más queridos que he vivido en el ballet. Cómo dudar de que uno ama el ballet tras haber visto tantísimo amor reflejado en los ojos de este gran maestro, que hoy cumple 84 años de la manera que mejor refleja su generosidad, regalándonos a todos una vez más su doctor Coppelius desde las tablas.

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Esta última fotografía pertene a Alberto Soria, y fue tomada ayer tras el pase de prensa. El resto de fotografías fueron tomadas por mí hace cuatro años durante un ensayo, con una cámara de cuya poca calidad me arrepiento ahora. Espero puedan transmitir un ápice de lo que el maestro Roval hace sentir con su Coppelius en la vida real.
 
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