miércoles, 12 de marzo de 2025

A LOS OJOS DE NADIE

Los dos últimos planos encadenados del epílogo en blanco y negro que cierra "At sea" escenifican dos entierros. Consecutivamente, el del protagonista y el del medio que, esta vez, eligió Peter Hutton para inmortalizarlo.

Escultor, pintor y cineasta, a Hutton, apenas le faltaría por filmar el esencial y minimalista tríptico "Three landscapes" en 2013 para así cerrar una carrera modestamente ejemplar, lejos, muy lejos de la mayoría de cineastas vanguardistas, experimentales, caseros y similares con los que suele compartir libros y retrospectivas y entre los que abundan los que nada tienen que ver con él. Falleció en 2016.

Pero volvamos a esos dos planos.

En el primero, un grupo de unos seis u ocho chatarreros, en una playa de Bangladesh, elevan, como si de un ataúd se tratase, una plancha de metal arrancada al oxidado casco de un ciclópeo barco abandonado después de haber prestado servicio durante años. Parecen felices, como pequeños carroñeros picoteando un gran animal que los alimentará por largo tiempo. No es la última pieza que les quedaba por acarrear, pero el gesto es tan significativo que se presta a ser el final de la película.

Sin embargo, cuando se han marchado, es el propio Hutton quien pareciera irse y dejar morir la cámara, aún grabando, al constatar que ya no queda nada por hacer. En ese momento los hombres se acercan curiosos al objetivo, como en las viejas bobinas de Louis Lumière, más confiados, como si tras el instrumento que los filmaba ya no hubiese nadie manipulándolo. La pose ceremonial del grupo que habíamos visto hace unos minutos cuando aún se sentían observados, se torna jocosa. La cámara cinematográfica ya no es un espejo, es un cristal.   

Estamos en el tercer acto del film y se ha repetido, despojado de elementos tecnológícos, el primero.

Vemos a un hombre bajo una pequeña sombrilla clavada en la arena, un vigilante tal vez, porque el plano de apertura del film, en el muelle de construcción del barco, tomaba a los obreros protegiéndose del sol bajo un toldo. Vemos a los hombres desgajar, afanosamente, con herramientas rudimentarias, las mismas piezas que antes fueron ensamblándose. Relacionamos esa foto grupal a la que me refería porque rimaba con la que al principio se hicieron los marineros el día de la botadura del barco. También tenemos las vivas olas que en el ciclo infinito de las mareas erosionan los restos del cadáver del barco y tuvimos el agua inerte en que se produjo la gestación de la nueva nave. Hasta ese mismo plano final digamos "post mortem" queda justificado porque el oficial alumbramiento del barco - fanfarrias y confetti; antes se hacía con champán - siempre se produce después de su finalización en los astilleros.  

¿Hay forma más elocuente de dar a ver la contaminación y el neocolonialismo?

La expectativa de la presencia humana podría hacer pensar que son los momentos más importantes de la película, pero lo más hermoso del film me parece el extraordinario segundo acto, filmado enteramente desde el punto de vista a bordo del barco y donde Peter Hutton concentra el bagaje que le otorgaron sus otros films marítimos o fluviales: "Skagafjördur" (2004), "Two rivers" (2002), "Time and tide" (2000), "Study of a river" (1996) y "Landscape (fon Manon)" (1987).

Son tal vez los mejores planos de su carrera y no parece proponerse tal cosa porque, miradas con desidia, estas estampas apenas se diría que documentan durante dieciséis minutos las rutinarias travesías de un barco, cualquier barco.   

Encontrar al Peter Hutton ávido lector de Joseph Conrad y la aventura, las historias de puertos, los sueños de los hombres que nacen y es como si cayesen al mar según dice la frase que preside la película, no tiene sentido. Sí al marinero que durante años se enroló en cargueros como esta nave comercial que parece inhabitada.

Tal vez en otra época y en otro cine pudo ser posible intentarlo, pero en 2007, sensato, Hutton buscó otra utopía más pedestre, la del viaje, el anhelo por compartir lo que antes que observado fue ya vivido, es decir, evidenciar las sensaciones atesoradas en la memoria antes que lo leído en libros o visto en películas: cómo llega el aire cálido a cubierta al aproximarse una tormenta, cómo relampaguea la noche cerrada, la sensación placentera de la primera lluvia o la inquietud que despierta la que no cesa, la calma de la más absoluta soledad, el sol naranja que se quedó rezagado a popa un atardecer, la lentitud del mundo cuando el horizonte no cambia nunca. 

El hecho de que consiga restituir siquiera algo de todo ello, sin música, sin palabras, sin banda sonora, sin insertos, sin closeups ni primeros planos, solo mediante la sugestión del montaje, los encuadres, el tiempo de exposición y el ritmo, ya es asombroso, pero de ninguna manera casual. Lo que tanto suele abundar en films de colegas suyos y que debiera ser antes que un elemento de estilo el resultado de una falta de medios o en el mejor de los casos una abstracción, el final de un proceso, pero que algunos, demasiados, ya ponen en funcionamiento indiscriminadamente en su primer corto - las colas de fotogramas veladas, los desenfoques, las repeticiones, las abrasiones, los fundidos a negro... -, no se encontrará aquí, Sus autoimpuestas limitaciones, justificables por autonomía de trabajo y presupuesto, son elecciones largamente fundamentadas, lógicas en alguien que nunca dejó de ser cada una de las cosas que fue. 

