13 de marzo de 2025

Hôzuki, la librería de Mitsuko (Aki Shimazaki)

 



¿Qué nos atrae de la literatura japonesa? ¿Su minimalismo? ¿Su enigmática contención? ¿O quizás la promesa de asomarnos a un mundo de sutilezas que nos fascina por lo exótico? Hôzuki, la librería de Mitsuko, de Aki Shimazaki, juega con estos elementos y nos sumerge en una historia de silencios y emociones contenidas. Pero, ¿qué queda cuando despojamos la novela de sus tópicos más reconocibles?


Tenemos cierta tendencia al prejuicio cuando se trata de literaturas remotas, con las que no estamos especialmente familiarizados. En el caso de la literatura japonesa, tal vez el efecto sea menor debido a la fascinación que este país suscita en el nuestro. Buena prueba de ello es la cantidad de libros escritos por españoles que se encomiendan a relatarnos la historia novelada del shogunato, los samuráis, las geishas y otras tantas figuras tradicionales.


Pero en lo que se refiere a la propia literatura autóctona, aunque no sea tan frecuente, también contamos con bastante conocimiento. No en vano, por estas mismas páginas han pasado autores como Natsume Söseki (Soy un gato), Masuji Ibuse (Lluvia negra), Kazuo Ishiguro (Nunca me abandones) sin olvidar al aclamado pero nunca premiado hasta ahora con el Nobel Hareki Murakami (Kafka en la orilla). Notables editoriales independientes han desplegado un gran esfuerzo por traer a nuestro idioma obras capitales de aquel mercado o, incluso, obras menos reconocidas pero que podían contribuir a ese interés.


También el cine ha traído a nuestros ojos un mundo reposado y prototípico en películas como Una pastelería en Tokio o Cuentos de Tokio. De esta manera, se ha ido construyendo un modo de entender cómo debe ser el arte japonés en cualquiera de sus vertientes, tan mesurado y rígido que sólo los más expertos o los afines a otros mundos como el manga pueden desmentir con conocimiento de causa.


Para el resto nos queda ese mundo enigmático y exótico, plagado de imágenes consabidas que damos por válidas del mismo modo en el que un extranjero creerá que en España todo el mundo sabe bailar sevillanas o torear, que la bebida habitual es la sangría o que nuestras calles huelen a incienso.  


Es así como llegamos a Hôzuki, la librería de Mitsuko (editado por Nórdica Libros y traducida por Íñigo Jáuregui Eguía) que viene a condensar todo lo que de previsible puede hallarse en este tipo de literatura. Tenemos a damas elegantes vestidas con kimonos ceremoniales, la presencia del té y la conversación a la que siempre parece invitar. También la larga enumeración de platos típicos japoneses que ya no nos resultan tan desconocidos. Pero también tenemos otros aspectos como las ciudades modernas, el distanciamiento social que unas rígidas costumbres dificulta o el clasismo que tan consustancial creemos a dicha cultura.


Lo primero con que asocio este libro, a las pocas páginas de abrirlo, es a la obra de animación de Hayao Miyazaki. Por una parte, tenemos el tono de cuento, no llega a ser apto para público infantil, pero el modo de narrar se asemeja, con pequeños detalles, que anticipan parte de la trama o con la sencillez que, si fuéramos más tópicos aún, identificaríamos con el arte del haiku. Tal vez la excelente portada parece invitar a esa caracterización o quizá se deba a que dos de los cinco personajes sean niños dotados de una madurez impropia de su edad.


La historia es sencilla y lineal. Una joven, madre soltera, debe llevar adelante su pequeño negocio, una librería de viejo, especializada en temas filosóficos, con la sola ayuda de su anciana madre, al tiempo que cría a su hijo pequeño, de apenas siete años, que es sordomudo, pero con una tremenda sensibilidad e interés por todo lo que le rodea.


La visita inesperada de una dama y su hija traen algo de novedad a la librería. La hija de la cliente congenia con el niño durante el breve tiempo en que ambas permanecerán en la ciudad puesto que deben partir pronto hacia Europa siguiendo los pasos de su marido, diplomático de carrera que ya se ha adelantado a su nuevo destino.



Esas breves semanas y la compleja relación que se establece entre las dos mujeres y los niños hará aflorar en la protagonista, gran parte de su pasado. Sus fracasos amorosos o sus renuncias, según como se vea, cómo llegó a su vida el pequeño Taro, cómo logra compaginar su trabajo con la familia y cómo siente una mezcla de envidia y odio por la elegante dama, la cliente que todo lo tiene en la vida.


