Ruta 66, Arizona y California

Por Martafr1975

Lunes 26 de agosto

Último destino, Los Angeles y la ruta para llegar hasta allí la mítica carretera madre, la Ruta 66. Desde Chicago hasta orillas del Pacífico en Santa Mónica, atraviesa EEUU durante 3860 kilómetros cruzando ocho estados, pasando por lugares emblemáticos y por zonas rurales, mostrando lo más auténtico de Norte América.

Los dos extremos de la carretera se unieron en 1926, pero no fue hasta la Gran Depresión cuando los granjeros la utilizaron masivamente para huir de las tempestades de polvo (Dust Bowl) que sembraron de pobreza y de desolación algunos estados favoreciendo la emigración hacia otros como California. Después de la II Guerra Mundial muchos norteamericanos animados por el progreso y el bienestar, se animaron a recorrerla para disfrutarla. Fueron años prósperos para las atracciones turísticas cercanas a su trazado y muchos se beneficiaron de este auge, abriendo negocios dedicados a satisfacer a los viajeros y visitantes que cruzaban el país.

Años después, las nuevas interestatales la arrinconaron, llenando de polvo y de abandono gasolineras y pequeños comercios familiares creados por el auge de su éxito. Pueblos enteros desaparecieron, hasta que, finalmente en 1985, la Ruta 66 dejó de existir oficialmente. Pero nostálgicos y defensores no dejaron que cayese en el olvido y la convirtieron en lo que hoy es, una puerta a la América más profunda, un viaje a los años 50 donde el tiempo parece haberse detenido.

Muchos de sus tramos se convirtieron en carreteras locales o fueron sustituidos por carreteras más rápidas reformandose y manteniendo su trazado original. Otros pasaron a ser caminos privados y otros, simplemente, se olvidaron y acabaron por desaparecer. Viejos Mustangs llenan sus aceras y arcenes, y de muchos de ellos solo queda un amasijo de hierros oxidado. Gasolineras que, a día de hoy, muestran precios del día que fueron abandonadas, siguen decoradas con carteles metálicos con conocidas marcas de refrescos. Ruidosas Harleys Davidson recorren su asfalto acompañadas de nostálgicos empedernidos enfundados en pantalones y chalecos de cuero. Veneran lo que significó. Es el mito hecho carretera.

Williams, puerta de entrada al Grand Canyon, es la primera población de la Ruta 66 que encontramos. Moteles y tiendas de souvenirs llenan su calle principal y todo en ella gira alrededor de La Calle Principal de América y de sus años de esplendor. Hasta alguna de sus dependientas, con cierta edad, va vestida como si hubiese salido de la película Grease, coletas y lacitos incluidos.

Siguiendo la ruta hacia el oeste, se encuentra Seligman. Sin duda, vivió tiempos mejores, pero ha sabido adaptarse y sobrevivir al cambio, aprovechando el filón de estar considerada la población en la que se inspiró Disney para su película Cars. Decenas de coches decorados con ojos inundan sus calles sin dejar muy claro si esa decoración es anterior o posterior a la famosa película, aunque lo cierto es que muchos de esos ojos llevaban muuuuuucho tiempo pintados en los automóviles. Sus abandonadas gasolineras y bares de soda se han convertido en tiendas de souvenirs que conservan el mobiliario y los elementos característicos de lo que fueron. Fotos y carteles de Elvis y Marilyn llenan sus fachadas y escaparates. Todo es un poco artificial y extraño pero es agradable pasear por su Main Street y entablar conversación con alguno de los lugareños, si se tiene la oportunidad.

Los hermanos Delgadillo, un antiguo barbero de Seligman y el dueño de un histórico restaurante drive-in, son unos de los “culpables” de que la Ruta 66 vuelva a ser un importante reclamo turístico, reconvirtiendo los establecimientos y trabajando para su promoción. Gracias a sus esfuerzos, la población no corrió la misma suerte que muchas otras, que vieron como el tráfico prácticamente desapareció con las construcciones de las interestatales que facilitaban los traslados desde un estado a otro.