Cada plano es un lienzo, cada lienzo un trozo de mármol o de barro y cada uno de estos últimos, un plano. Es irónico que la fracción de tiempo que capta un óleo o la de espacio que queda inmortalizado en una estatua, puedan cobrar movimiento por este arte del cinematógrafo que nos ha permitido alcanzar el hito de ver a través de los cuerpos opacos y ahora somos menos clarividentes. 


viernes, 31 de enero de 2025

SOÑAR, DORMIR, TAL VEZ MORIR

Una de las películas más enigmáticas de finales del siglo XX.
 
Al contrario que la mayoría de los cines, empezando por el español, que somos sus vecinos más próximos, singularmente carentes de misterio por muy interesantes que puedan ser las películas que se lleguen a materializar cada año, el portugués es rico en obras llenas de secretos, insondables por muy sencillas que sean sus maneras.
 
"Glória" (1999) de Manuela Viegas brilla como una gema extraña, insólita, como lo hacen las de tantos cineastas de obra única, pero especialmente como lo hacen las de bastantes lusos con carreras muy prolijas - incluso muy extensas en el tiempo - que han filmado siempre, una tras otra, operas primas, recomenzando cada vez que se ponen tras la cámara, sin astucias para hacerse con un territorio y creerse autores, qué importa si aburridos de sí mismos. 
 
No hace falta ser muy sagaz para deducir que no es esa la fórmula del éxito.

Recuerdo el caso, paradigmático, de Vítor Gonçalves. Tres películas, o casi porque la segunda, hecha para televisión apenas se extiende por una hora de metraje y se ha visto poquísimo, treinta largos años entre el primer proyecto y el último y una vieja colección de elogios de ilustres compatriotas entusiasmados con la promesa. "Uma rapariga no verão", su debut en 1986, ahora parece mentira, convocó a ese fantasma cansado que aparece siempre que alguien va a ser importante. Se citaron o debió haberse nombrado a Jacques Rivette, Ignacio Aldecoa, Raúl Ruiz o Paula Rego. Se habló de él como "hijo de Antonio Reis"... se dijeron tantas cosas. En el 89 llegó esa breve y elusiva "Meia noite" y para cuando estrenó su último film, "A vida invisível" (2013), mejor que la mayoría de los de la temporada, apenas ya hubo interés. Personal, sentido, sobrio, culto, pero tuvo mala suerte.
 
De la misma "familia" que Gonçalves desciende Viegas, montadora de algunas de las mejores obras de João César Monteiro, Rita Azevedo Gomes, Pedro Costa, Alberto Seixas Santos, António-Pedro Vasconcelos o João Botelho
 
Quien espere ver en "Glória" una selección de imágenes de todos ellos, no la encontrará. Antes bien todo parece pensado por primera vez, es decir, propio antes que nuevo y sin embargo vibra su película como un acertijo infantil, que parece fácil de resolver, intrínseco a la primera memoria, no siendo en ningún momento ni un thriller ni una aventura, géneros donde de entre los dobleces y los ángulos oscuros brota la intriga, surge la duda. 
 
Costaría incluso acercarla a la lumbre de algún referente o sería solo una aproximación. Me gustaría pensar que importaron mucho a Manuela Viegas las dos primeras películas de Víctor Erice, el más portugués de los cineastas españoles no por casualidad. Avergüenza, dicho sea de paso, no la poca herencia patria que han tenido nuestros dos mayores cineastas porque tampoco de Luis Buñuel hay ningún continuador, sino que apenas alguien aprendiese algo sin copiarlo.  
 
"Glória" escenifica un duro panorama, norma antes y ya triste epílogo hoy día. De lo verdaderamente rural solo sabe quien se queda a vivir allí. Pueblos vaciados, parentescos viciados, esperanzas vencidas y sueños vestidos de pesadilla. Si algo con la intensidad necesaria prendiese la película, esta tomaría impulso para justificar cualquier relato. De las acciones, surgirían las emociones, todo lo graves que se quiera, porque siempre se está a tiempo de corregir con un buen y tranquilizador final. Pero aquí estamos en el otro lado del cine y recordando aquella máxima, tan poco seguida, de "Notes sur le cinématographe", como las acciones vienen tras las emociones, si solo cunde el desaliento y el hastío...
 
Sería difícil tratar de explicar cuanto sucede en "Glória", pero no lo es en absoluto entenderlo. La inmediatez con la que se siente el deseo o la desconfianza, el desarraigo o el odio, son la mejor prueba de que lo segundo es lo que de verdad importa.
 
La magnética banda sonora de la película - que suena a Erik Satie sin que se escuche una sola nota de su música -, la precisión de los movimientos de intérpretes o la composición geométrica de cualquier plano, contrastan con la textura de las imágenes, porosa y láctea, con los diálogos, aludiendo a hechos de los que poco sabemos y todo ello no deja de ser un fondo para cuanto concierne a su protagonista, una adolescente que es un animal perdido por cañadas y bosques, los rincones salvajes que algún empresario convertirá en autopistas y urbanizaciones y preparará para las futuras postales del progreso, es decir, para que la chusma asole sus rincones en pos de algo auténtico... de lo que huir el domingo por la tarde.

