¿Por qué los políticos son tan corruptos? - Fernando Mires

Publicado el 29 noviembre 2014 por Aneimanis @aneimanis
- “¿Por qué los políticos son tan corruptos?” ­- El vecino en el asiento del bus leía gratis en la página del periódico que yo mantenía abierta y no pudo evitar su pregunta. “El ex primer ministro portugués José Sócrates ha sido enviado a prisión”, decía el titular. Un caso más de los cientos que nos informan de la corrupción política de nuestro tiempo. No supe que responder. Al fin lo hice del modo más elusivo: “Esa pregunta también yo me la he hecho muchas veces”.
¿Por qué los políticos son tan corruptos? La pregunta quedó rondando en mi cabeza. ¿Será que el ser humano es corrupto por naturaleza y los políticos exponentes públicos de nuestra propia corrupción?
Pensé que esa respuesta podría haber sido aceptada por mi vecino en el bus. Aunque he de confesar que ese recurso de echarle la culpa a la madre naturaleza por todos nuestros pecados no me parece muy honesto. Nadie sabe en verdad como era nuestra naturaleza antes de ser sometidos a leyes y otras restricciones. Podría incluso decirse que la naturaleza nuestra es no saber cual es nuestra naturaleza. Pero no desviemos el tema. La pregunta es: ¿Por qué los políticos son tan corruptos?
Reitero, no sé si los políticos son tan corruptos como los no-políticos. La diferencia es que en los políticos se nota más porque la política es pública. Recién en los últimos tiempos se ha sabido lo que ocurre en recintos menos públicos. La corrupción en internados católicos es espantosa. En los cuarteles militares nadie sabe lo que pasa. Lo que sucede al interior de los bancos, no puedo ni imaginarlo. La política en cambio, por lo menos en los países democráticos, está sometida a vigilancia. Los poderes del estado, los partidos opositores y la prensa, están pendientes de los actos de los políticos. De tal manera, puede ser que el político no sea más corrupto que otros profesionales. Pero su corrupción es notoria. No ocurre así bajo una dictadura
Para poner un ejemplo conocido: A los partidarios de Pinochet en Chile nunca les importó la suerte de los desaparecidos, las heridas de los torturados, los cuerpos calcinados, ni siquiera los múltiples casos de mujeres violadas por la tropa enardecida. Eso no era para ellos corrupción. Todo lo contrario, el general libraba una lucha a muerte en contra del “comunismo” y en la guerra todo está permitido. Recién algunos comenzaron a disentir cuando fue descubierto que, además de asesino, el general era un miserable ladrón. Entre los años 1973 y 1990 Pinochet acumuló una fortuna de 21 millones de dólares de los cuales 17 no tienen justificación (es lo que se sabe). Es decir, el corrupto general robaba el dinero de todos los chilenos, incluyendo el de sus seguidores.
El caso Pinochet es solo un ejemplo. Después de la caída del muro de Berlín ha sido revelada en profundidad y extensión la Dolce Vita de las Nomenklaturas. Las dachas del Mar Negro, los mansiones lujosas, el acceso a filmes prohibidos, las orgías, la pornografía y el consumo de drogas de los jerarcas, todo eso ya ha sido ampliamente documentado.
La corrupción es parte de la vida política. Pero mientras en la política pública los berlusconis suelen ser descubiertos, bajo dictaduras la corrupción es “secreto de estado”. Secreto a voces que los propietarios del poder tratan de ocultar con leyes en contra de la corrupción. Así, mientras en los regímenes democráticos la corrupción es descubierta gracias a leyes, en los no-democráticos es escondida debajo de leyes. El problema, menos que en leyes está entonces en el grado de transparencia política de cada nación.
El tema de la corrupción de los políticos no es nuevo. Podríamos decir que se encuentra en los propios fundamentos de la política moderna. Dos de sus más esclarecidos fundadores del siglo XVl, los florentinos Nicolás Maquiavelo (Discorsi) y Francesco Guicciardini (Dialogo e Discorsi) pusieron el tema de la corrupción política en el centro de sus reflexiones.
Muchas coincidencias había entre los dos grandes pensadores. Ambos estaban de acuerdo en que la corrupción es inherente a la degeneración de un orden político. También en que la corrupción aparece cuando los representantes se desligan de la comunidad a la cual pertenecen. Y no por último, que bajo corrupción debe entenderse la renuncia de los políticos a las virtudes ciudadanas, dejando la administración de la ciudad librada a los avatares de la “fortuna”.
Solo en un punto había entre Maquiavelo y Guicciardini una diferencia sustancial.
Para Maquiavelo la corrupción debía ser superada mediante una mayor centralización. Guicciardini opinaba justamente lo contrario: la administración y la formación de gobiernos locales era el mejor antídoto para que los políticos no vivieran alejados de la ciudadanía.
Esa diferencia ha continuado haciéndose presente en la historia de la filosofía política. Es también la diferencia entre dos ideales. Mientras Maquiavelo adhería al ideal romano, Guicciardini estaba más cerca del ideal griego de la política. O en otras palabras: Mientras Maquiavelo era más republicano que demócrata, Guicciardini era más demócrata que republicano. Haciendo una extrapolación podríamos decir que en la filosofía política de nuestro tiempo, Carl Schmitt representaría el ideal de Maquiavelo y Hannah Arendt el de Guicciardini.
Naturalmente, el ideal de Guicciardini trae consigo riesgos. Puede ser que en una democracia la corrupción de los políticos sea más fácil de controlar. Pero también es cierto que la visibilidad de la corrupción puede volverse en contra de la misma democracia, y eso es lo que pensaba seguramente Maquiavelo.
Mientras más democracia, más son los casos de corrupción que se conocen pero a la vez más son los demagogos que en nombre de la lucha en contra de la corrupción aguardan la hora para destruir a la democracia. No hay más alternativa entonces que correr con los riesgos. Hay problemas cuya solución es peor que el problema.
¿Quién dijo que vivir en democracia es fácil?
Fuente: www.Prodavinci.com