Ritos

Por Calvodemora

Se van perdiendo los ritos, los estamos guardando debajo de la cama o en un cajón o en un poco accesible rincón de la memoria, por si un día nos da por rescatarlos. El rito es el paisaje del sentimiento, el decorado que lo hace tangible. No basta con ver una película, me decía anoche Andrés: hace falta ir a verla, reproducir el acto físico de recorrer un trayecto de ida a la sala y otro de vuelta a casa, si es que al salir del cine vuelves a casa y no te quedas en la calle, buscando un bar en donde departir de la película. Así que tenemos dos ritos: el de salir de casa o el de ir al cine y el de hablar de la película en un bar, a ser posible en un bar, no en un parque público o andando por una avenida concurrida y ruidosa. Cuando uno desatiende los ritos, todo se abisma y se enfanga. Una vez se ha hecho firme la costumbre de proceder sin ellos, se aprecia sin disimulo ni flaqueza la debacle de  la belleza. Si alguna vez la sentimos cerca, si nos conmovió, ahí empieza el lento descenso a los tonos grises, al vacío. Se vive sin aprisionar lo vivido, se avanza sin que obren como suelen los milagros. Está el milagro perdido de ir a comprar el periódico, que no tiene nada que ver con el hecho gris de consultar la prensa en internet. Está el milagro perdido de ir a alquilar una película al videoclub, que no tiene nada que ver con el hecho gris de elegirla en una de esas plataformas maravillosas que nos surten desde el insondable pozo de ofertas de la red. Está el milagro de ir al cine, hablo del cine concebido como una sala grande o más o menos grande en la que se apagan las luces y se ilumina mágicamente una pantalla, que no tiene nada que ver con verla en casa en una pantalla grande con un potente homecinema o incluso no tiene tampoco nada que ver con el hecho de ir a alquilarla al videoclub, a pesar de lo que dijimos antes. Están esos milagros y están otros, siempre los milagros de la convocatoria de la ilusión, los que te hacen sentirte parte de algo, no el final casual de algo. No sabemos (nunca sabemos nada) qué hacer para recuperar el rito sacrificado. No sabemos (yo, en particular, menos que otros) sobre el modo en reconducir la forma de acceder a los instrumentos de la cultura o de la convivencia entre unos y otros o lo que buenamente se nos ocurra sobre cualquier cosa que nos suceda desde que abrimos los ojos hasta que los cerramos y conciliamos el bendito sueño. En esa travesía, en la vigilia en la que ocurren las cosas, es en donde no ejercemos el cuidado de los rituales. Hasta en el amor al prójimo se están perdiendo. Se ama de prisa, no hay lentitud, no se demora el que ama en el regocijo de lo amado. No me refiero únicamente al amor que se tiene a otra persona (que también) sino al profesado a una actividad cualquiera, una de todas las que hacemos. Para que yo escuche un disco de jazz como a mí me gusta hace falta que esté sentado en el sofá de orejas de mi salita; el amplificador debe estar a un tercio del volumen, no más, por no saturar a la vecindad con mis vicios; debo tener algo en las manos que acompañe la audición: normalmente una novela (voy de la novela al disco o viceversa con absoluta fruición y tacto) o un periódico y, por último, para que la experiencia de escuchar un disco de jazz sea la deseada debo saber que no tendré nada que hacer (nada obligatorio) en la hora siguiente. Se deben conjuntar todas esas cosas para que yo disfrute de un disco de jazz como Dios manda. El de anoche, poco antes de irme a la cama, fue Monk's music, una de esas joyas del género que no se termina jamás de conocer del todo. Tampoco sabe uno qué opina Dios de estos vicios nuestros, los de adornar al vicio mismo y darle forma y esmerarse uno en ella. Mientras suceda así, no hay nada que temer. El mundo seguirá girando, el amor seguirá triunfando.