Qué Hermosillo: 6.3

Publicado el 15 febrero 2013 por Jlmaldonado

Así nos recibía el país el viernes pasado. Para la fortuna de muchos, el número no era en la escala de Richter, no; mientras esperaba que las maletas hicieran su acto de aparición en la correa, alguien que estaba a mi lado, reconocido en el ámbito deportivo, dijo “coño qué bolas”. Le pregunté que qué pasaba y me dijo, “mira”, y me enseñó el fatídico tweet que anunciaba el ajuste cambiario a BsF. 6,3 por dólar. El temblor no fue físico, insisto, para nuestra dicha; pero sí lo fue psicológico y también moral, sobre todo después de tantas mentiras, engaños y supuestos avances en nuestra economía, que cuando entra en comparación con la de otros países, da pena.
Para nada iba a comenzar esta brevísima crónica hablando de ajustes cambiarios y devaluaciones, no; aún venía pensando en beisbol con sabor a bacanara; en desiertos y cactus que por hostil que parezcan, siempre son una caricia a la mirada y al pensamiento (al tacto, lo dudo); y en ese “mande” con el cual todos los sonorenses -y supongo que los mexicanos en general- inician su conversación con propios y extranjeros. El sabor del triunfo por el título alcanzado en nuestra pelota, más allá del rol en Hermosillo con un equipo totalmente distinto al que alzó la copa el pasado 30 de enero, aún estaba allí, sobre todo cuando en mi caso particular, estás involucrado con los intríngulis que implica armar un equipo.
Superando los escollos del primer día entre ajuste climático (4 grados en la noche y 30 al mediodía) y algunos detalles de la organización del evento que se escapaba de nuestras manos, el contraste-país entre lo que tenemos y lo que no tenemos, afecta, y mucho. Te dices a ti mismo y constantemente, por qué tu ciudad no está así; por qué la gente no es cortés o educada como ésta; por qué en las calles no hay ni un papelito y allá en Caracas, ni hablar (basta caminar cualquier avenida para darse cuenta de que no exagero); por qué los colegas de una emisora mexicana se sorprendieron cuando después del primer día de transmisión nos ven recoger los cables y equipos por si acaso no nos fueran a robar. Respuesta: “¿Qué? ¿Robar? ¿Quiénes? Nosotros nos vamos y miren la caseta, ahí dejamos todos...” Sí, qué vergüenza.
En medio de la zafra deportiva, agotadora por una parte pero gratificante por saber que lo estás haciendo bien, por la otra, siempre queda el tiempo para visitar, conocer, y en mi caso, buscar con un placer casi infantil una librería. En las dos primeras que encontré admito que mi frustración fue grande, pues no hallé en ellas nada particular, distinto a lo que puede encontrarse por aquí, además que el par de libreros quedaron ponchadísimos con dos autores universales por los cuales pregunté (allá también pasa), pero como a la tercera va la vencida, así fue cuando abrí las puertas de la librería Unison (Universidad de Sonora): una suerte de Scrat entrando al cielo repleto de bellotas, pero cambiándolo todo por libros. A la fuerza me sacaron mis compañeros que nada tienen qué ver con literatura y libros, sólo beisbol, beisbol y más beisbol... Así que sólo me llevé ocho libros y presto partí al Venezuela-México en el cual los dejamos en el terreno, valga recordar. Los chitilpineros se ofrecían para el menudo y el pozole; los tacos resultaron una delicia en el mercado municipal acompañados con chiles güeritos; los jalapeños rellenos una exquisitez; las coyotas un sabroso dulce (no picaba, en serio); la carne seca del estadio un volcán sólo apto para los mero machos; la horchata, un agua fresca exquisita. Así que la gastronomía fue aprovechada en pleno mientras pensaba que al día siguiente volvería a la librería a hacer de las mías, pero no fue así: almuerzo, tecates, molcajetes, música en vivo y bacanoras, nos anclaron a las sillas hasta tener que salir corriendo directo al aeropuerto en horas de la noche, con una “visteada” de la chingada y un país esperándonos con una devaluación telúrica de 6,3, haciendo temblar al más guapo de los bolsillos.