Muchos son los temas que se agolpan en apenas cien páginas y una narración algo esquemática. Los posibles celos entre ambas mujeres, la culpa del pasado que no termina por disolverse, los temores que nos impiden tomar decisiones valientes y que terminan por condicionar la vida de quienes nos rodean, el juicio moral sobre conductas no aceptadas socialmente, el amor maternal y el sentimiento de pérdida, ...


En suma, muchos temas en una narración en la que lo sugerido y lo silenciado ocupa un lugar preeminente y en la que los hechos  se suceden con rapidez y agilidad.

 

La autora, Aki Shimazaki, es de origen japonés pero residente en Canadá, por tanto, parte de que su principal público lector será occidental, no nativo, y por ello desliza todas esas imágenes que sabe que tan naturales nos resultarán.


Una vez despojada la historia de todos esos tópicos, nos queda una lectura algo fría y distante de una compleja relación en la que el pasado ocupa un lugar primordial pero en la que tal vez los hilos trenzados no terminan de resultar claros ni se comprende el sentido final de todos ellos.


Un regusto amargo puesto que la escritura es limpia y diáfana, los personajes tienen un trazado interesante, esbozado de manera muy esquemática pero efectiva. Al fin, se tiene la impresión de que la historia podría haber sido mejor desarrollada en un texto más extenso o con una planificación más adecuada.




28 de febrero de 2025

Sueños olvidados y otros relatos (Stefan Zweig)



Stefan Zweig fue un escritor que entendió como pocos el alma humana y sus contradicciones. Su prosa envolvente, su capacidad para ahondar en las emociones más recónditas y su mirada nostálgica hacia un mundo en desaparición hacen de cada uno de sus relatos una pieza inolvidable. En Encuentros entre libros, Zweig nos lleva de la mano a través de cinco historias donde el amor, en sus múltiples formas, se convierte en el eje central de la existencia. Desde el fulgor del primer amor hasta la desolación del exilio y la pérdida, cada relato nos recuerda por qué este autor sigue cautivando a generaciones de lectores.

 

 

Toda la obra de Stefan Zweig está ganando un prestigio considerable entre los lectores gracias a la labor editora que ha llevado a la publicación en los últimos años de casi toda su obra literaria, ensayística, correspondencia, diarios,innumerables biografías y estudios sobre el autor austriaco.

 

Es en este contexto en el que se encuadra la publicación por la editorial Alba de este pequeño volumen que recoge cinco relatos de Stefan Zweig no muy conocidos con la excepción de Mendel, el de los libros. Todos ellos guardan un punto de conexión en torno al amor en sus más diversas y amplias acepciones.

 

Se trata de una colección que pone a prueba la habilidad del autor en el género del relato, tanto en su versión más reducida cómo en aquella en la que la extensión le acerca al formato de novela breve. Pero en ambos extremos Zweig se mueve con soltura y sabe captar la atención del lector con una aparente desenvoltura que empuja a pasar las páginas a un ritmo trepidante pese a que sus tramas no son especialmente afectas a los tiempos en que vivimos y dejan un regusto a un pasado moroso en los detalles y aplicado en la elección precisa de cada palabra, cada adjetivo empleado para describir unos sentimientos que nos sorprenden por lo contenido y profundo.


El primero de los relatos aborda el tema del primer amor, el que nace con la inocencia e ideales de la juventud, el que se cree eterno y pleno de sentido, el que desdeña los convencionalismos y la timoratería de la sociedad adulta. Ese amor que, sin embargo, cuando queda atrás, como siempre lo termina haciendo, no son muchos los primeros amores que terminan siendo únicos, se ve con cierta vergüenza y condescendencia. Nos coloca en una posición incómoda y puede llegar a ser negado y borrado de nuestra memoria hasta que algún viento venido de lejos remueve las ascuas, no sabemos con qué consecuencias.  


El segundo relato aborda el amor imposible, el que no se atreve a expresarse por la certeza del rechazo. Sea por las diferencias de clase, por la timidez del amante o por la absoluta indiferencia del ser amado. Lo cierto es que este amor se lleva por dentro con un dolor trágico que no siempre tiene un feliz final. Tal vez sea el relato más estereotipado de los cinco aquí recogidos, pero en todo caso, Zweig sabe darle un toque distintivo, y casi un sentimiento holístico, tal vez exagerado en su trágico desenlace pero eficaz en el devenir de la narración, siempre atenta a cada pequeño aleteo de unos sentimientos exacerbados.


