Pero luego está la otra parte, la de las comidas/cenas de navidad forzadas por la ocasión, los décimos de Navidad de compromiso, los regalos sin sentido, poner el árbol, quitar el árbol, visitas obligadas, llamadas falsas, los mensajes ñoños sin valor alguno, las carreras por la cita bíblica más original (si es que esto es posible), pensar en qué regalar, pensar en qué pedir…
Pero ¿quién quiere ser el Grinch de la Navidad? Al final, quieras o no, pasamos por todo esto y más. Algunos incluso con gusto y disfrute (les envidio), otros porque en nuestra condición de seres sociales no nos queda más remedio que adaptarnos. Y un año más las navidades se acercan y hay que planificar, poner buena cara y sentarte en la comida de Navidad de empresa a reír las gracias a los de siempre. Allí estaremos (compañeros, si leéis esto, tomároslo como un recurso literario, vosotros sí que sois graciosos de verdad, pero me han contado que en otras empresas no pasa igual).
A raíz de todo esto, hace unos años, mi socia