Revista Remedios

¿Qué es el Trastorno Negativista Desafiante?

Por Integra Salud Talavera @integrasaludta
¿Qué es el Trastorno Negativista Desafiante?

En ésta época del año aumentan las consultas de psicología infantil, sobre todo en lo referente a la adaptación del menor al centro escolar.  El psicólogo, José Antonio González Porras, nos explica el Trastorno Negativista Desafiante, en qué consiste, qué problemas acarrea y cómo podemos prevenirlo.

¿En qué consiste el Trastorno Negativista Desafiante?

Se trata de una conducta, por parte del menor, de desafío a las figuras de autoridad, bien sea con sus padres, profes o compañeros de clase que considera la directriz que tiene que seguir.

¿En qué edad se presenta?

Comienza a partir de los 6-7 años hasta los 14 años aproximadamente, no porque el problema cese, sino porque el nombre del diagnóstico cambia, pasa a tratarse de un Trastorno de conducta.

¿Cuáles son los factores de riesgo del Trastorno Negativista Desafiante?

Éste diagnóstico se produce sobre todo en ámbitos familiares en los que existe un conflicto en el estilo parental.

Uno de los progenitores es más protector, transmite mayor calidez emocional y es más dependiente. El otro progenitor es todo lo contrario, es más punitivo, más exigente y es más independiente.

Esto confunde al menor. Los dos progenitores de los que más aprende conductas tienen como dos idiomas distintos. Esto no es causa- efecto. El menor también está recibiendo directrices de sus profesores, tíos, hermanos mayores, etc.

Es muy importante cómo se gestiona la culpa. El decirle a un menor “eres el culpable o esto pasó por tu culpa” le lleva a protegerse, a mentir u ocultar la responsabilidad que tiene en lo que ha ocurrido o ha posicionarse de forma oposicionista y echarle la culpa a otra persona.

¿Cuáles son los criterios diagnósticos del Trastorno Negativista Desafiante?

Lo primero que llama nuestra atención es que el niño siempre está irritable, está tenso, y en conflicto o competencia con los adultos que él considera figuras de autoridad.

Aquel individuo que se acerque a él para decirle lo que tiene que hacer se va a encontrar una respuesta del menor de oposición directa o de desafío.

Otra característica es que más adelante, no en el momento en el que está siendo reprendido o castigado, buscará la manera de devolver ése castigo.

Por ejemplo, mostrándose de una forma pasiva boicoteando una tarea que es responsabilidad de la autoridad, dejándose cosas sin hacer para echar la culpa a otro o descubriendo el punto débil de ésa autoridad para reprocharle algo.

Otra característica es la distracción de lo que realmente sería interesante para el niño a esa edad: un juego o un aprendizaje. Esto ocurre porque está ocupado en cómo defenderse de su padre/madre o pendiente de como boicotear la clase.

¿Cuál es la relación entre el Trastorno Negativista Desafiante y el TDAH?

Es muy habitual la confusión pues la frontera entre uno y otro es muy débil.

El Trastorno de Déficit de Atención es un diagnóstico psiconeurológico en el que por razones exclusivamente neurológicas se genera una alta sobre activación que bloquea al niño ante situaciones de estímulo.

Si el niño recibe muchos estímulos a la vez no va a saber a qué hacer caso o no va a parar el tiempo suficiente en cada estímulo para sacar el mayor beneficio posible, esto es lo que gráficamente se representa como hiperactividad que deriva en un problema de desatención. Pueden ir los dos juntos o por separado.

En éste caso no influyen tanto las cualidades de los progenitores ni del ambiente. Éste niño presentaría ésta sintomatología de cualquier otra forma.

Sin embargo, es cierto que debido a éstas circunstancias psiconeurológicas es más fácil que se aprenda ése patrón desafiante respecto a la autoridad.

En menores que han sido diagnosticados con un Trastorno de Déficit de Atención con o sin Hiperactividad y luego han manifestado un Trastorno Negativista Desafiante es más probable que entre los 16-18 años todo desaparezca y adquieran un patrón más maduro.

En cambio, aquellos menos que han sido diagnosticados de Trastorno Negativista Desafiante sin que previamente haya habido un TDA es más fácil que eso se traduzca en otro diagnóstico a los 16 años en Trastorno Disocial o a partir de los 18 años en Trastorno de personalidad antisocial.

El Déficit de Atención facilita que en casa aparezca esa conducta disruptiva y que el niño de alguna manera juegue o manipule a sus padres para obtener los mayores beneficios posibles.

Si ésto se traslada o generaliza también al ámbito escolar es bastante fácil que los profesores que sucesivamente vaya teniendo le coloquen en filas más alejadas, le atribuyan el vaso roto o las risas y se le empieza a etiquetar como un “niño malo”, un niño rebelde.

Esto lleva a darle continuidad a esa conducta disruptiva.

¿Cómo se trata el Trastorno Negativista Desafiante?

Lo primero es retirar esa etiqueta. El niño no es malo.

