Los psicólogos acostumbran a recomendarles a las víctimas que trabajen sus respectivos duelos y les recuerdan que necesitarán tomarse su tiempo para que sus vidas vuelvan a discurrir por el cauce más adecuado. El tiempo nunca consigue curar a nadie por completo de las heridas que le ha podido causar otro ser humano, pero sí se convierte en un perfecto aliado a la hora de ayudarnos a interpretar mejor los hechos acontecidos y a ser capaces de mirar en esas direcciones paralelas que, en medio del desastre, habíamos ignorado por completo. Cuando somos capaces de enfriar un poco la mente y de permitirle pensar con toda la tranquilidad y la serenidad del mundo, ésta es capaz de deslumbrarnos con hallazgos increíbles que siempre acaban arrojando mucha luz sobre nuestras dudas y mostrándonos el nítido camino de otras versiones de la realidad que no siempre coinciden con la versión autorizada y legitimada.Cuando somos informados de que se ha producido un atentado o de que se ha cometido un asesinato, siempre equivocamos la primera pregunta que nos formulamos de forma casi automática. La pregunta no debería ser “¿Quién ha sido? sino “¿A quién le beneficia la situación que viene después de ese atentado o de ese crimen?”Cuando hace un año la Rambla de Barcelona y el paseo marítimo de Cambrils se tiñeron de sangre por los atentados perpetrados por unos jóvenes descerebrados que consintieron morir matando como tributo a Alà, todos dirigimos nuestra mirada hacia la comunidad musulmana y nos cuestionamos si podíamos sentirnos seguros teniéndoles como vecinos. Las televisiones no dejaron de emitir a todas horas imágenes de los terroristas, de sus familias, de los mossos de esquadra que les abatieron, de algunas de las víctimas y del imán de Ripoll a quien señalaron desde el primer momento como el principal responsable de los atentados.Con la mayoría de los terroristas muertos y el resto en la cárcel, el tema parecía quedar cerrado. Desgraciadamente, todo apuntaba a una muestra más del odio que Estado Islámico siente hacia occidente y todo lo que representa. Pero entonces empezó a desencadenarse un cruce de acusaciones entre el Gobierno de España y la Generalitat de Catalunya. Se reprochaban mutuamente no haber facilitado toda la información de que disponían unos y otros y se cuestionaban las actuaciones del cuerpo de mossos de esquadra, de la policía nacional y del CNI. Todo este embrollo no presagiaba nada bueno y muchas de las declaraciones de aquellos días y de días posteriores de algunos ministros aún lo acababan complicando todo mucho más.Si un país de la Unión Europea está en el punto de mira de un grupo terrorista y ese país, a través de su servicio de inteligencia o de los muchos confidentes con que cuenta la policía del cuerpo que sea, tiene conocimiento expreso de que se está preparando un atentado en una de sus ciudades y sabe incluso los puntos que pueden resultar más vulnerables, lo lógico es que se dejen de medir los egos entre gobiernos centrales y autonómicos y se pongan todos los medios necesarios para abortar dicho atentado. Lo que no sería normal en un país de esa misma Unión Europea ni de cualquier punto civilizado del mundo, es que cada uno vaya a su bola y trate de ponerle la zancadilla a los compañeros de su mismo bando. Sin embargo, es lo que ha pasado en España. No sólo en 2017 en Barcelona y Cambrils. Pasó lo mismo en el atentado del 11M en Madrid y seguro que, si indagamos en la hemeroteca, encontraríamos muchos más ejemplos de lo incapaces que somos de ir todos a una cuando se trata de defendernos de un enemigo común.Pero, lejos de aprender de los errores, en este país tan repleto de banderas y de falsos patriotas, todo lo arreglamos reivindicando los derechos de las víctimas en los aniversarios de sus muertes o de sus pérdidas irreparables. Y, cómo no, haciéndonos la dichosa foto todos juntos, aunque no nos soportemos y el resto del año seamos incapaces de coordinarnos para que esas víctimas se sientan de verdad comprendidas y abrazadas.
Estrella PisaPsicóloga col. 13749