Estoy en las frías sábanas blancas y azules que me sostienen. Están frías. Tan frías como el agua de lluvia de las tormentas de abril, cuando esas pequeñas gotas compuestas de un solo compuesto químico rozan tu piel y provocan que los pelos que están en ella reaccionen a su caricia.
Una luz tenue alumbra la pequeña habitación en la que he crecido. Lo único que he visto en estos años está encerrado en estas cuatro paredes. Las cuatro paredes más odiadas de todo el mundo. Las mismas cuatro paredes que encierran el silencio. Nunca me ha gustado este silencio tan… Vacío. Un silencio, en el que si no vale escuchar atentamente para oír los ruidos del exterior; eso no sirve aquí.
Echo de menos a mis padres, a mi hermana, a mis abuelos. Echo de menos a todos mis amigos. ¿Seguirán vivos? Es una pregunta difícil de responder suponiendo que estarán pasando por lo mismo que yo. No podré aguantar mucho más.
Mis ojos se cierran por el peso de mis hinchados párpados. No los he cerrado en más de 24 horas, y ahora, eso, pasa factura, arrastrándome hacia una oscuridad acogedora, placentera, y ¡oh!, tan añorada.
Pero no… No puedo dormirme, no puedo bajar la guardia.
Porque tengo que estudiar para el odioso examen de filosofía de mañana que me ha puesto mi tan querido profesor.
Irene