Para que llegue ese mundo falta una eternidad si eres un niño en un mundo de viejos, como Glória, que habita un lugar donde todo es perezoso y repetitivo y no hay nada detrás del horizonte, nada cambia, nada sucede. Los que nacimos y crecimos en pueblos alejados de todo supongo que para siempre miraremos como ella, aceptando las cosas, con curiosidad un tanto célibe, no pidiendo mucho, no sabiendo ser otra cosa que lo que fuimos por muy lejos que quede todo aquello, por muy cerca que esté ahora al regresar. Capta Manuela Viegas en toda su intensidad el caminar sin rumbo, a deshoras, las vías del tren serpenteando paralelas al río, los ancianos que se apoyan en la pared y se quedan inmóviles hasta que se les marcha su sombra, el barro de los charcos colándose en las casas detrás de los niños, las caras de aviesos campesinos de los honrados estraperlistas o el dolor infinito del niño que está enamorado de Glória pero no sabe qué le ocurre, por qué todo perdió el sentido de repente y, en una escena desconcertantemente emocionante, le quiere golpear cuando la encuentra sola.

La tragedia acecha, sí, pero faltarán los gestos. No hay épica ni lírica para los que no saben reconocerlas. Tampoco ley ni Dios, solo sus huellas, pero se borran con la lluvia.

domingo, 29 de diciembre de 2024

FIN DE AÑO

Esta entrada recoge la lista de películas que iba a enviar a la revista Senses of Cinema para la encuesta anual en la que he sido invitado a participar durante casi dos décadas. Lamentablemente no aparecerá en dicha publicación debido al cambio de criterio adoptado este año.

Son un buen puñado y solo aparecen las que me parecen mejores, pero hay otras interesantes, atractivas, bien fallidas o tal vez insatisfactorias en el balance final, pero apreciables, que no están y en algunos casos bien que lo siento porque las filmaron cineastas por los que tengo admiración o respeto.

El orden no es muy importante porque nunca es estable, pero traté de poner siempre primeras las que, por una razón u otra, me conmovieron o impresionaron más, con independencia de la relevancia oficial que tengan sus autores o autoras y lo que cuenten o contasen en su día para el estado y el porvenir de este arte.

 

25 RECIENTES - desde 2019 -

Three of us (Avinash Arun Dhaware, 2022), Le règne animal (Thomas Cailley, 2023), Tardes de soledad (Albert Serra, 2024), Rust (Joel Souza, 2021/4), Feng liu yi dai / Caught by the tides (Jia Zhang-ke, 2024), Keiko, me wo sumasete (Miyake Shô, 2022), Nha Mila (Denise Fernandes, 2020.

 y también

Une femme respectable (Bernard Émond, 2023), Chien de la casse (Jean-Baptiste Durand, 2023), La estrella azul (Javier Macipe, 2023), Verbrannte erde (Thomas Arslan, 2024), La Montagne (Thomas Salvador, 2022), Ma vie ma gueule (Sophie Fillières, 2024), The Starling girl (Laurel Parmet, 2023), Leme do destino (Júlio Bressane, 2023), The sweet East (Sean Price Williams, 2023), Bouquets 31-40 (Rose Lowder, 2022), Civil war (Alex Garland, 2024), Falcon Lake (Charlotte Le Bon, 2022), Hoard (Luna Carmoon, 2023), Trap (M. Night Shyamalan, 2024), La chimera (Alice Rohrwacher, 2023), Le grand chariot (Philippe Garrel, 2023), Cinema before 1300 (Jerome Hiler, 2023), Sob a chama da candeia (André Gil Mata, 2024).

 

NO TAN NUEVAS

Kiri no oto (Shimizu Hiroshi, 1956), Mei li zai chang ge / Murmur of youth (Lin Chen-sheng, 1997), La femme rêvée (Jean Durand, 1929), Aijô no kessan (Saburi Shin, 1956), Judaspengar (Victor Sjöstrom, 1915), Sono ato no hachi no su no kodomotachi (Shimizu Hiroshi, 1951), Paris, mon petit corps est bien las de ce grand monde (Françoise Prenant, 1998/2000), Naze kanojora wa sô natta ka (Shimizu Hiroshi, 1956), Stasera niente di nuovo (Mario Mattoli, 1942), Il cielo 'e rosso (Claudio Gora, 1950), La manzana de la discordia (Felipe Cazals, 1968), Leave no trace (Debra Granik, 2018), Sieben frauen (Rudolf Thome, 1989), Vincent n'a pas d'ecailles (Thomas Salvador, 2014), Chun hua meng lu / A drifting life (Lin Cheng-sheng, 1996), Dozhivyom do ponedelnika (Stanislav Rostotskiy, 1968), The secret fury (Mel Ferrer, 1950), Reviens et prends-moi (Françoise Prenant, 2005), Hayachine no fu (Haneda Sumiko, 1982), The unknown man (Richard Thorpe, 1951), Verteidigung der zeit (Peter Nestler, 2007).

