Es
cierto que las historias “edificantes” suelen correr el riesgo de resultar algo
toscas, o predecibles, o gazmoñas. Pero también es cierto que, si están
escritas con elegancia y desarrolladas con tino, el lector tiende a olvidar esa
condición para centrarse en las bondades del relato. Así ocurre, creo, con El
tesoro de Gastón, de la gallega Emilia Pardo Bazán. Su asunto, que ahora
resumiré en unas pocas líneas, podría haberse convertido en otras manos en un
pastel empalagoso: el joven y alocado Gastón de Landrey, después de unos años
de vida desenfrenada (que incluye viajes, amores y dispendios en joyas y licor,
entre otros dislates), consulta con su administrador y descubre que se
encuentra el borde de la ruina: con un poco de suerte, podría salvarse una
parte diminuta de su caudal. Pero antes de que la más espantosa desesperación anide
en él, su anciana tía la Comendadora (que vive desde hace años en un convento)
le entrega una vieja nota familiar donde se informa de la existencia de un
tesoro oculto en una de sus propiedades. Como es lógico, y teniendo en cuenta
que el chico nada tiene que perder, se aferra a esa posibilidad y parte hacia
Galicia. Allí se encuentra con otro administrador fraudulento (Lourido), que
lleva años expoliando sus bienes… pero también se encuentra con Antonia Rojas,
una bella viuda que de inmediato atrae su atención.
Esa
mezcla narrativa, donde los malvados villanos erosionan la riqueza del joven e
ingenuo señorito, donde el amor se presenta en forma de mujer perfecta (tan
guapa como humilde, tan devota como inteligente, tan cariñosa como recatada),
donde las murmuraciones acechan todos los actos de los protagonistas y donde la
luz de la esperanza proviene de un tesoro oculto, resulta tan peligrosa, tan
resbaladiza, que solamente el buen hacer de doña Emilia puede hacerla viable.
No se trata de una de sus novelas mayores, obviamente, pero se lee con agrado.