Pequeños núcleos urbanos se suceden a lo largo del antiguo trazado de la carretera y el abandono es la tónica general en el paisaje.

Llegamos a Hackberry General Store, un auténtico museo de la Ruta 66 y tienda de souvenirs, que fue en otros tiempos una gasolinera. Hoy es parada obligada para nostálgicos, muchos de ellos europeos, que encuentran aquí un auténtico lugar de culto. Miles de objetos y curiosidades abarrotan el local y alrededores, presididos por un alucinante y brillante Corvette rojo aparcado en la puerta del local.

Kingman es un buen lugar para hacer noche, aunque no tiene tanto encanto como otras poblaciones, cuenta con gran número de moteles y restaurantes entre los que se encuentra Mr. D’z, un auténtico dinner muy bien ambientado con típicas hamburguesas americanas y buenos y enormes batidos. Ideal para irse a dormir con la barriga bien llena.

Para dormir nuestra opción fue el Best Western Plus A Wayfarer’s Inn & Suites, con habitaciones amplias y muy limpias y una pequeña piscina y un jacuzzi poco concurrido ideal para relajarse después de un largo día de carretera.

Martes 27 de agosto

El último tramo de la Ruta 66 en el estado de Arizona discurre por las Black Mountains, y es uno de los más peligrosos de todos por sus curvas de infarto y bajadas empinadas. Por este motivo se le dió el nombre de Bloody 66. Paisajes algo inhóspitos y solitarios es lo que quedó cuando la I-40 sustituyó a la histórica carretera.

Oatman, un antiguo pueblo minero, quedó deshabitado en 1960 cuando el turismo y los viajeros dejaron de pasar por aquí y cuando las minas de oro cerraron convirtiéndose, junto a otros de la zona, en auténticos pueblos fantasma. Hoy en día, y gracias al renacimiento de la ruta a nivel mundial, Oatman vuelve a recibir turismo, manteniendo el aspecto del western más auténtico y donde los burros salvajes, descendientes de los que quedaron abandonados a su suerte cuando los mineros ya no los necesitaron, campan a sus anchas siguiendo a todo aquel que le quiera dar algo de comida. Pero cuidado, no hay que olvidar que son salvajes, así que cautela. Los lugareños también tienen pinta de salvajes, rudos vaqueros con gorro y pistola (posiblemente de mentira, no lo sé), pero solo hay que acercarse a ellos para comprobar, que al igual que en el resto del país, son gente encantadora deseosos de entablar conversación con los forasteros. Los fines de semana, se recrean tiroteos del Wild West.

Dejamos atrás Arizona y entramos en California. Desde aquí a Los Angeles, por una cuestión de tiempo vamos alternando tramos de la Ruta 66 con la I-40, mucho más rápida. Las temperaturas van subiendo, nos adentramos en la zona desértica de Mojave.

Par comer hacemos parada en Yermo en el histórico restaurante Peggy Sue’s 50, un dinner de lo más auténtico, lleno a reventar y con unas hamburguesas y sandwiches que están para chuparse los dedos.

Oro Grande, es otra de esas poblaciones fantasma, con moteles y gasolineras abandonadas, pero con unas enormes tiendas de antiguedades y objetos vintage que me pirran. Cocinas de hierro fundido, viejos carteles semi-oxidados, antiguas botellas y cajas de madera… ¡todo me lo hubiese llevado! ¡Qué cantidad de cosas! ¡Aixxx si no hubiésemos tenido que volver en avión! Bueno, el día que vuelva a por mi Mustang descapotable de color rosa pastel (es una promesa que me he hecho a mí misma) vendré a buscar una cocina de esas que tanto me gustaron. ¡Ya no vendrá de eso!

Llegar hasta Los Ángeles se hace interminable, parece no llegar núnca.

A última hora de la tarde llegamos a casa de Nikky, nuestra encantadora anfitriona en LA. A través de Wimdu, pasaremos cuatro noches en un típico y tranquilo barrio angelino, en una enorme casa con piscina digna de las famosas series de televisión. Y yo con lo peliculera que soy, esto me encanta.


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