Pasamos al tercer relato, una interesante historia sobre un imposible triángulo amoroso entre un joven y dos de sus primas con las que convive en una casa solariega durante un verano de juventud. Como suele ocurrir, el joven se enamora de la prima equivocada y es, al tiempo, objeto de adoración de la segunda. ¿Cómo afrontar una situación en la que parece fácil tomar a quien nos ama, pero para lo que se requiere renunciar a quien amamos? Una elección no siempre fácil, menos aún cuando estamos movidos por el juvenil ardor que no permite medir correctamente nuestras propias fuerzas y las intenciones de quienes nos rodean.  


Pero entramos ya en los mejores relatos del volumen. Hasta aquí, estamos en los términos de un amor convencional, esperable en los relatos al uso. Sin embargo, en la cuarta historia nos encontramos con un joven pupilo que siente una devoción inquebrantable por su viejo profesor, que parece regalarle una confianza desusada, lanzándose incluso, ante las súplicas del alumno, a retomar los trabajos de su gran obra nunca concluida. Pero no es solo lo académico lo que se entremezcla en este relato. La esposa del profesor, más joven que éste, entra en escena con una ambigüedad calculada ante el desconcierto del joven. No podemos desvelar más sobre la historia, pero sí asegurar al lector que lo que tendrá por delante si lee el relato poco puede parecerse a lo que deja entrever esta breve introducción. El radical planteamiento de Zweig, casi impensable en aquella época, nos deja un sentimiento de sorpresa y una visión sobre este autor del que creíamos conocer casi todo.


El quinto relato nos cuenta la historia de un burgués adinerado en una pequeña ciudad alemana, aficionado al arte, que ha logrado acaparar una extensa colección de antigüedades de todo tipo y valor. Al pueblo llega un marchante de Berlín con la intención de tratar de engañar al anciano y hacerse, por un módico precio, con alguna ganga. Lo que allí encontrará le deja anonadado. El relato es una excelente visión de la pesadumbre y desesperanza que se cernió sobre la derrotada Alemania tras la Primera Guerra Mundial. Toda la crudeza y desolación del conflicto llega a esta pequeña ciudad y sus terribles consecuencias son la causa de la sorpresa del marchante.


Pero llegamos aquí a la obra maestra de esta colección, sin duda, de lo mejor escrito jamás por Zweig, Mendel, el de los libros. Mendel es un judío oriundo de la Galitzia oriental. Huyendo de los pogromos, llega a Viena donde se establece en un café para desarrollar su trabajo, mezcla de mercader de libros de segunda mano, conseguidor de obras totalmente inencontrables y, por encima de todo, apasionado divulgador de todo su vasto conocimiento sobre ediciones, precios, catálogos, colecciones privadas, hasta el punto de ser más eficaz que el mejor archivo de biblioteca concebible.


Mendel vive por y para sus libros. Sus ropas son miserables, su alimentación paupérrima, pero su pasión infinita. A él acuden quienes deben consultar obras sobre temas que nadie parece conocer, él se encarga de localizar los libros que los más afamados bibliotecarios de Viena dan por desaparecidos o atribuyen a meras leyendas. Mendel vive en su mundo de papel, alejado de cualquier realidad que no esté comprendida en las páginas de un catálogo, una revista o un libro. Por eso, cuando estalla la Primera Guerra Mundial, parece no enterarse, ser ajeno a un conflicto que nada tiene que ver con el motor de su increíble y plena vida.


 

Pero la realidad terminará por pinchar su burbuja. Las desgracias de un extranjero en un país enemigo le muestran que su pacifismo e indiferencia a la política y locura general no le sirven de vacuna, no le protegen de nada. Solo cuando algunos de aquellos a quienes ayudó a completar sus colecciones bibliófilas se interesan por su estado, logra salir del confinamiento que le han impuesto las autoridades. Pero la vida real ya se ha colado como un veneno en su vida que apenas logra recuperar su prestancia previa. Los libros ya no parecen bastar en un nuevo mundo que trata de rehacerse entre las ruinas dejadas por el conflicto, las ilusiones de los jóvenes de comienzos de siglo, como el propio Zweig, sus ilusiones y esperanzas quedan a trás, quedan en un mundo al que Mendel ya no puede volver y que le arrastra con la misma fuerza que va desgranando hechos implacables camino de un nuevo conflicto.


