A veces digo salmo y el aire lo ocupan columnas de humo que izan su vientre atrofiado de vírgenes y de astilla de santo. A hurtadillas digo salmo una vez más y el pecho se me abomba y una oquedad como de óxido se adensa en mi boca y la quiebra. Digo salmo finalmente y una usura de agua oscura y de ceniza antigua y altiva invaden mi corazón ya un poco alga que grita desde adentro y me arenga. De lejos me vienen las palabras que nunca digo y me confunden. Oigo cómo me van contando fábula, eco, cuerpo, historia, esa previsible ración de espanto que el día alumbra al clarear en lo alto. La noche está sola y un caballo está galopando un sueño.