Lo que está haciendo el menor con un Trastorno Negativista Desafiante es buscar atención de sus padres. Lo que manifiesta en el fondo es mucho miedo. Aunque el niño parezca muy seguro de sí mismo cuando nos culpa o boicotea o se venga.

El niño tiene pánico a perder la atención de sus padres, a que dejen de quererle o que le abandonen.

Por eso es fundamental quitar cuanto antes la etiqueta de que “es malo” para que los padres no aprecien a su hijo/a como alguien que ha venido al mundo para hacerles la vida imposible.

En el niño con Trastorno Negativista Desafiante hay una doble faceta: el momento angelical y el otro momento diabólico. Tendríamos que quedarnos con el primero, ése es nuestro verdadero hijo/a.

Lo otro, que viene a continuación del momento angelical, aparentemente de forma mecánica e inevitable, es una especie de garantía que busca el niño para asegurarse esa protección y cariño de forma continuada que le lleva luego al arrepentimiento, a abrazar a su madre y a pedir perdón.

Ésta parte refleja al progenitor independiente. “Tú, como mi padre/madre deberías de darme lo que estoy exigiendo, automáticamente, sin necesidad de justificarlo”.

Para obtener los resultados que espera, actúa de la misma forma que ha observado al progenitor independiente: dando un golpe en la mesa, gritando o zarandeando muebles.

Lo segundo son las auto- instrucciones.

Una vez que hemos quitado esa etiqueta y reconocemos esos comportamientos como sanos vendría el proceso de trabajar con el menor las auto-instrucciones.

La impulsividad que lleva inherente éste tipo de comportamientos requiere que el niño tome consciencia de sus acciones para que se pueda hacer responsable de ellas, es como jugar a los robots.

Jugar a los robots significa reconocer un patrón, un código o un algoritmo que está detrás de todas esas acciones: cómo entra en casa, cómo deja la mochila, cómo empieza los deberes, cómo se va a dormir, etc.

Si pudiéramos segmentar todos los episodios que contienen la serie completa de cada día y consiguiéramos que el menor se hiciera responsable de cada una de ellas para reconocerlas como algo predecible, algo que se puede manipular para mejorar la relación con cada uno, obtendríamos la segunda parte del tratamiento.

Entre medias podría haber otro tipo de intervención

Otra posibilidad es la farmacológica. En algunos casos es imprescindible, afortunadamente cada vez menos.

Y finalmente tenemos los ejercicios de relajación que vendrían a propósito de sustituir ésa medicación.

Éstos ejercicios de relajación no pueden ser los mismos que los de un adulto. Deben estar gamificados o investidos en algún formato de juego. Algo que al menor le resulte un ritual fácil de adquirir o memorizar y que se ponga en marcha al principio de cada uno de esos episodios.

¿Cómo afecta la calidad de vida el Trastorno Negativista Desafiante?

En primer lugar, altera las actividades familiares. Ir a desayunar a una cafetería, visitar a unos amigos o recibir visitas se ve comprometido. Los adultos van a disminuir su vida social.

A continuación, esto facilita que se produzcan más discusiones en pareja, que ambos progenitores se culpabilicen el uno al otro de la situación. Uno por extralimitarse en su función de castigo, el otro por sobreproteger al menor.

Estas discusiones son presenciadas por el menor afectado y, de alguna manera, le llevan a retroalimentarse o considerar que lo está “haciendo bien”, que en cierto modo él tenía razón cuando sentía que la culpa la tenía tal o cual progenitor.

Es esencial, por tanto, que el menor nunca presencia esa discusiones, por muy buenos resultados que tengan para la convivencia.

Lo ideal es que el niño vea que es igual dirigirse a su padre que a su madre porque van a pensar los dos igual, que sea vea que hay un sólo código penal en casa.

Debe haber un acuerdo tácito entre los padres sobre cómo educar al menor. ¿Cuáles son límites? Qué es lo que se puede hacer y que es lo que no. A qué hora es la cena, cuándo y dónde. A qué hora nos vamos a dormir, etc.

Es esencial que haya una normalización y que ambos padres estén al corriente de eso. Colocar las normas en un papel de forma gráfica en la puerta del frigorífico es una buena táctica (adaptar a la edad del niño).

De ésta forma el menor tiene más claro lo que debe hacer o lo que le asegura mayores beneficios e intentará evitar aquellas conductas que no le generarán ninguno.

A modo de conclusión

Es importante dejar de juzgar a las personas. Debemos retirar las etiquetas de “bueno” o “malo” y utilizar un nuevo criterio “me gusta” o “no me gusta”.

Cuando le digo a mi hijo/a que algo no me gusta no le estoy atribuyendo que sea bueno/a o malo/a simplemente que esa conducta no me gusta y a continuación le ofrezco alternativas que sí me gustan para animarle a que negocie, que de las opciones que le doy elija una o configure una quinta.

De ésa manera nos hacemos responsables de su educación pero le dejamos también que innove o genere alternativas que en pocos años nos van a superar.

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