También Zweig, logra prestigio y reconocimiento gracias a los libros, pero esto no le salva de ser considerado un autor degenerado, contaminado por su decadencia burguesa y por su marca judía de nacimiento. Pese a lograr huir de Viena y refugiarse en Londres y, finalmente, huir a Brasil, tampoco allí parece creerse seguro y decide poner fin a sus días. Apenas en el momento en que la guerra está girando sus engranajes a favor de los aliados, justo en el momento en el que millones de personas en toda Europa continental desearían ocupar el cómodo y, hasta cierto punto, holgado exilio, Stefan Zweig deja escrita su última página en forma de nota de suicidio que explica poco, si es que alguna vez estas líneas han servido para explicar algo.  


Tal vez Zweig, como Mendel, sabía que la guerra podría pasar, pero su vida, su mundo había quedado atrás. Todo aquello que amaba, los libros, las ideas que defendía, sus amistades y las naciones en que nació y vivía, todo se desmoronaba al margen del curso de la guerra. Y para no seguir los pasos de Mendel, el de los libros, decidió adelantar el fin de una obra de la que ya creía escrita la parte fundamental.






14 de febrero de 2025

Cuentos completoss del Padre Brown (G. K. Chesterton)

 


 

Los cuentos detectivescos describen, por norma general, a seis hombres discutiendo sobre cómo es que un hombre ha muerto. Las historias filosóficas modernas describen a seis hombres muertos que discuten sobre cómo es posible que un hombre viva.




Uno de los géneros literarios más fecundos y con mayor número de seguidores es el detectivesco, historias en las que se trata de plantear una especie de acertijo que el protagonista deberá desentrañar, normalmente para desenmascarar a un malhechor. En estas pesquisas, es clave que el autor logre enrolar al lector para lo que ofrecerá pistas falsas, giros inesperados de guión o complicadísimas tramas que se desvanecerán repentinamente en las últimas páginas gracias a la inteligencia del investigador que, normalmente, habrá ido valorando todos los elementos de juicio a su disposición sin haber dejado traslucir estas intuiciones con nadie, especialmente con el lector, que se sentirá sorprendido y fascinado por el desentrañamiento del misterio. Tal vez incluso quedará tentado de volver a leer el libro con el fin de poder ir reconstruyendo por sí mismo todo el proceso deductivo.


Obviando los antecedentes de Poe y otros autores, se viene a considerar como padre fundador del género a Arthur Conan Doyle y su Sherrlock Holmes, una figura que apareció en Estudio en escarlata y que su autor se vio obligado a recuperar en otras tantas novelas y numerosos relatos más breves recopilados en colecciones devoradas por los lectores ingleses de la época.


Es sabido que, harto de que el atractivo de este personaje ensombreciera el resto de su obra, Conan Doyle recurrió al truco ya empleado por Cervantes, matar a su héroe a fin de que así la demanda de nuevos títulos decayera. Pero, a diferencia de a nuestro autor clásico, la estratagema no le funcionó. Incluso recibió presiones por parte de su madre, no quedándole más remedio que volver a sacar del inframundo a Holmes y traerlo de nuevo al escenario del crimen y el castigo.


Pero, para lo que aquí nos interesa, la relevancia de la figura de Sherlock Holmes es que define de alguna manera el arquetipo del investigador que se replicará hasta la saciedad en todas las secuelas del género. Estamos ante una persona de extraordinaria inteligencia y que, con su mero intelecto y unas prodigiosas dotes de observación, es capaz de alcanzar el conocimiento.


Estamos a finales del siglo XIX y el método deductivo muestra toda su capacidad para impulsar la ciencia y tecnología. Sherlock Holmes es el trasunto de ese éxito. No importa que el personaje sea un excéntrico sociópata, que necesite de un mediador con el resto de mortales a través del mundano Watson, que sus aficiones viajen del violín a las drogas.


Sobre este modelo muchos repitieron la fórmula, otros trataron de innovar de un modo u otro. Así, otra figura icónica en el género es la de Poirot, el detective francés creación de la misteriosa Agatha Christie. En este caso, las novedades que trae la autora y que, al menos en cuestión de ventas y seguidores, puede considerarse que ha superado a su antecesor, son las de llevar sus tramas a diversos escenarios (un tren, un crucero, una isla) en un entorno social normalmente sofisticado y de clase alta y en el que las intenciones de los criminales suelen ser más complejas que en el caso de Sherlock Holmes. También Poirot se erige como único investigador, siempre solo, abandonado el báculo de Watson, el individualismo toma forma definitiva.


