Psicópatas

Publicado el 08 agosto 2014 por Isabel Topham

Lo caracterizaba su detonante y pálida piel reflejo del cielo, y víctima de la compasión. Triste y desolado, huye, mata y ve morir. Aún así, su único objetivo es saciar su ira, amor, tristeza o locura con el precio de la vida de otra persona.
Por costumbre, llevaba siempre un hacha al hombro y vestía con un traje verde fluorescente con estampados en forma de rombos en tonalidad distintas. Un pelo a lo afro y pies más grande, e igual de característicos que los de un payaso.
Un cuerpo lleno de heridas petrificadas y unas manos manchadas de sangre curtidas del sudor, sacrificio y sufrimiento de los últimos años. La pérdida de su memoria cada vez era más rápida, y extrema.
Ya era costumbre para el ciudadano ser asustado en calles sin salidas, y llevándose como recuerdo aquel traumatizante momento al cuerpo. Mugía hasta con ondas sádicas atrayendo sin querer a gente cuyo objetivo era únicamente el de huir.
Internamente, su rareza es extrema. Todo aquel que le produzca un sentimiento profundo, sea amor u odio, lo aniquila. Segundos después de entregarse en alma y cuerpo debe destrozar cada milímetro de su piel, la cual yace inconscientemente entre el miedo y la soledad. Sin juicio ni conciencia, como mejor disfruta es saboreando la sangre ajena que corre por su boca, y el hedor llega hasta el tabique nasal produciéndole así una de sus taras mentales.
A mayores dosis, mayores vicios.
Al caminar va zarandeándose con dificultad de un lado para otro, como zombie. Todo fluye con normalidad hasta el momento en el que localiza a su presa, siempre de manera amorosa. Alza los brazos en señal de auxilio, levanta la mano izquierda con el hacha sosteniéndola y con sigilo avanza hasta colocarse al borde de su espalda cuando sonríe plácidamente de clavársela por ella. Ésta, cae rendida a sus pies de un golpe y con apoyo en sus rodillas, seguidamente y por la ausencia de su fuerza se balancea quedando tumbada boca abajo en la arena de aquel recinto; escupiendo parte de la sangre por la boca y liberándose de una gran cantidad de ella que recorre toda su espalda, cuando éste observa sin temor y con delirio aquella obscena escena de miedo.
Bajo el hombro lleva colgando una cabeza con sangre derramándose del cuello y todos sus músculos roídos, cuyos labios están sellados en forma de cruz por una sustancia blanquecina que le hace dar mordiscos al aire de vez en cuando, y es fácil percibir la ausencia del ojo izquierdo. Es tratada como una bola de billar para jugar a los bolos.
Necesita su voluntad para no volver a sentir el dolor que le produce el placer de ver morir el cuerpo de otros con sus propias manos. Necesita sentir el calor de la muerte abrasándole la piel, en silencio avanza y con pasión mata.
Necesita matar para sentirse vivo.