y también

Catene invisibili (Mario Mattoli, 1942), A flash of green (Victor Nunez, 1984), Les combattants (Thomas Cailley, 2014), Tension (John Berry, 1949), Die sonnengöttin (Rudolf Thome, 1993), Ashima (Liu Qiong, 1964), Kojin kojitsu (Shibuya Minoru, 1961), Haha to ko (Shibuya Minoru, 1938), No place like home (Lee Grant, 1989), Nobody's child (Lee Grant, 1986), Padlocked (Allan Dwan, 1926), Les faux tatouages (Pascal Plante, 2017), Von Caligari zu Hitler: Das deutsche kino im zeitalter der massen (Rüdiger Suchsland, 2014), Ravina (Rubem Biáfora, 1958), Pura sangre (Luis Ospina, 1982), Ore wa matteru ze (Kurahara Koreyoshi, 1957), Onna mekura monogatari (Shima Kôji, 1965), Die unehelichen (Gerhard Lamprecht, 1926), Proposta in quattro parti (Danièle Huillet, Jean-Marie Straub, 1985), Green room (Jeremy Saulnier, 2015), Mulher (Octavio Mendes, 1931), Akhalgazrda kompozitoris mogzaurba (Giorgi Shengelaia, 1985), Shinobugawa (Kumai Kei, 1972), Shitsurakuen (Morita Yoshimitsu, 1997), Nihombashi (Ichikawa Kon, 1956), Fang lang / Sweet degeneration (Lin Cheng-sheng, 1997), Hana chirinu (Ishida Tamizô, 1938), Light and the city (Leo Hurwitz, Peggy Lawson, 1970), Smooth as silk (Charles Barton, 1946), The company you keep (Robert Redford, 2012), Stefano Junior (Maurizio Ponzi, 1968), The eternal virgin (Jorge Suárez-Quiñones Rivas, 2017), The hunted (Jack Bernhard, 1948), Schatten der engel (Daniel Schmid, 1976), Les gaz mortels (Abel Gance, 1916), Killa / The fort (Avinash Arun Dhaware, 2014), Donne senza nome (Gedza von Radvanyi, 1950), His forgotten wife (William A. Seiter, 1924), Strange fascination (Hugo Haas, 1952), El secuestrador (Leopoldo Torre Nilson, 1958), Das mädchen Irene (Reinhold Schünzel, 1936), The animal (Walter Ungerer, 1976), Fantasmi del mare (Francesco de Robertis, 1948), The thin blue line (Errol Morris, 1988), Yamanaka Tokiwa: Ushiwakamaruto tokiwa gozen hahato kono monogatari (Haneda Sumiko, 2005), Belyy Bim - Chyornoe ukho (Stanislav Rostotskiy, 1977), The second face (Jack Bernhard, 1950).

 

REVISIONES AL ALZA

A history of violence (David Cronenberg, 2005), Kong bu feng zi (Edward Yang, 1986), Under the red robe (Victor Sjôstrom, 1937), Pirosmani (Giorgi Shengelaia, 1969), Cinq et la peau (Pierre Rissient, 1981), Johanna D'Arc of Mongolia (Ulrikke Ottinger, 1989), A dangerous method (David Cronenberg, 2011, Cactus flower (Gene Saks, 1969).

 

OTRAS REVISIONES, QUE SE MANTIENEN

Gertrud (Carl Th. Dreyer, 1964), The shadow box (Paul Newman, 1980), Love affair (Leo McCarey, 1939), The Godfather, part II (Francis Ford Coppola, 1974), Beyond a reasonable doubt (Fritz Lang, 1956), Mulholland Drive (David Lynch, 2001), The man who knew too much (Alfred Hitchcock, 1955), Nada (Edgar Neville, 1947), Agostino d'Ippona (Roberto Rossellini, 1975), Charade (Stanley Donen, 1963), Le pélican (Gerard Blain, 1973), Una storia d'amore (Mario Camerini, 1942), Unheimliche geschichten (Richard Oswald, 1919), The village (M. Night Shyamalan, 2004), Volver (Pedro Almodóvar, 2006), Cornered (Edward Dmytryk, 1945), Frágil como o mundo (Rita Azevedo Gomes, 2001), Tôkyô yakyoku (Ichikawa Jun, 1996), Eastern promises (David Cronenberg, 2007), Hold back tomorrow (Hugo Haas, 1955), Le père Noël a les yeux bleus (Jean Esutache, 1966), Les photos d'Alix (Jean Esutache, 1982), Mädchen hinter gittern (Alfred Braun, 1949), Nazi agent (Jules Dassin, 1942), Let it be (Michael Lindsay-Hogg, 1970), Una mujer sin amor (Luis Buñuel, 1952), Siavash dar takht-e Jamshi  (Fereydoun Rahnema, 1960), Scorpio rising (Kenneth Anger, 1963).

lunes, 25 de noviembre de 2024

DULCE JUGUETE DE ESPERANZAS Y RELÁMPAGOS

No es aventurado suponer que los treinta y cuatro minutos que le faltan a la versión estrenada por Edgar Neville en 1947 de la novela "Nada" de Carmen Laforet, no son lo más peligroso o inapropiado de los ciento diez totales de su metraje original. 

La atroz incultura de la censura franquista, obsesionada con quitar de la vista del pueblo cuanto se desviaba de esa combinación, para lerdos, de catecismo resumido y cartilla castrense con la que gobernaron España durante cuarenta años, es muy probable que suprimiera más de un plano o diálogo inofensivo y a saber cómo pudo dar el visto bueno a la mera existencia de esta película negrísima y desmoralizante. 