Y llegamos, con todas las simplificaciones que esto conlleva, a nuestro autor, G. K. Chesterton y su personaje más célebre, el padre Brown. Partamos de que Chesterton era un conocido polemista, apenas dejaba causa en la que volcar sus opiniones, la más de las veces, heterodoxas. Y nada más heterodoxo que convertirse al catolicismo en el Reino Unido y hacer bandera de ello, publicar obras como Ortodoxia o Por qué soy católico y entrar en debate con cualquiera que se prestara a ello. Considerar la religión anglicana como una forma de paganismo, una pantomima al servicio del poder y someterse, por contra al poder de los denominados papistas, no le debía parecer suficiente a Chesterton. Por ello, decidió embarcarse en la producción de una serie de relatos detectivescos protagonizados por un sacerdote católico.


Más aún, este extraño detective rechaza el frío cálculo y la deducción científica de sus predecesores. Para Chesterton, para el padre Brown, el método para desentrañar los misterios y crímenes es indagar en las oscuras motivaciones del alma humana. De hecho, muchos de estos criminales no son sino víctimas de todos los males que este mundo moderno trae a nuestras calles. Unas presiones y desviaciones de lo esencial que conllevan un apartamiento de nuestra verdadera naturaleza, empujándonos a adorar a falsos dioses, a utilizar ritos y creencias ajenas en el convencimiento de que éstas pueden dar satisfacción a nuestras necesidades en lugar de ayudarnos a dominarlas.


De este modo, el padre Brown se convierte en un personaje tremendamente moderno, un fustigador de las nuevas sectas, de la Nueva Era, un defensor de una forma de espiritualidad como vehículo de comprensión del mundo y de nuestros actos, una perspectiva, por tanto, totalmente opuesta a la del frío y distante Holmes. Más aún, en la mayoría de sus relatos, el padre Brown desenmascara al delincuente pero no acostumbra a entregarle a la Justicia, sabedor de que el peso de la culpa es la mayor de las condenas.   



También resulta curioso cómo dibuja Chesterton a este padre Brown, totalmente falto de atractivo físico, algo pasado de kilos, desastrado en el vestir incluso cuando tan solo parece tener que preocuparse por lucir limpia la negra sotana y siempre pegado a un viejo paraguas, llueva o no, y tan aficionado a hablar con las señoras de la alta sociedad como con los carboneros y sirvientes. La inspiración para este extraño detective la tomó de un sacerdote irlandés, John O`Connor, de quien era amigo, pero sobre esta base real supo construir un personaje realmente peculiar.


El padre Brown: Relatos completos (Ediciones Encuentro) recoge el total de estos relatos en un único volumen. Aquí se encontrarán los libros que recopilaron en vida del autor estos relatos: El candor del padre Brown (1910), La sabiduría del padre Brown (1914), La incredulidad del padre Brown (1926), El secreto del padre Brown (1927) y El escándalo del padre Brown (1936).  Además, y para hacer honor al título de relatos completos, se incluyen dos relatos adicionales publicados en revistas y un relato que se convertiría en el último escrito por el autor poco antes de su fallecimiento.


Si bien, la aventura de leer la colección completa puede resultar algo agotadora, lo cierto es que leer unos cuantos, dejar pasar un tiempo y retomar la lectura es un auténtico placer. y permite observar la evolución del estilo de Chesterton, cada vez más preocupado por los temas espirituales y menos por los crímenes clásicos. Así, resultan cada vez más frecuentes los temas relacionados con sectas, faquires, quiromantes, hindúes falsarios y otros tantos que tratan de esconder sus delictivas intenciones bajo un espeso velo de espiritualidad.  La credulidad de la pacata Inglaterra de comienzos de siglo se convierte en el caballo de batalla del padre Brown que deberá enfrentar las verdades inmutables de su fe a las nuevas corrientes, mejor publicitadas, promisorias de soluciones mágicas.


