Definitivamente, el mundo que conocieron nuestras abuelas, se supone que tendría que tener muy poco que ver con el nuestro, pero quizá erramos al pensarlo. Porque evolucionan los tiempos, pero no siempre evolucionamos las personas.Las generaciones de ahora hemos tenido bastante más suerte de la que tuvieron nuestras predecesoras. Para empezar, ninguna guerra nos ha destrozado la infancia, ni la adolescencia, ni la juventud. Hemos podido vivir otro tipo de situaciones de distinta gravedad, pero nada que ver con las circunstancias que tuvieron que padecer nuestros abuelos. Hemos podido formarnos, viajar, conocer otras culturas, abrir la mente a otras posibilidades que nuestras sabias abuelas ni se hubiesen planteado. Y hemos conocido infinidad de personas diferentes que nos han ido aportando muchas cosas buenas y malas que hemos ido asimilando e integrando en nuestro rompecabezas particular. A estas alturas, deberíamos haber aprendido que el aspecto físico de alguien no tiene por qué convertirle en más o menos interesante y que la inteligencia no siempre se identifica con lo que uno sabe o no sabe, sino con la maestría que demuestra manejando lo que necesita saber para sentirse útil y perfectamente integrado en su mundo.Una persona puede ser muy bella y en cambio resultar detestable por su actitud prepotente, mientras que otra puede ser poco agraciada y ser capaz de iluminar una noche sin luna con su simpatía hacia quienes la rodean.
A veces, personas que coinciden al estar pasando ambas por un mal momento se conocen debido a ese factor común y acaban manteniendo una relación sentimental cimentada precisamente sobre ese apoyo mutuo que se están dando en sus respectivos duelos. Pero, superadas esas situaciones complicadas, ¿son siempre esas parejas capaces de continuar adelante? Hay personas que superan sus problemas más fácilmente que otras y necesitan retomar sus vidas y seguir adelante. Si resulta que la persona que tienen al lado no ha conseguido superar la circunstancia que las unió en un principio, la sentirán más como un lastre que como una aliada. Y este cambio de visión puede acabar resquebrajando la relación y dándola por finiquitada.Para que una relación entre dos personas funcione éstas se tienen que aportar valor mutuamente. No basta con partir de la misma línea de salida, no basta con tener gustos similares, ni tampoco basta con confundir el apoyo mutuo con el amor. En el AMOR intervienen muchos más factores.De modo que las sabias sentencias de nuestras abuelas no nos sirven como brújula para explorar el mundo en el que nos movemos hoy en día. Nuestra vida es mucho más compleja que la suya y todo en ella evoluciona mucho más deprisa que en su tiempo. Ellas veían el matrimonio como una unión para toda la vida. Daba igual si en él había amor o no, si eran capaces de comunicarse satisfactoriamente con sus maridos, si echaban de menos alguna cosa o si les sobraban otras. La mayoría de aquellas mujeres nunca se atrevió a plantearse si eran felices o no, aunque muchas, cuando se enfadaban, no dudaban en renegar de su suerte vomitando frases como “Si yo volviese a tener 20 años, no dejaría que ningún desgraciado me embaucase”. Se quejaban de sus vidas, pero nunca se habrían separado de sus parejas porque les habría supuesto tener que cambiar demasiadas cosas, reinventándose a sí mismas y empezando a batallar ellas solas. Y ese miedo a ser libres, esa desconfianza en las propias capacidades las obligaba a conformarse y a seguir aguantando hasta el final de sus días. También hay que recordar que estas mujeres vivieron gran parte de sus vidas bajo una dictadura y que, de haber dejado a sus maridos, habrían incurrido en un delito considerado muy grave, que les habría costado la cárcel o incluso algo peor.Hoy en día, resignarse de esa manera no tiene ningún sentido, pero también es verdad que cada persona entiende la vida según lo que ha experimentado en ella y que algunas pecan de ser demasiado dependientes de sus parejas. Dependientes no ya en el sentido económico, sino en el emocional. El mundo actual cambia continuamente y nos obliga a evolucionar a su mismo ritmo. Si nos quedamos rezagados, nos dejan fácilmente fuera de juego. No podemos sentarnos pacientemente a hacer ganchillo para matar el tiempo como hacían nuestras abuelas. Ahora hemos de continuar formándonos, aun a edades avanzadas para evitar caernos en la obsolescencia. Si en una pareja, uno de sus miembros decide relajarse y dejar de evolucionar, la otra parte puede sentirse defraudada y decidir dejar de remar por los dos, para empezar a hacerlo por su cuenta. Es lógico. Ya no estamos en el siglo pasado, ya no tememos las represalias de la iglesia ni de nadie. Somos más conscientes que nunca de que sólo tenemos una vida y de que bien haríamos en dignarnos a vivirla plenamente.Si en algún momento de nuestra vida nos hemos sentido rotos o descosidos, ya es hora de que cerremos y cosamos nuestras heridas con firme determinación. La vida no surgió de la interacción del agua y de los microorganismos para que nosotros la desaprovechemos lamiéndonos nuestros rasguños, sino para que nos hagamos dignos de merecerla, procurando dotarla de sentido.
Estrella PisaPsicóloga col. 13749