Se contaron por docenas las "causas artísticas" abiertas a gente a la que les hicieron la vida imposible por las mayores majaderías, urdidas por quienes no habían abierto un libro en su vida y sin embargo nacieron, no tan ocultos, a veces a la vista de todos y hasta con aroma a sucesos de la temporada, auténticos monstruos, como este con la excusa de que ilustraba una novela de una joven autora de fulgurante éxito. 

Es posible que ya hayamos llegado de nuevo en 2024, setenta y muchos años después, a ese escenario de analfabetismo y aletargamiento, ya solo faltan cineastas subversivos, raros o imprevisibles como entonces fueron Edgar Neville, Llorenc Llobet Gràcia, Jerónimo Mihura, José Antonio Nieves-Conde, Carlos Serrano de Osma, Enrique del Campo, Carlos Arévalo...

No sé si la más insólita de las de Neville, pródigo en ellas, pero una singular criatura sin duda alguna "Nada", nada menos que un inopinado vástago pequeñoburgués y corroído por enfermedades mentales de los Ambersons de Orson Welles, que probablemente como film de categoría A no hubiera visto la luz en Hollywood y que solo en las profundidades de las series menores habría hallado cobijo. Solo esa legendaria impericia de los guardianes del credo nacional, permite explicar cómo Neville o Laforet, la chica de veintipocos años que había irrumpido en las letras españolas poco antes de la filmación de la película, pudieron ver materializadas sus obras y no tuvieron que salir despavoridos hacia la frontera en cuanto fue presentado su trabajo a las autoridades.

Del deslumbrante debut de Carmen Laforet quizá se esperó un valor para "alta literatura", con suerte una versión femenina de Pío Baroja, pero del inasible Edgar Neville, nadie supo nunca qué pensar y cómo ubicarlo. Ni cambiando de siglo ni ascendiendo desde la fabulación langiana (y de von Harbou, claro) de una ciudad subterránea bajo los pies de Madrid de la anterior obra de Neville, "La Torre de los Siete Jorobados", hasta la tercera o cuarta plantas de una casa de vecinos de la Barcelona contemporánea, se despeja la bruma y no hace sino acrecentarse la idea de que España era otro país y muy distinto del que oficialmente se enorgullecía el ciudadano desinformado de turno.

La peripecia de Andrea en la gran ciudad, no solo impulsada sino además escrita por la actriz que la encarnó, Conchita Montes, a la que habría que atribuir la coautoría del film - con sospecho que sumo gusto de su marido - es básicamente la inmersión de una inocente en la verdad de un tiempo y un lugar. Inocente por limpia, que no por ingenua, pero de todas maneras alguien que no comprende, se frota los ojos y hasta delira ante el vociferante panorama de rencillas, mezquindades, envidias, enfermizas dependencias afectivas y toda clase de violencias domésticas que se encuentra en su nuevo hogar y los tampoco muy alentadores ambientes frívolo y clasista o corrupto y hediondo de las altas y las bajas esferas a poco pisa la calle.

No es que estén de más los techos bajos y los contrapicados de Neville para hacer más opresivo el drama, pero con semejante podredumbre moral en primer plano, son un elemento de estilo más que una estilización, lo que le acerca más y tal vez nunca supo de su existencia, a Ozu Yasujiro que al propio Welles.  

A su particular Noriko, sonriendo no para encajar sino para no apartarse de su forma de ver las cosas, le espera una tarea ingrata con tantos años por delante; la mayor, la de no recluirse sobre sí misma. Los siglos que contemplaban a las sucesivas heroínas del maestro japonés encarnadas por la inolvidable Hara Setsuko, las tradiciones y códigos, la perpetuidad de lo cotidiano llevada a las puertas del rito, casi parecen un bálsamo en caso de derrota frente al horizonte que tiene Andrea, que no va a aprender nunca a sufrir la falta de privacidad, la injerencia continua, las miradas empecinadas en el error, de tanto miope que la circundan.

Todas esas circunstancias de su realización sin embargo no menoscaban el intrigante fluir de "Nada" y las forzosas lagunas y los aspectos no desarrollados resultado de la tijera hasta le otorgan un tono febril y alucinado. Al fin y al cabo la censura es un montaje alternativo, por muy brutal e intolerable que sea y el film aguanta de pie las acometidas porque descansa en una inequívoca voluntad de resistencia y fe en las posibilidades que llegarán y si no aparecen, valdrá la pena no haberse postrado.

Los, a menudo, divertidos y populares personajes que poblaban el cine de Neville, que se distinguían siempre por llevar la cabeza levantada en medio del batiburrillo de situaciones insoportablemente aburridas de los ambientes en que les tocaba vivir, una prolongación sin duda de la mirada de su creador, que desde muy joven conoció otros países y otras formas de entender el mundo, en "Nada" quedan reducidos a la tímida entereza de su protagonista. 

Ahogada y casi desfallecida entre tanto cruce de reproches y tejemanejes familiares, conserva la capacidad de saber que lo excéntrico y lo desusado (el tío violinista, cuyo suicidio es suprimido en el film y sustituido por un accidente, en el entendido de que así se le castiga más al no permitirle tener ni la dignidad o el valor para acabar con su propia vida) no tiene por qué ser ni conveniente ni mejor y que quizá el que no camina al paso de los demás, lo hace sin rebeldía ni audacia, solo para aprovecharse de su posición. 