Acompañar a Chesterton en este viaje es una experiencia peculiar, una forma diferente de contraponer los textos más clásicos del género con una forma totalmente opuesta en la que la reflexión sobre las acciones del padre Brown resulta más relevante que el proceso deductivo, en muchas ocasiones totalmente ajeno al lector. Y durante esta lectura  uno queda tentado de creer, como el padre Brown, que el mayor robo no es tanto el de los diamantes de una corona oriental, sino el de nuestra verdadera naturaleza espiritual, o que la peor de las suplantaciones no es la de quien toma posesión de la vida ajena para adueñarse de sus bienes, sino la de quien nos roba el ansia de vivir. Y tal vez esto también lo intuyó Sherlock Holmes y de ahí su recurso a la música o a la cocaína. Lástima que el padre Brown no pudiera investigar este caso.

 

 

 

 


1 de febrero de 2025

Jerusalén: La biografía (Simon Sebag Montefiore)


 Jerusalén no es solo una ciudad, es un símbolo, un escenario de luchas interminables, una obsesión para imperios y religiones. En Jerusalén: La biografía, Simon Sebag Montefiore despliega más de 3.000 años de historia con la maestría de quien entiende que, más allá de fechas y batallas, lo esencial es comprender el alma de esta ciudad. Desde su humilde origen hasta la convulsión del siglo XXI, este libro narra su incesante destrucción y resurrección, el fervor místico que la rodea y la inquebrantable atracción que ejerce sobre judíos, cristianos y musulmanes. Una lectura absorbente para entender por qué Jerusalén sigue siendo el corazón de tantas pasiones.


Jerusalén: La biografía de Simon Sebag Montefiore, editado por Crítica, hace honor a su nombre, es decir, pretende ofrecer un relato desde los comienzos aldeanos y humildes de este enclave hasta nuestros días, más de 3.000 años de historia. Pero también aspira a explicar los motivos por los que llegó a convertirse en la ciudad santa para tres religiones e incluso una referencia para quienes no profesan fe alguna.


Un libro de 900 páginas ofrece la posibilidad de trazar un relato bastante detallado de los hechos. Y, sin embargo, en esta historia parece que lo más importante no es lo que ocurre sino los motivos ocultos, los impulsos que desencadenan esos acontecimientos. Porque en esta obra, Montefiore se esfuerza por combinar ambas esferas, la histórica y la espiritual. Sin duda, esta última es la que va determinando el curso que tomará la primera, desde el momento en que se convierte en el centro de la religión judía, la sede del Templo, el único templo judío merecedor de dicho nombre, erigido y destruido tres veces.


Como el propio libro del Éxodo nos narra, las tierras de Judea no eran las propias y originales del pueblo judío sino que éste recibió esta tierra como prueba de la alianza con Dios tras una vida nómada. Y, tal vez para su desgracia, esta tierra se encontraba en un enclave geográfico privilegiado, por tanto, tremendamente peligroso. En el Mediterráneo Oriental, en el cruce de caminos de los pueblos del mar, de las rutas entre Mesopotamia y el mundo egipcio y lo que luego resultará la esfera de influencia helenística. Una zona no especialmente rica por sus recursos naturales pero que convierte a sus moradores en los dueños de las rutas que comunican la actual Turquía y Egipto con el mundo persa y árabe.


Pero estos moradores, a diferencia de los nabateos que forjaron su éxito en las caravanas comerciales, se centraron en una vida casi de supervivencia y explotación básica de sus recursos. Volcados en una religión que resultaba excluyente a diferencia de lo que solía ser habitual en la época, y tercamente forjados en la independencia de sus costumbres, lograron convertirse en la piedra que de continuo golpeaba el yunque de cuantas civilizaciones pasaron por allí, y apenas faltó una sola de ellas.


Nuevamente es la Biblia la que nos da cuenta de las invasiones y destrucciones, exilios y martirios a que les sometió, entre otros, el rey babilonio Nabuconodosor II, pero la lista es larga ya que se dice que Jerusalén ha sido destruida en doce ocasiones, veinte veces sitiada y cincuenta veces capturada, una triste marca.


Sin embargo, la importancia de Nabuconodosor es crucial ya que tras destruir y saquear Jerusalén, llevó al exilio a las familias más ricas y cultivadas, y a los mayores sabios judios. Y es precisamente en el exilio mesopotámico cuando comienzan a recopilarse las historias que luego pasarán a formar parte del legado bíblico, algunas teñidas de cierta influencia de esas religiones orientales, tomando algunos mitos prestados o tal vez comunes a todos los pueblos de la zona.


Fuera como fuere, lo cierto es que Jerusalén sufrió todo tipo de desgracias y no solo por los enemigos externos. Los conflictos internos, también reflejados en las escrituras sagradas, estuvieron a la orden del día y reyes legendarios como David tienen un historial de crudeza y desafío para quien quiera visitar esos textos. Otros reyes como Herodes tienen tras de sí un cruento historial de persecución y venganza contra su propio pueblo que deja en nada la famosa aunque improbable matanza de los niños inocentes.  


Pero, tal vez, sea la llegada del Imperio romano el hecho más determinante para los judíos. Su terca rebeldía tal vez no guarda parangón y no supo ser comprendida por los ocupantes. Así como en otros lugares la resistencia fue tenaz y las escenas de suicidios colectivos no resultan extrañas, véase en el caso de Hispania la gesta de Numancia, lo cierto es que el aplastamiento de estas revueltas terminaba en la pacificación y asimilación. Sin embargo, los judíos se rebelaron de continuo y sin descanso, obviando que sus gobernantes siempre resultaron obsequiosos con el poder romano. La victoria de Tito en el año 70 d.C. nos dejó el Arco que lleva su nombre en el foro romano y la última destrucción del Templo, una de cuyas paredes quedó como símbolo del eterno retorno tras la diáspora.


Pero durante el dominio romano tuvo lugar otro hecho que marcaría parte de la historia futura de Jerusalén. Aquí murió en la cruz Jesucristo, uno de tantos profetas que se alzaron reclamando su condición de Mesías, de mensajero de Dios, encarnación de su poder, en su caso, no para derrocar a los romanos, como era habitual en otros, sino para subvertir el orden social y crear una especie de imagen de la vida divina en la tierra. Pero al convertirse el cristianismo en una religión desgajada del judaísmo y ser adoptada finalmente por el Imperio romano como religión oficial del Estado, Jerusalén pasó a convertirse en el lugar del sacrificio de Jesús, de su martirio y resurrección, en suma, de todos los símbolos de la nueva fe.  


Nace así una segunda disputa espiritual sobre la ciudad que ahora se disputarán dos religiones. Y serán los judíos quienes sufran la peor parte puesto que, no en vano, son el pueblo que mató a Jesucristo, los culpables de la Pasión, todo un logro propagandístico de los romanos que lavan así sus manos con la construcción de un relato en el que parecen no ser más que actores secundarios, casi forzosos.

 

De aquí en adelante, los judíos sufrirían persecución en todo Occidente, también y muy especialmente en la ciudad que simbolizaba el centro de su religión. Una ciudad que todos creían que sería el origen del fin de los tiempos y que quienes allí estuvieran enterrados serían los primeros en nacer a la nueva vida cuando se restableciera el Reino de Dios.  


Pero el dominio cristiano de la ciudad no duró demasiado. Una nueva religión nacería pronto en las arenas arábigas, tomando prestadas ideas y figuras del judaísmo y el cristianismo. El empuje de esta nueva fe unió a diversos pueblos, primero los nómadas del desierto, después a todo el oriente, abarcando la propia Jerusalén. De hecho, la ciudad también alcanzó significado santo no solo por esa influencia de las otras dos religiones en el Corán, sino porque el propio Mahoma la visitó en un viaje nocturno, significando así su preeminencia junto a La Meca y Medina.


Si bien el dominio islámico abarcó desde el siglo VIII al XX, lo cierto es que la estabilidad no llegó a la ciudad. No solo las Cruzadas supusieron un breve intervalo, cruento y violento como pocos, sino que las diversas facciones musulmanas se fueron disputando el dominio. Los selyúcidas, ayubíes, mongoles, mamelucos y otomanos fueron tan solo algunos de los diversos gobernantes que impusieron su ley en la ciudad. Y esta ley siempre se aplicaba mediante la violencia extrema, contra cristianos y judíos fundamentalmente, que se empeñaban en aferrarse, pese al riesgo para sus vidas, a los pobres barrios de la ciudad, pero también contra otras familias del mismo credo.


La pequeña colonia cristiana, siempre al borde de la destrucción y el exterminio, se ocupaba de proteger esos Santos Lugares, pero envuelta en tantas disputas y conflictos que apenas si necesitaban a los musulmanes para complicar su existencia, ellos mismos se bastaban. Montefiori narra el complejo ritual de la Iglesia de la Santa Cruz, a cargo de católicos, griegos ortodoxos, armenios y etíopes, un entramado explosivo, y no solo figuradamente.  