Ni un primer plano le dedica Neville a su "villano" y sí muchos al reflejo positivo de su influjo, Ena, la amiga fascinada por el aura de misterio que rodea a la ilustre oveja negra de la familia, que es, con su mundanidad y su perfecto encaje social, el personaje más extraviado y despreciable de la película, siempre imantada hacia sus zonas oscuras, la auténtica nada con bonito rostro y ropas caras. 

Los momentos en que ambos se encontraban y se atraían, se confesaban y se seducían, esos que Laforet no escribió, Neville no filmó y la censura no tuvo que suprimir, hubiesen pertenecido al cine del emigrado Luis Buñuel, que desde México los brindaba a la salud de todos sus compatriotas. 

martes, 8 de octubre de 2024

¿HASTA PARÍS?

Inventar una historia para celebrar la vida o celebrar una historia para inventar la vida. He ahí una cuestión que puede determinar la naturaleza de una película y que por una vez no hace falta resolver.
Pensándolo, la respuesta es simple: se trata de una historia que no es una historia o al menos no lo es tanto de unos personajes, sino de la ciudad que los mira mientras la recorren sin cesar en pos del escenario ideal por si sucede algo ese día y cuando lo hacen la ensucian y a continuación la limpian. Una ciudad que parece encontrar resuello cuando sus habitantes se quedan en sus casas o se marchan al campo a henchir los pulmones.
Quizá por ser verano y haberse extraviado todas los costumbres, los objetos no responden como debieran, especialmente si se quiere que sean apéndices de brazos o piernas y prolonguen un gesto. Tal vez tengan razón Agathe y Pierrot y "el deseo es infinito y la acción es limitada" como dicen.
Lo cierto es que se quitan la palabra de la boca y se adelantan caminando por la calle, la una al otro, él a ella, quizá por esa vieja idea, esa idea vieja más bien, de que lo dicho antes vale un poco más. Se aman y sin que se sepa muy bien por qué (¿porque antes necesitan quererse a ellos mismos?) se comportan como si no significara nada lo dicho o lo sentido, se entienden y al momento se desentienden, nunca saben qué hacer ni dónde ir. No saben cómo vivir. Sí, es una historia de soledades.
No es descabellado pensar que si en algún momento uno de ellos se hubiese encaminado al suicidio, por imaginar lo más opuesto posible al relato, estoy convencido de que no hubiera habido interrupción en el tono. Hay un cierto placer, me refiero a que no hay discontinuidad, cuando no importa nada lo que sucederá después. 
Por una vez deberían contar muy poco las consecuencias que tantas veces se empecinan en menoscabar los hechos, parece pensar su autora.
Cuando nuestra pareja piensa en sí misma, no halla nada. Necesitan saber que podrán irse y por eso congenian con todos los que llegan a la ciudad, con cualquiera. Pierrot extraña Argentina, aunque diga que no es su país y por eso se encuentra a gusto con africanos para los que París es un lugar en el que encontrar una piedra donde sentarse y ese es su hogar.
Desde todos lo sitios desde los que se ve a lo lejos Europa, París son las callejuelas de no sé qué distrito, los mercados ambulantes, los márgenes del Sena, los brutales extrarradios, unos paisanos reunidos en una esquina y, si hay suerte, una ventana desde donde mirar el gran espectáculo de la vida.
 
Montadora de Depardon, script de Bresson, "hija" de Rivette y Rouch, "hermana" de Akerman, Biette, Vecchiali y todos los demás cineastas que dormían al raso en los años 70, Françoise "Franssou" Prenant dirigió su único largo más o menos convencional en 1998 - se estrenó en 2000 -  con el apropiado título de "Paris, mon petit corps et bien las de ce grand monde" y lo filmó en Super 8 y voz en off y en 16 milímetros y sonido directo, dependiendo digamos de la escala de la narración. Bonita idea la del sonido utilizado como las cuerdas de unas marionetas que todo maestro quiere ver libres.
Prenant se había recorrido medio mundo antes de llegar aquí.
Cuando plantó su cámara en Guinea o cuando lo haga en Beirut ("Sous le ciel lumineux de son pays natal", 2001), en Damasco (el fulgurante corto "Reviens et prends-moi" de 2005, con palabras de Kavafis), o en Argelia ("Bienvenue à Madagascar, 2016" y De la conquête", su obra de 2022, invisible desde su paso por el ultimo Cinéma du Réel, cuando escribo estas líneas), se sentirá tan en casa como cuando filmó "Paradis perdu" en los cabarets de su ciudad circa 1975.
Este París que capta su objetivo es un punto de partida y de llegada al mismo tiempo y esta película una oda al tránsito, al sueño, como las que dedicaban los cineastas rusos a Siberia, un territorio mítico, nunca visto aun si se atravesaba.
Las herramientas se repiten: una privilegiada banda sonora (es acaso la cineasta que mejor la ha utilizado junto a Claire Denis), una búsqueda de lo doméstico, de las repeticiones que vertebran las rutinas de un tiempo y un lugar, una capacidad para no embellecer lo feo proporcional a la de no esconder ni afear lo hermoso - el más difícil de los equilibrios para el libre pensador cinematográfico -, y cientos de insertos rimando con planos de los cielos y los suelos, que son los polos, las referencias para saber dónde se está y cuán lejos queda donde se quiere estar.

lunes, 30 de septiembre de 2024

TAN CALLANDO

En la vorágine audiovisual en que malvivimos, aún aparecen algunas pequeñas películas que hacen las veces de uno de esos gratos libros de bolsillo camuflados en la estantería detrás de la de los best seller de turno, esos que venderían su alma al diablo por alargar como sea sus quince minutos de fama. Letra chiquita, colores poco llamativos en la portada, sin ilustraciones ni rastro de ditirámbicas reseñas de dominicales en la faja... libros que no van a disfrutar de una segunda edición y si la tienen, con ese aspecto, sería de mal gusto señalar cuántos millones de lectores ya lo tienen en su poder.