Pero compliquemos un poco más la ecuación añadiendo las infinitas variantes. Por el lado de los judíos, tenemos los ortodoxos, los ultraortodoxos, quienes quieren reconstruir el Templo, quienes creen que lo hará Dios el día del fin. A las diferentes confesiones cristianas ya citadas, hemos de añadir a los evangelistas, armenios, anglicanos, rusos ortodoxos, ... Y, por parte musulmana, chiíes, suníes, sufíes, ...


Las potencias occidentales, Reino Unido, Francia o la propia Rusia, fueron forjando sus propias aspiraciones sobre este enclave. El interés por Jerusalén no solo era estratégico sino, fundamentalmente, simbólico. Para los británicos, un pueblo que se creía la encarnación de las virtudes clásicas y que gozaba de una religión al servicio de su poder político, dominar la regeneración espiritual de Occidente era la consecuencia de las ideas de sus poetas y pensadores, de su fascinación por una nueva Jerusalén, una ciudad que habría de ser el espejo de las virtudes que ellos creían representar. Para los rusos, en pugna por asumir el liderazgo de los cristianos ortodoxos y de consolidar su Imperio, el papel de Jerusalén también era determinante, no menos que el que representaba para la católica Francia.


Y todos con los ojos puestos en la ciudad, más en concreto, en unos pocos lugares que todos consideran sagrados, donde los judíos rezan en el Muro de las Lamentaciones justo debajo de donde los árabes celebran su culto en la explanada de las mezquitas  y al lado de la Iglesia del Santo Sepulcro o el monte de los Olivos.


Pero estas aspiraciones, fruto del pujante nacionalismo de cada uno de esos pueblos cuenta con su propio correlato judío. Los hebreos por el mundo guardaron el recuerdo de esa Jerusalén durante toda su vida y, al llegar el florecer de los nacionalismos y pasarse de la exaltación de los bailes regionales a la idea política de que cada nación debía tener su propio Estado como medio de realización suprema, hicieron saltar por los aires el precario status quo de la zona.



El sionismo propugnado por Herzel no pretendía otra cosa que reunificar territorialmente al disperso pueblo judío y dotarle del correspondiente Estado propio. Las persecuciones en toda Europa y los progromos en la Rusia zarista convencieron a muchos judíos de que la protección estatal ya no garantizaba su pervivencia física.


La opción natural parecía ser Palestina, antigua Judea, lugar de Jerusalén, del Templo. Si bien hubo otras alternativas que no lograron convencer a nadie, como el ofrecimiento de tierras africanas, lo cierto es que, por la vía de los hechos, cada vez un mayor número de judíos emigraron a las tierras de sus ancestros.


El protectorado británico tras la Primera Guerra Mundial parecía una buena garantía para conseguir la realización del sueño sionista, pero fue la Shoah el impulso definitivo. El convencimiento de que el único modo de salvar al pueblo judío era dotarle de ese Estado que venían reclamando y un cierto sentimiento de culpabilidad o de compasión concluyeron en la creación del Estado de Israel en 1948. A partir de aquí ya conocemos todos los problemas y conflictos desatados. Los árabes no reconocieron este nuevo Estado que surgía a costa de parte de sus tierras pero en diversos conflictos armados no solo no lograron acabar con los judíos sino que estos consolidaron sus fronteras apropiándose de más territorios e incluso de Jerusalén, una ciudad que inicialmente no les había correspondido en 1948.

 

El epílogo del autor pretende ofrecer una serie de notas sobre la actual situación en la zona, de las amenazas que sobrevuelan una paz precaria que, durante mi lectura del libro, ha vuelto a saltar por los aires. Los análisis de Montefiore pueden pecar de incautos en estos días, puesto que aún sostenía que había una solución para la zona. La verdad es que su optimismo es encomiable puesto que esta sagrada tierra no parece haber disfrutado de un instante de paz. Porque la única Jerusalén que parece poder vivir en paz es aquella nueva Jerusalén que cantaba Blake, la espiritual, el símbolo amado de todos pero no hecho carne o piedra, la imagen y metáfora de sueños y frustraciones, de promesas de libertad o de vida eterna, de resurrección y reino de los cielos, de paraíso o jardín del edén, todo aquello inmaterial e intangible. Quedémonos con esa imagen soñada por tantos y deseemos que los sueños algún día se hagan realidad, incluso sobre Jerusalén, la Ciudad Sagrada.