El segundo largo del desconocido cineasta indio Avinash Arun Dhaware, "Three of us" (2023), es uno de esos films intrascendentes. 

No se ocupa de ningún tema de actualidad, en realidad no tiene gran cosa que revelar sobre sus "asuntos", que son tan universales y antiguos que, aunque eso sea lo que abunda, sería una insensatez abordarlos sin discreción. Quizá hace años fue posible, pero hoy día costaría agruparla con otras obras para incluirla en algún ciclo de festivales; nadie lo ha debido intentar de todas maneras.

Puntúa una historia estrictamente fuera del tiempo, porque, grosso modo, retorna al pasado porque se le escapa entre los dedos el presente, pero no hay un prometedor futuro al que esperar. Sus personajes tienen poco atractivo, transcurre en escenarios pobres y nadie envidiaría vivir esta historia que versa sobre las claves eternas del melodrama que espantan ya a casi todo el mundo, una a una, no digamos si aparecen juntas: el amor, la enfermedad, la culpa, la sinceridad, el fracaso o la huella que dejaremos cuando ya no estemos.

Sobrepasa "Three of us" por mucho al debut de su autor, "Killa / The fort" (2014), un film en el que cundía la sensación de encontrarnos ante un relato demasiado conocido. Lo que en esa primera obra iniciática fueron pequeños acentos al borde del decorativismo, un uso de la música a veces inteligente y algunos hallazgos - un revelador contraplano que se echa en falta, una mirada verdadera robada a un intérprete - en "Three of us",  tan bien escrita como filmada, son su materia prima y su razón de ser. De hecho, si se ve antes "Killa", que  presenta sencillamente esa primera edad de la vida, mejor se puede apreciar cómo compondrá "Three of us" su misterio.     

De entre las innumerables y rara vez memorables películas sobre el regreso a los lugares en que aconteció la infancia o la adolescencia, adonde se pertenece afectivamente incluso si los recuerdos amargan o se huyó sin mirar atrás, "Three of us" se distingue, como en su día lo hizo una de las pocas películas que me vienen a la memoria al contemplarla, "Viagem aos seios de Duília" (Carlos Hugo Christensen, 1965) porque su recorrido es voluntario y su tono crece hacia lo fantasmal cuanto más se profundiza en él.

Es casi insólito que en su desarrollo no cunda el desencanto y que se dejen venir con naturalidad imágenes y sensaciones escondidas en el subconsciente, hecho que tal vez proceda de esa confluencia temporal que señalaba que hace que se mire por igual cada gesto, venga del pasado o del presente, otorgándole similar importancia, con parecida urgencia.

Al mismo tiempo, lo evocado en "Three of us" restituye la intimidad de su protagonista, que vive una existencia rutinaria, en la que todos saben todo sobre ella y en la que está acostumbrada a que le den el pie para decir su frase, que es la que todos saben y esperan. Su memoria es solo suya y nadie más puede recomponerla.

Arun Dhaware la acompaña junto a los otros dos vértices de este triángulo tan poco zarandeado por las pasiones, pero tan vulnerable como la frágil condición de ella, sin efectos, con continuas elipsis, sin sentimentalismo, podando palabras y ahorrando planos de recurso que condicionen al espectador, alcanzando con ese simple método la elocuencia más allá de las emociones.
 
No se podría explicar de otra manera cómo mientras parece que el film quiere acompañarla a ella aviniéndose con sus recuerdos y anotando cómo se contempla frente al amor de su adolescencia, son otras dos historias de parejas las que acaban ocupando el centro del relato, parejas que se ponen a prueba, con la reafirmación y la catástrofe aguardando vigilantes.

lunes, 24 de junio de 2024

TODAS LAS NOCHES DE CUALQUIER DÍA

Es un placer comprobar que sigue siendo tan aventurado como la primera vez creer que se ha entendido algo más acerca de cuanto contiene "Kong bu fen zi", una de las películas más misteriosas de los años 80. También es reconfortante comprobar que a lo mejor del cine de Edward Yang, entre lo que figura un porcentaje bien distribuido entre todas sus películas, no le salen arrugas a más de cuarenta años ya de sus primeras obras, entre las que podemos considerar esta, la más ambiciosa de cuantas hasta entonces había filmado.

El momento, los años del Taiwan de los grandes cambios políticos (que abriría paso a... la actualidad en que China de nuevo amenaza con invadirla, pero esa es otra historia), afortunadamente no le inspiró una amalgama de pequeñas estampas con grandes aspiraciones sociológicas ni, menos aún, un fresco sobre un tiempo y un lugar, sino lo habitual en su obra, una compleja indagación en relaciones, múltiples y cruzadas, de personajes que vamos conociendo poco a poco y tanteamos de su mano lo que pueden estar pensando de los otros y sobre todo de ellos mismos, de lo que quisieron ser y no pudieron o de lo que nunca serán. 

Que Edward Yang ampliara su radio desde contar lo que le sucedió a él personalmente o a sus amigos ("Hai tan de yi tian", 1982), pasando por una "fábula neorrealista" sobre una ciudad ("Qing mei zhu ma", 1985), hasta alcanzar con esta obra ese tipo de películas en las que se vio reflejado en algún aspecto cualquier espectador de su tiempo, no le invistió de cronista social, ni le convirtió en abanderado o portavoz de nada. Nada que no fuesen sus perfectos encuadres. Se me ocurre una caso similar, un poco posterior, el del cine de James Gray.

La ambición de "Kong bu fen zi", a la que aludía antes, tiene que ver con cómo estructura Yang sus planos, con su riguroso montaje, que llevan al límite esa capacidad suya para otorgar con un mínimo de diálogos un peso dramático a gestos y palabras desconectadas de una narrativa causal, en la que todo sea consecuencia de algo anterior, afirmado o sugerido. Atreverse a ser más prolijo, más hondo y a filmar con mayor determinación utilizando menos elementos o sustituirlos por otros más sencillos.

Ningún documental, por minucioso que fuese, podría restituir la inquietud y al mismo tiempo la sensación de veracidad que la película aprehende de estos personajes a los que conocemos sobre todo por indicios, porque sería precisamente eso, conocerlos, el punto de apoyo para poder registrar con mayor precisión sus circunstancias. 

Y el misterio nace de la depuración de su pensamiento cinematográfico, que precipita en planos breves que cambian de acento cuando duran unos segundos más, sin esperar - estuve tentado de escribir necesitar - a que sea el espectador el que advierta y casi se vea impelido a aportar matices producto de la contemplación sostenida de los mismos. Por supuesto nada enigmático, nada que haya que desvelar, esconden las imágenes de "Kong bu fen zi", que no recurre a alteraciones temporales ni a efectos para alimentar su permanente incertidumbre.

Un elemento realmente raro de esta película es que la confluencia que poco a poco se produce entre las tres principales historias y otras tantas paralelas que fragmentariamente conocemos, no las aclara ni les otorga sentido y en cierto sentido las complica aún más; el hecho de que lleguen a tocarse y contagiarse unas de otras es producto del respeto al espacio, el temporal y el físico, que provoca que varios, si no todos los habitantes del film, acaben encontrándose y entrecruzándose. Qué fácil hubiese sido aprovechar esa libertad de poder dibujar escenarios que no necesitan del progreso general del film, para abandonar cualquiera de los propuestos por capricho o incapacidad para solucionarlo, cosa que nunca hace Yang.

Se esmera por el contrario en la contemplación individual y en la soledad que acecha  a sus personajes y "espera" a que piensen y a que actúen, a veces con la suficiente audacia como para que olviden que son parte de algo mayor que ellos mismos. Mientras, filma con elipsis, gestos inesperados y violencia aún mas sorprendente los encuentros y los desencuentros, de ahí la extraña traducción del título del film, "los aterrorizadores", "los que causan dolor" o hasta "los maníacos del terror", que descubriremos que puede referirse a cualquiera de ellos, en la práctica o en potencia.

Entra entonces en juego, con todas las de la ley, un asunto que en retrospectiva se ha dicho que subyace en la filmografía de Edward Yang y que su último film, "Yi yi" (1999) si no desmiente categóricamente, sí al menos con la rotundidad propia de los films que no llegan en momentos de recapitulación o vejez, pues como es bien sabido, Yang murió con sesenta años, ocho después de rodarlo. Me refiero a la misantropía o el desapego de Yang por sus personajes, comentarios repetidos en cadena por cierto y concentrados justo en esa parte de su vida, cuando más pruebas dio de lo contrario. Por ser "Kong bu fen zi" un film poco sospechoso de bonhomía, un film tenso, salpicado de arrebatos, quizá es el que mejor puede servir para ver cuánto de verdad hay en ese tópico y me temo que a poco se preste atención a lo que sucede en plano y cómo reverberan sus efectos en las secuencias de las que forman parte, es bastante sencillo sentir que el mimo puesto en cada encuadre individual y en cómo filma los instantes de cariño, cercanía, amistad o compasión, no pueden ser obra de un cineasta indiferente.
 
Lo que sucede es que es muy dura la desolación, insoportable el abandono, que se abre un abismo al ver que tiras la vida a la basura o no encuentras un sitio en el que estar, que no vale la pena vivir sin propósito o querer ser algo que se sabe uno nunca podrá alcanzar (el fotógrafo) o estar convencido de no servir para algo y que de repente, sin motivo, alguien decida que sí (la escritora) o que es peor que la familia no sirva para nada que no tenerla, que es descorazonador decidir cambiar o acabar de una vez con algo y ver que no se tienen arrestos ni para acabar con uno mismo. Yang pudo haber entregado un alegato idealista en unos años efervescentes, pero prefiere mirar como lo haría Chantal Akerman al mundo de Michelangelo Antonioni.